
La danza, la valiente que se lo juega Todo apostando a la Verdad de la Nada, aquí baila en verso, en prosa, a gritos si hace falta. La danza es una bolsita de belladona que la bruja siempre lleva colgada al cuello. Su objetivo, curar del mal de la danza, haciendo bailar.
En este dar movimiento al Teatro del Siglo de Oro español en el que estoy empeñada, me fijo en qué dicen sus mujeres, palabras escritas por Calderón y Lope, invitados de honor en mi particular aquelarre. BRUJA! es mi órdago, alarde de sororidad profunda y escudo infranqueable. El verso clásico es lo que elijo para contar esta historia, y me afano, ya que bien dicho me suena a melodía pura, en que sea raíz melódica de la obra. El verso hecho música ha sido el culpable de esta alquimia inspiradora, que ha metido hasta las trancas a ‘BRUJA!’ en una escenografía sonora, donde el autor omnipresente ha enredando a conciencia los hilos de la trama coreográfica. Y todo, con un único pretexto: Cuestionar lo aceptado socialmente desde hace siglos como ‘lo que es justo’. Detrás, interminables lecturas de procesos judiciales reales, que llevaron al patíbulo a miles de mujeres desde la Edad Media al siglo XVIII. Sentencias malversadoras de una sabiduría cocinada a fuego lento desde tiempos inmemoriales. Lo escribe el historiador Jules Michelet, no lo inventa mi boca.
Como creadora de mezclas imposibles, no puedo evitar hundir las uñas en la tierra y buscar las raíces de un mapa genético viejo pero vivo. Y éste, conecta lo que me desvela Michelet con las heroínas inventadas por los autores del siglo de oro. Silenciosas o silenciadas, todas ellas me pasan por el cuerpo. Todas somos hijas de Lilith.
Cegadora belleza de las olvidadas. En ellas nada bueno, desde ellas lo peor. Tradición patriarcal dicta. Ahí están, encerradas en una cueva de diamantes, entre las páginas de nuestro teatro. Parece que a lo largo de los siglos no hemos dado ni una a derechas. Novias del diablo, liantas, madres, castas, santas, putas. En fin, la encarnación del mal se repite. A la hoguera! Muertas ocultas bajo el tafetán del código de honor, son montañas de hielo que resoplan para apagar el fuego de dentro, y que después el viento se lleve sus cenizas. Donde rige la ley de la apariencia, desangrar a Medusa queda impune. Demasiadas coincidencias, siglos después, como para bajar la guardia.
Así que mi bruja renacida se defiende, y pincha con la misma aguja con la que ha ido hilvanando torturas eternas, esa con la que la santa ley buscaba la parte indolora de su cuerpo, endemoniado por bello. A las obligadas a fingir desde antes de nacer, -no lo digo yo, lo dice una dama duende- traigo e invoco. Invoco a la bruja Mencía enferma y borracha de bilis negra y aburrimiento, a Ángela, enfundada en mortaja de niña, atada a la pata del marido muerto, a la monstruosa Semíramis, hija del mundo al revés y de pájaros de mal agüero. Danzo loca la catarsis de ‘el mismo dolor sientas que siento..’ maldición escupida por boca de Leonor la Bella. Y entre su bocado y la mordaza de otras, un corazón común late furioso por discreto silencio. Honor, honor, honor…
Ármate, corazón mío, porque quien hizo la ley, sigue haciendo la trampa. BRUJA! pide justicia. Y yo, que comprendo el dolor del mundo sobre mi espalda invertebrada, asumo mi locura como valiosa herencia de las viejas hermanas, que aún crujen de rabia sobre mi espalda hecha de huesos malditos, huesos de ángel caído.