En 2026 cumpliré diez años como profesional de las artes escénicas. Dicho así parece fruto de un proceso de evolución convencional, pero para una persona sorda mantenerse en esta profesión durante tanto tiempo es realmente singular. Durante años he vivido el teatro como un lugar al que llegaba con cierta cautela, preguntándome siempre si realmente estaba invitada a quedarme.

Cada vez que estrenaba un espectáculo esperaba con ilusión la revista Godot. Buscaba el nombre del montaje, una foto, una reseña. Guardaba esos ejemplares como pequeños tesoros. Eran la prueba de que lo vivido no había sido un sueño. Pensaba que algún día se los enseñaría a mi hija, que también es sorda, para decirle: mira, estuvimos ahí. Existimos. Se puede.
Nunca imaginé que un día sería yo quien escribiría estas páginas. Ni que acabaría convirtiéndome en la primera directora sorda en dirigir una obra en el Centro Dramático Nacional. No lo digo como un logro individual, sino como un síntoma: algo empieza a moverse, aunque sea lentamente, en nuestro teatro.
Grito, Boda y Sangre no es una adaptación de Bodas de sangre. Es un gesto colectivo. Un grito que nace desde los márgenes. Un lugar donde la lengua de signos, la cultura sorda y la poética del cuerpo no son un añadido ni una traducción, sino el centro mismo de la escena. No queríamos “hacer accesible” una obra, queríamos crear una obra desde nuestra lengua.
Durante mucho tiempo, cuando se hablaba de inclusión en el teatro, casi todo se reducía al acceso del público: sobretítulos, intérpretes, funciones adaptadas. Y eso es importante. Pero muy pocas veces se nos ofrecían espacios para crear desde nuestra mirada, desde nuestra manera de percibir el tiempo, el silencio, el ritmo o la emoción. No como excepción, no como gesto puntual, sino como parte viva del ecosistema teatral.
Muchas de las obras en las que aparecen personas sordas siguen estando pensadas desde fuera. El foco suele ponerse en la discapacidad, en el conflicto o en la superación, y no en nuestra experiencia cotidiana ni en nuestra lengua como materia artística. Sin embargo, la lengua de signos no solo comunica: construye dramaturgia, espacio, tempo y sentido.
En otros países existen teatros que programan de forma estable espectáculos en lengua de signos. Allí no se cuestiona si esto es posible. Se hace. En España, en cambio, seguimos dependiendo demasiadas veces de trayectorias excepcionales, de la confianza personal de alguien que abre una puerta.

En mi caso, ese acceso ha sido posible gracias a haber trabajado durante diez años en el CDN y a la confianza de distintos directores que creyeron en mi capacidad creativa. Pero esto no debería depender de historias individuales. No debería ser una excepción. Debería ser una norma.
Nuestra lucha no es que se nos mire como personas con discapacidad, sino que se reconozca nuestra lengua. Igual que existen obras en catalán, en gallego y en euskera, la lengua de signos debe poder desarrollarse también en el teatro: generar repertorio, continuidad y referentes. No pedimos solo accesibilidad. Pedimos poder crear. Y crear en nuestra lengua.
Crecí sin referentes. Pensé que el teatro no era para mí.
Esta versión de Bodas de sangre nace también de ahí. De la sensación de que algunos sueños no estaban hechos para mi. La obra habla del deseo que se calla, de la juventud que se apaga antes de tiempo, de la imposibilidad asumida como norma. Y plantea una pregunta que me acompaña desde hace años: ¿podemos romper con esa indefensión aprendida? ¿Con esa sensación de que no es posible hacer nada para cambiar esta realidad?
Con este proyecto quiero decirle algo a mi hija y a otras personas sordas: sí, podemos. Y no solo podemos estar. También podemos crear, imaginar y ocupar la escena y aquellos espacios en los que se toman decisiones, contribuyendo con nuestra mirada y nuestra riqueza cultural.