La actriz se estrena como dramaturga y directora en Yo solo quiero irme a Francia, una historia familiar llena de secretos y silencios que se remonta a los últimos meses de la Guerra Civil Española.
Durante un velatorio cuatro mujeres, interpretadas por María Galiana, Nieve de Medina, Anna Mayo y María Roja, se enfrentarán a la herencia emocional con la que cargan y a cómo ha condicionado sus vidas.
La obra estará programada en el Gran Teatro Pavón hasta el 24 de mayo.
Es un texto que presenta cierta complejidad porque al mismo tiempo conviven en escena dos mujeres que están vivas y dos que están muertas y son invisibles para las primeras. Para ser tu primera obra como dramaturga y directora no has querido ir a lo fácil.
Fue muy curioso porque yo soy actriz y he trabajado principalmente en proyectos para cine y televisión, en teatro he hecho pocas cosas, pero tenía en mente montar algo junto a una amiga. La idea era muy poco ambiciosa. A mí siempre me ha fascinado la época de la Guerra Civil y la posguerra por recuerdos de mi abuela, que me contó mucho de lo que vivió durante el bombardeo de Durango. Entonces empecé a escribir desde la idea de una historia familiar que no se contó y cómo dos chicas jóvenes que no se conocen la van descubriendo juntas. Según escribía, me daba cuenta de que me faltaban las voces de las verdaderas protagonistas de la historia, la abuela y la madre. Lo que iba a ser una obra de dos personajes pasó a ser de cuatro. Además, una actriz debía ser muy mayor para que hubiera vivido la guerra. Me metí yo sola en un lío pero, por otro lado, me he dado cuenta de que me encanta escribir, no lo sabía y me fascina.
¿Es la parte del proceso que más has disfrutado?
Sin duda. Me parece precioso estar delante de una página en blanco e investigar, sobre todo la parte de documentación, porque es una época que aunque a mí me la han contado tuve que profundizar en cuanto a cómo habla Pilar, la abuela, que es muy diferente a como se expresa Inés, que es la más joven. Ese partir de cero y dejarte llevar por la imaginación es maravilloso.
Resulta muy llamativa la mezcla de géneros que contiene la obra: comedia, intriga, drama social, teatro del absurdo… y como se van desarrollando de una manera muy natural.
Eso intenté. Hice muchas reescrituras porque cada vez que escribía algo quería volver a leerlo desde el principio para ver cómo me sentía como actriz, porque lo más difícil para mí fue encontrar la estructura al partir desde lo emocional. Tengo un amigo que es guionista en Estados Unidos y le iba contando: “¿Qué te parece esta idea? ¿Cómo ves esto?”. Él me iba dando algunos consejos. Lo viví como un juego, en ese momento no pensaba ni en enseñarlo realmente.

Juntas nos van a descubrir su dramática historia familiar, pero ese ‘juntas’ aporta mucha comedia.
Me encanta la comedia. A mí me parece que como género, si quieres contar una historia dura, y la de estas cuatro mujeres lo es, llega más a la gente. No me gusta cuando el propio tono de una propuesta ya te fuerza a emocionarte, prefiero que surja casi sin darte cuenta. En cuanto a la puesta en escena con ellas cuatro, tuvimos muy en cuenta que María Galiana tiene 91 años y había que ver la manera de facilitarle las cosas. Ella pasa muchos momentos sentada, algo que, por otro lado, no desentona con el personaje, que tiene más o menos su edad y se entiende que tiene ciertas limitaciones de movimiento. Durante los ensayos íbamos probando lo que podíamos hacer y lo que no dentro de lo que yo me imaginaba y las aportaciones que fue haciendo el equipo.
¿Cómo has conseguido alcanzar la rapidez de los diálogos que la propuesta requería?
Como directora, eso es lo que más me costó lograr, el ritmo. Quería que la obra durara una hora y quince minutos, para que tuviera el ritmo que yo tenía en la cabeza cuando la estaba escribiendo. Era importante porque, desde el principio, la historia se plantea desde la urgencia de descubrir todo antes de que se lleven el féretro de Pilar al cementerio. Tenían que sacar a la luz esos secretos familiares durante años escondidos en muy poco tiempo. Esa urgencia de las dos jóvenes tenía que sentirse palpitante. Por eso, que los diálogos se fueran casi atropellando en muchos momentos tiene todo el sentido y más jugando con el hecho de que, para las dos jóvenes, ellas están solas en la habitación.
El público ejerce casi de confidente y cómplice, sobre todo, de la abuela.
Eso es algo que yo trabajé bastante con María desde el principio, el hecho de que ella viera al público como un personaje más al que se tenía que ganar porque ella interpreta a una mujer que te puede caer francamente mal cuando vas descubriendo todas las cosas que hizo y por el temperamento, ideas políticas, formas… aunque sea muy graciosa. Quería que desde el minuto uno estuvieran de su lado, porque las otras mujeres que están en escena van a ir a por ella durante toda la obra para sacar los secretos que quiere esconder. Incluso su hija, Marisol, que llega y está enfadadísima con ella y no quiere ni dirigirte la palabra. Su único aliado es el público.

Ambas mujeres han tomaron decisiones difícilmente justificables. ¿Realmente se arrepienten de ellas?
Marisol, es una mujer que ha viajado mucho y, al no haber estado encerrada como Pilar, creo que consiguió hacer las paces con las decisiones que tomó. Pilar, puede parecer que defiende lo que hizo, pero sí que es verdad que ella organizó todo para que en su velatorio se reunieran estas mujeres. Al ser ella tan católica, hay algo ahí de la necesidad de conseguir el perdón. La idea de la obra es mostrar cómo no se puede avanzar sin saber de donde venimos y cómo hemos llegado hasta ahí, porque podemos cargamos ciertas mochilas de las que no somos conscientes.
¿Qué es para ti la herencia emocional? ¿Tiene tanto peso?
Pienso que sí. Los primeros que nos educan de una manera determinada son los padres y a ellos les educaron previamente los suyos. En el caso de España, las mujeres por ejemplo, de una manera más lejana o más cercana venimos de que aquello de oír, ver y callar. Cargamos con ciertas lecciones de las que no somos conscientes, que no son nuestras, que nos han venido dadas y, de alguna manera, seguimos reproduciendo. Creo que vivimos nuestra vida, pero no de forma completamente libre, el origen nos determina de forma un poco inevitable.
Hay un quinto personaje que no aparece en la obra, pero que es fundamental para entender a esta familia y, además, sirve de inspiración a las demás para lograr esa libertad que buscan o conseguir viajar a Francia, que aquí es lo mismo.
Consuelo es el vínculo de unión de todas y quizá la única que sabía lo que quería porque las demás están en continua búsqueda. Inés, que es una chica muy joven que todavía no sabe lo que quiere. Leo, que es piloto, se pasa la vida huyendo un poco de los sitios porque no consigue esa sensación de arraigo. Y Marisol y Pilar también huyeron, tanto de sí mismas como de su casa. Consuelo tenía un plan para ser libre yendo a Francia y fue muy coherente con lo que sentía. Todas quedan marcadas por intentar conseguir llegar a esa Francia idealizada, ya sea un lugar físico o mental.
¿Como ha sido la experiencia de dirigir a cuatro actrices de edades tan diversas?
Maravillosa. Cuando yo le presenté el texto a María, le fascinó. Eso hizo muy fácil trabajar con ella porque estaba entusiasmada con el personaje y lo que contaba. Ella es muy interesante porque sus tiempos son muy diferentes a las de las otras actrices, ella tenía que enamorarse del personaje para poder levantarlo desde ahí. Es una fuerza de la naturaleza, dejó bastante su impronta en Pilar y lo modificó hasta cierto punto. Como actriz, y al ser mi primera dirección, quería dar libertad para que ellas fueran creando esta familia desestructurada. Fue complicado en muchos momentos porque yo siempre he trabajado desde el otro lado, pero la escucha tan grande que tuve que hacer para dejar que cada una hiciera suya la historia me pareció muy interesante.
Una vez que la obra ya camina sola. ¿Qué es de lo que estás más orgullosa?
Una vez terminé la dirección y estrenamos, me desligué un poco del proyecto, porque en el teatro al final cuando ya está la obra montada, no puedes ir cambiando cosas a tu antojo. La obra cambia porque cada día el público es diferente y las actrices van aprendiendo de eso. A mí me hubiera gustado quedarme más tiempo sumergida en esta historia y explorarla desde otros lugares. Lo cierto, es que tuvimos cuarenta días de ensayos, que es lo normal, pero al ser la primera vez cuesta despedirte. Ahora estoy rodando La que se avecina y tengo nostalgia por todo lo vivido. Estoy muy orgullosa de haber sido capaz de levantar un proyecto de cero que haya conseguido producirse y distribuirse a este nivel. Que el público pueda verla me parece un éxito en sí mismo, independientemente de que haya gente a la que le pueda llegar más o menos.