Brooklyn, 1950. Madrid, 2026. La misma historia

Hay obras que envejecen bien y hay obras que, simplemente, no envejecen. Panorama desde el puente, escrita por Arthur Miller en 1955, pertenece a esa segunda categoría. Setenta años después, la tragedia de Eddie Carbone sigue palpitando con una urgencia que asusta.

La conversación con Javier Molina se produjo por teléfono, a la salida de dFERIA 2026 en Donosti, mientras él paseaba sin prisa por la ciudad. Así es él, en movimiento constante, pensando en voz alta. “Acompañarle” al otro lado del teléfono fue uno de esos regalos inesperados que a veces da este oficio. La conversación fluyó como si nos conociéramos de antes, quizás porque entre canarios y caribeños resuena esa condición de isla, de frontera. Y luego, los dos criados en barrios del extrarradio, con el lenguaje de la calle bien aprendido. Eso crea su propio idioma.
Molina tenía la cabeza ya en Madrid. Y mientras caminaba, fue contando todo lo que rodea a Panorama desde el puente con esa mezcla de spanglish caribeño que es solo suya.

Para quien no conozca el texto: la obra gira en torno a Eddie Carbone, un estibador italoamericano que vive en Brooklyn con su esposa Beatrice y su sobrina Catherine, a quien ha criado como una hija. La llegada de dos inmigrantes ilegales italianos, Marco y Rodolfo, desencadena tensiones que acaban en tragedia. Eddie, consumido por unos celos que no sabe ni quiere explicarse, toma decisiones que lo destruyen. Una tragedia clásica, un hombre bueno arrastrado por una fuerza que no controla.

Quizás porque el mundo que Miller retrató, el de los inmigrantes que llegan con una maleta y un sueño, no ha cambiado tanto como nos gustaría creer.

 

El director Javier Molina.

 

Una obra que habla del mundo de hoy

El momento no podría ser más perturbador. Mientras en Madrid se ultiman los ensayos de estas escenas de denuncia y deportación, en Estados Unidos los agentes del ICE, la policía de inmigración del Gobierno de Trump, patrullan barrios, irrumpen en domicilios y se llevan a personas en furgonetas sin explicaciones. Javier Molina, el director, lo tiene muy presente: «Estoy pensando en cambiarle el vestuario a los agentes de inmigración. Quiero ponerles las máscaras y el equipaje que se están poniendo los agentes de ICE ahora mismo en los Estados Unidos. Porque la cosa está feísima. Y todavía hay gente que está llamando a inmigración para que se lleven a la gente.»

Lo que Miller escribió como denuncia de quien traiciona a los suyos entregándolos a las autoridades (Eddie traiciona a sus propios cuñados) tiene hoy una literalidad que duele. «Las cosas cambian, pero las cosas se quedan iguales», dice Molina. «Parece que estamos aprendiendo y adelantando para el mismo sitio.»

 

 

Mami tuvo el sueño primero

Javier Molina llegó a esta obra desde un lugar muy personal. Nacido en Fajardo, Puerto Rico, criado en Nueva Jersey, su infancia fue la de muchos hijos de migrantes: una casa con la puerta giratoria siempre abierta, su madre cocinando para quien llegara, una comunidad que se sostenía entre sí porque nadie más lo iba a hacer. Y también la calle.

«Sinceramente, pensé que ya no vivía más de 21 años. Me crie vendiendo drogas, eso es lo que yo conocía. Donde yo me crie, la gente que tenía dinero era la gente en la calle. Mami se mató trabajando en un sitio donde no la querían, y yo pensaba: ¿para qué voy a hacer eso?»

Lo que le salvó, dice, fue primero su madre. Siempre le decía: «Javier, tú eres el regalo. Lo que tú quieras hacer, tú puedes hacer, pero tienes que agarrarte de algo.» Y luego el teatro, que apareció cuando él estaba listo para cambiar. «La suerte mía no fue que yo tuve un sueño, fue que mami tuvo el sueño.» Su madre murió, pero Molina habla de ella en presente, con una naturalidad que emociona: «Mami está con el buen Dios en el cielo y yo creo que ella siempre está metiendo la mano para que se me abran los caminos.»

Esos caminos le llevaron hasta el Actors Studio de Nueva York, la misma escuela donde se formaron Marlon Brando o Marilyn Monroe, del que es hoy codirector artístico. Y desde ahí, hasta el Fernán Gómez.

 

Escena de Panorama desde el puente. Foto de Gerardo Sanz

 

Una tragedia sin villanos

La lectura que Molina hace de la obra descoloca, en el mejor sentido. Para él, Eddie Carbone no es un hombre que desea a su sobrina, sino que es un hombre que la quiere tanto que la asfixia. «Yo conozco muchos padres que por querer hacer el bien les hacen mal a los hijos. Eddie quiere algo mejor para ella. Él mismo lo dice en el texto: búscate un trabajo en Manhattan, con los abogados, con gente diferente a nosotros.»

La grandeza trágica de la obra, según él, reside en que nadie tiene del todo la razón y nadie está del todo equivocado. «Todo el mundo en esta obra tiene razón, y esa es la tragedia. Beatrice, Eddie, Marco, Rodolfo… todos quieren una vida mejor para su familia y todos salen cometiendo errores que les cambian la vida para siempre.»

Su gran deseo como director es que el público no celebre la muerte de Eddie. «Si el director se deja llevar por la idea de que está enamorado de la sobrina, el público va a celebrar su muerte. Y entonces no tenemos obra.»

 

Panorama desde el puente. Foto de Gerardo Sanz.

Un equipo a la altura

La escenografía de Elisa Sanz, ocho veces premiada con el Max de las Artes Escénicas, construye un Brooklyn que no es exactamente realista ni exactamente simbólico, sino algo más honesto, un espacio que se va desnudando a medida que la obra avanza. «Le vamos quitando todas las cosas lindas y nos quedamos con el esqueleto», explica Molina. «Y cuando miro eso, yo veo el puente.»

El vestuario de Emilio Sosa, presidente de la American Theatre Wing y veterano de Broadway, tiene su propio arco narrativo, especialmente en el personaje de Catherine. «Quiero que cuando llegue Rodolfo, el vestuario de ella vaya cambiando poco a poco, añadiendo color, que se vea cómo va de niña a mujer, cómo se va descubriendo a sí misma.»

José Luis García-Pérez carga con el peso de Eddie Carbone, y Molina no duda al hablar de él: «Cuando lo conocí en la prueba, me hizo una cosa y luego le hice una pregunta y lo hizo de otra manera, agarrando todo lo que yo le ponía en la mente. Es como un camaleón. Un animal.»

 

La palabra final: alarma

Molina insiste en que esta obra es, ante todo, una advertencia. Algo que Alfieri, el abogado narrador, la voz de la razón que todo lo ve y nada puede evitar, lleva encima desde el principio. En la versión original en inglés, la última palabra de Miller es ‘alarm’. Alarma.

«Yo le digo a Francesc Galcerán (Alfieri): esto es un cuento de alguien que tú amabas, un hombre buenísimo que se dejó llevar por el mal camino. Es una alarma para que la gente en el público se despierte y no lo haga.»

Queda por ver si el resultado escénico está a la altura de las expectativas que genera todo lo que rodea a este montaje: la potencia del texto, la singularidad del director, un reparto de primer nivel y un contexto político y social que convierte cada función en algo más que teatro. El 16 de abril se levanta el telón. Y suena la alarma.

 

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