El uso de la autoficción en el teatro contemporáneo ha ido dando nuevas vías para explorar la identidad y la memoria. A diferencia del teatro documental, que se apoya en testimonios externos, la autoficción permite a los creadores transformar sus propias experiencias en material escénico, borrando los límites entre el yo privado y el personaje. Tal es el caso de El hambre imposible, la última producción de Teatro de los Invisibles, compañía creada en 2017 de la que ya hemos podido ver piezas como La liberación de la locura o Contención mecánica, premiada como mejor espectáculo en el CENIT de Sevilla y que cuenta con dos candidaturas a los Premios Max 2026, en las categorías de mejor espectáculo revelación y mejor autoría revelación.

 

 

Dirigida por Zaida Alonso, la obra reúne en escena a un equipo artístico cuyas biografías están marcadas por experiencias como el cáncer, el VIH o las enfermedades raras, realidades que los alejan de los cánones de una normalidad excluyente. La pieza, que se presentará en el Teatro del Barrio los días 19 de marzo y 9 de abril, surge de la necesidad de cuestionar cómo la sociedad occidental construye sus narrativas en torno a la salud, la identidad y la diferencia.

A medio camino entre la autoficción y la performance, El hambre imposible parte de una premisa contundente: “Hay que extirpar lo extraordinario porque perturba lo cómodamente ordinario”. Esta frase, pronunciada por el actor Fernando Mercè durante el espectáculo, mientras extrae simbólicamente la “piedra de la locura” -en una reinterpretación de El Bosco-, resume el eje central de la obra. A través de historias personales, el espectáculo explora cómo el estigma se convierte en una barrera que separa la identidad real de la socialmente aceptada. No es casualidad que el proyecto nazca de la propia experiencia de Alonso, diagnosticada de cáncer de mama en 2013, y que ahora comparte escena con intérpretes como Júlia Solé, Javier Zarapico, el ya mencionado Fernado Mercé y el músico Jesús Irimia, todos ellos con trayectorias vitales que desafían lo normativo.

 

 

La obra adquiere especial relevancia en un contexto donde, pese a los avances médicos y sociales, persisten discriminaciones estructurales. Según datos de CESIDA (2024), el 81% de las personas con VIH en España oculta su diagnóstico por miedo al rechazo, y en países como Singapur o Arabia Saudí sigue vigente la prohibición de entrada para seropositivos. En el ámbito de las enfermedades raras, que afectan a más de tres millones de personas en el país, el 90% carece de tratamiento específico, y en muchos casos ni siquiera existe un diagnóstico claro, lo que las sitúa fuera de los protocolos de investigación y financiación pública. El hambre imposible recoge estos testimonios para visibilizar lo que la estadística a menudo ignora, como es el rostro humano detrás de los números.

 

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