Dos mujeres se sientan frente a frente en una sala de un colegio. No hay público, no hay tribunal, no hay escapatoria. Solo una conversación que empieza con voluntad de entendimiento y acaba convertida en un campo minado. Así arranca El nudo gordiano, el texto de Johnna Adams que adapta Paula Paz y dirige Israel Elejalde y que se estrena en el Teatro Español (Sala Margarita Xirgu) del 10 de febrero al 22 de marzo.
La obra enfrenta a una profesora y a la madre de un alumno en el después de una tragedia escolar. Lo que se discute no es solo un hecho concreto, sino algo más incómodo y profundo: quién cuida, quién educa, quién responde cuando el sistema falla y cuando el dolor no cabe en ningún protocolo. En escena, María Morales y Eva Rufo sostienen un duelo verbal de alta precisión, lleno de silencios, contradicciones y zonas grises, donde ninguna de las dos puede refugiarse del todo en su papel.
A partir de ese encuentro hablamos con ambas actrices sobre la maternidad como territorio político, la soledad estructural del profesorado, los límites de la empatía y la tentación permanente de "cortar el nudo" cuando pensar se vuelve insoportable. ¿Qué se hace con lo que no encaja? ¿Hasta dónde llega la responsabilidad adulta? ¿Y quién paga el precio cuando las grietas del sistema se abren paso en la vida de un niño?
El texto de El nudo gordiano sitúa el conflicto en una conversación privada que se vuelve campo de batalla. ¿Qué os interesó más explorar: lo que se dice o lo que se calla entre estas dos mujeres?
Eva Rufo: Ha sido muy interesante, y ha llevado gran parte del trabajo de ensayos, ahondar en la parte más técnica del texto, de ritmo vertiginoso por momentos, y donde los silencios tienen tanto o más valor que las palabras; y en el plano ideológico, cómo hacer que los dos mundos antagónicos en los que están situadas estas dos mujeres vayan acercándose a un lugar de escucha, aunque no lleguen a encontrarse del todo.
María Morales: El texto me atrapó por muchas cosas. En primer lugar, por lo condensada que está la acción teniendo en cuenta todo lo que ambas tienen encima. También, por los giros y las reacciones inesperadas que me fascinan. Pero efectivamente, hay mucho más en el interior de cada una de lo que pueden expresar. También porque socialmente no estamos acostumbradas a tolerar la expresión de emociones muy potentes de vulnerabilidad o confusión. Si me apuras, casi ni las habitamos con tolerancia, nos queremos deshacer de ellas cuanto antes porque no son agradables.
Vuestros personajes encarnan roles sociales muy codificados (profesora y madre). ¿En qué momento sentisteis que la obra os permitía escapar del estereotipo y entrar en una zona más incómoda y ambigua?
E.R.: Las dos son mujeres implicadas en el cuidado y acompañamiento del menor desde distintos lugares, pero ambas con la misma responsabilidad en la tragedia de la que parte el conflicto, así que el texto despliega todas las razones y las contradicciones de cada postura. Y es en esas contradicciones donde más incomodidad siento. Donde están las grietas hay más espacio para ahondar.
M.M.: En ese sentido, creo que la obra está escrita magníficamente. Corryn, el personaje de la madre que yo interpreto, es de lo que más me sorprendió del texto. Y a la vez la siento muy coherente y con mucha normalidad. Quizá nos hemos acostumbrado demasiado a que en las ficciones se simplifique a favor de las tramas, pero aquí, la trama está al servicio de los personajes. Así conocemos a una madre y una profesora, que tienen parte de los clichés, pero son también complejas. La honestidad con la que ambas se relacionan es lo que le aporta esa sorpresa y falta de convencionalidad.
Heather y Corryn hablan de un niño ausente. ¿Cómo se construye escénicamente un personaje que no aparece, pero lo contamina todo?
E.R.: La atmósfera está cargada de dolor, y el texto va completando, poco a poco, su retrato; quién es, cómo piensa… Pero te diría que donde más se ve a Gidion es en la necesidad de cada una de ellas por completar, a través de la otra, la imagen que tienen de él, de ver el retrato completo.
M.M: El niño tiene mucha presencia en el texto, en lo que significa para cada una y, además, el lugar es su clase. Los elementos escénicos ayudan a que esté presente en todo momento.

Eva, tu personaje representa a una institución. ¿Cómo se trabaja actoralmente la tensión entre la responsabilidad individual y el peso del sistema educativo?
E.R.: Ella representa al colegio y defiende el protocolo institucional, pero su compromiso con la verdad y la empatía con el dolor de la madre la llevan a meterse en una situación muy compleja en la que tienen que ir desvelando información sin comprometer a la institución, así que mi trabajo como actriz está orientado a sostener esta tensión entre lo que puedo o no debo contar, y a la vez, ser honesta y cuidar la necesidad de saber de la madre. Como tener que correr a través de un campo de minas…
María, Corryn parece moverse entre la culpa, la protección y la agresividad defensiva. ¿Hasta qué punto la maternidad, tal como aparece aquí, es un territorio político más que íntimo?
M.M.: Lo personal es político siempre, nos guste o no, lo queramos ejercer o no. Y en este caso lo íntimo lo ocupa todo porque no puede contenerse, se desborda. La manera en la que ambas intentan respetar los límites de lo socialmente aceptable es una parte importante de la obra. Es interesante porque plantea justo si todo lo que hacemos por mantener el “orden normal” de nuestras vidas, no estará contribuyendo a negar partes fundamentales de nuestra esencia como personas.
La obra plantea la pregunta de quién educa realmente a los niños. Desde vuestra experiencia personal y profesional, ¿sentís que hoy esa frontera está más difusa que nunca?
E.R.: Creo que en el desarrollo pleno del niño, tanto el sistema educativo como el familiar, tienen un papel protagonista, pero las dificultades de las familias para conciliar hace que se haya cedido mayor porcentaje de responsabilidad a lo institucional, y así se pierde la individualidad de la mirada en el crecimiento de cada niño, se uniformiza esa mirada, y todo lo que se sale de lo normativo entra en un limbo de protocolos que nos alejan del sentido de acompañar y cuidar personas que, para mí, son el fin de la educación, más allá de la mera transmisión de conocimientos.
M.M.: No, para mí no hay demasiada frontera, siempre he creído en ese dicho de que hace falta un pueblo para educar a un niño o una niña. Creo que el problema es de ese entorno. Cada vez somos menos “pueblo” en el sentido de comunidad, de las verdaderas redes sociales que nos amparan, protegen y enseñan. En lugar de estar difusa la línea entre casa/colegio/vecindario… creo que lo que hay es demasiada separación. Como si cada cosa fuera un compartimento estanco que no se relaciona con lo demás a no ser que haya un problema grave. Eso dificulta todo, la convivencia, y la propia resolución de problemas.
En España, los conflictos entre familias y docentes han aumentado notablemente en los últimos años. ¿Qué resonancias contemporáneas encontráis entre esa realidad y el texto de Johnna Adams?
E.R.: Al estar enmarcada en la sociedad norteamericana, donde el uso libre de las armas hace que el peligro a que la violencia entre en la escuela está más presente, creo que mirarnos en ese espejo nos puede ayudar desde nuestra realidad a ver hacia dónde no nos gustaría ir, en cuanto a cómo el miedo nos puede llevar a malinterpretar la necesidad de protección con el control y la pérdida de libertad individual.
M.M.: El texto de Johnna pone de manifiesto la separación abismal que hay entre los espacios casa y colegio. También porque vemos que por parte del niño hay comportamientos diferentes en uno y en otro, con lo que cada una tiene una vivencia muy distinta de los menores.
La profesora suele ser el primer rostro del Estado para muchas familias. ¿Creéis que proyectamos sobre la escuela frustraciones que pertenecen a otros ámbitos de la vida social?
E.R.: Nos ponemos enfrente unos de otros, lanzamos la responsabilidad al otro, en vez de comprender que padres y profesores están en el mismo equipo.
M.M.: Absolutamente. También porque las diferentes reformas educativas, siguen centradas en la productividad y el resultado, a todos los niveles. Eso, junto con la proliferación, al menos en nuestro país, de tantas escuelas concertadas, coloca la educación en un nivel de producto que no le hace ningún bien. Así los padres, madres y usuarios viven a veces la escuela como una empresa a la que exigir unas expectativas. Unido a las largas jornadas laborales y a la necesidad de que trabajen las dos figuras parentales, apenas hay tiempo para la crianza y se espera que esa falta sea compensada por las escuelas. Que a su vez están cada vez más encorsetadas en una normativa que les exige mucha burocracia y limita su capacidad de acción.

El encuentro entre madre y profesora se convierte en un duelo verbal. ¿Cómo se ensaya la violencia verbal sin caer en el histrionismo ni en el subrayado moral?
E.R.: Poniéndonos como intérpretes al servicio del texto, sin añadir más. Y confiando en la visión externa de Israel, que tiene muy buen criterio para alejarnos de la mirada más dogmática.
M.M.: Con paciencia y generosidad. Añadiendo capas en cada ensayo, afinando la escucha para que el día que está más caldeada la cosa también se compense con sus bajadas. Ahí tenemos un director estupendo con una visión y oído muy finos para ayudarnos a encontrar esa filigrana que necesitamos.
Israel Elejalde habla de “cortar el nudo” frente a “intentar deshacerlo”. ¿Qué buscan vuestros personajes? ¿Una solución, sobrevivir al choque…?
E.R.: Creo que aparentemente buscan encontrar un culpable, pero en el fondo necesitan comprender.
M.M.: Yo creo que Corryn está intentando deshacer el nudo que tiene. La propia función es un intento de deshacerlo, aunque también dentro de esa búsqueda haya conatos de querer cortarlo, que también es muy humano. Solución no busca, ni plantea. Quizá sí una manera de sobrevivir a un shock.
¿Cómo ha sido el trabajo con Israel para evitar que el conflicto se vuelva explícito demasiado pronto?
E.R.: Es que el conflicto aparece muy pronto, ya en los primeros minutos de función se sabe cuál es el motivo del enfrentamiento, y lo interesante es ir descubriendo cómo, a medida que se va desvelando la verdad de lo ocurrido, los personajes van aceptando poco a poco su parte de responsabilidad.
M.M.: Seguimos probando la mezcla de ingredientes para que siempre estén compensados. Hemos estado desmenuzando frase a frase para detectar la cantidad de aristas que tienen estas mujeres y lo que se va desplegando. Israel ha sido de gran ayuda, desde el primer día tenía ya un armazón de dirección muy claro al que poder agarrarnos para luego transitar esta maraña maravillosa de emociones que es la función.
¿Hay un momento en la obra en el que sentís que vuestro personaje pierde definitivamente el control de su propio relato?
E.R.: Creo que mi personaje no tiene el control en ningún momento, o no es consciente de tenerlo. Su idealismo puede hacerla parecer ingenua en muchos momentos, porque al querer ayudar va cometiendo errores. Para mí está siendo toda una lección, porque al principio me costaba entender por qué se queda, por qué da la cara, y en la empatía y el compromiso con su forma de entender la educación y defenderla está su fuerza.
M.M.: Absolutamente. En mi caso además sin pudor ninguno. Pierdo los papeles con todas las letras, pero creo que un poco se agradece después de la tensión que supone la conversación. A veces perder los papeles es liberador.
La educación suele abordarse desde discursos normativos. ¿Qué lugar ocupa en la obra lo que no encaja, lo que queda fuera de los cánones de lo que la gente encasilla como “normal”?
M.M.: Ese es un gran tema que atraviesa toda la función, sin que Johnna haya armado ningún discurso claro al respecto. Pero es evidente que las escuelas no están diseñadas para la diferencia, aunque de vez en cuando tengan talleres o charlas para hablar de ello.
La pieza está escrita con una precisión casi clínica. ¿Qué retos interpretativos os ha supuesto?
E.R.: Nos exige tener el esquema de acciones muy claro y sostener el ritmo que el diálogo necesita para que la tensión se mantenga en todo momento. Y sobre ese esquema luego poder ir variando, como en una pieza de jazz.
M.M.: Sí, es una de las cosas que me fascinaron del texto. Es muy retador, requiere de mucha técnica para poder volar emocionalmente a lugares extremos mientras estás sujeta a una partitura precisa y austera de texto, movimiento y ritmo. Es un placer cuando funciona.

En un contexto de creciente de desconfianza (por parte de algunos sectores) hacia el profesorado, ¿sentís que la obra puede ser leída como una defensa, una crítica o algo más complejo?
M.M.: Es algo más complejo. La obra no es un discurso sobre nada, pero sí muestra cosas. El problema del profesorado es complejo, y lleva años siendo motivo de muchas movilizaciones. A veces cometemos el error de pensar que el profesorado es un cuerpo, y es un grupo de personas, muy diferentes entre sí, obligadas a convivir en un entorno educativo, a veces con pareceres e ideas muy distintas sobre muchas cosas importantes. Pretendemos que funcione como queremos, y todos en bloque. Es imposible. Tampoco podemos pedirle a los sistemas educativos que amparen la diversidad de personas a las que tienen que atender, si no les permitimos a ellos mismos ser diversos.
Según el último informe del Defensor del Profesor de ANPE, un 16% de las denuncias tienen que ver con faltas de respeto de las familias al docente y crecen las presiones para subir notas. ¿Sentís que El nudo gordiano anticipa o refleja este desplazamiento del conflicto educativo hacia una lógica casi de confrontación?
M.M.: Creo que el Nudo Gordiano no aborda este aspecto, al menos no es central para mí en la función. Pero sí, un efecto del individualismo reinante hace que los problemas que afectan a muchos, los veamos como algo singular e intentamos resolverlo cada uno peleando lo suyo.
El mismo informe también señala, que el 71% de los docentes atendidos sufre ansiedad y que solo un 5,1% ha recibido formación sobre protocolos de acoso y ciberacoso. Desde vuestra mirada como intérpretes, ¿hasta qué punto la obra habla también de la soledad estructural del profesorado frente a situaciones límite?
M.M.: Eso está absolutamente reflejado en la función, pero como el resto de cuestiones, sin hacer discursos y casi sin puntos de vista, más bien reflejando cómo afecta soledad estructural tanto a los docentes como a las madres y alumnado.
Si el nudo representa una situación sin salida clara, ¿qué aprendizaje atraviesa a vuestros personajes al final del encuentro?
E.R.: El final para mi personaje es devastador… así que me cuesta darte una respuesta luminosa a esta pregunta. Quizá la luz esté en servir de reflexión que pueda movilizar a los espectadores al salir de ver la función.
M.M.: Si hubiese un aprendizaje algo definido, que no tengo claro que lo haya, sería la eliminación de prejuicios propios. Cada una sale con los esquemas rotos. Los propios y los referentes a la otra interlocutora. A mí eso me parece enorme como aprendizaje, las dos han ido más allá de sus límites en comunicación, aguante y expresión verbal y emocional, han sido honestas en su empatía y en su desacuerdo, y han salido con menos certezas, pero con más humanidad.
Para terminar: ¿qué conversación os gustaría que el público tuviera al salir de la función sobre la educación, la infancia y los límites de la responsabilidad adulta?
E.R.: Estamos seguros de que la postfunción va a ser intensa para los espectadores, que va a generar debate, que se va a hablar de cómo el sistema nos deja solos cuando algo se sale de la norma, sin protocolos flexibles de atención y acompañamiento; del conflicto entre el control entendido como protección y el respeto a la libertad del individuo… y sería genial que, más allá de hablar sobre este caso en particular, pudieran reflexionar sobre cómo construir un mundo menos violento para los que nos siguen.
M.M.: Me encantaría que salieran contentas de haber venido, lo primero. También con más compasión para poder mirarse y descubrir la propia contribución a esa responsabilidad (que tenemos todas, seamos madres o no) sobre la educación, entre adultos y con infantes o adolescentes. Es a través de la mirada amable y con perspectiva como podemos comprender de qué lado están qué responsabilidades. Que además nunca será una línea clara y definida, hay que ir descubriéndola conviviendo.