Carla Chaves Ruiz es una joven actriz creadora, como a ella le gusta definirse, que es la impulsora de Calcárea, una obra que puede verse en Sojo Laboratorio Teatral los días 9, 15 y 30 de mayo.
Narcisismo, poder, abuso sexual, violencia física, verbal y emocional, son algunas de las cuestiones que se abordan en esta propuesta escénica que nace de la necesidad de perdonarse a una misma y de enfrentarse con valentía a todas aquellas cosas que dan miedo.
La propia Carla nos cuenta, de una manera también muy honesta y valiente, cómo ha sido este proceso de poner en marcha una obra que nace de lugares tan oscuros.
¿Quién es Carla Chaves Ruiz y de dónde viene tu amor por las Artes Escénicas?
Esta pregunta es algo que nunca se responder. No sé quién es Carla. Al menos no del todo. Siento que siempre estoy en el camino de saber quién soy y eso me mantiene en un proceso de crecimiento y cambio constante. Podría decir que Carla es una chica normal nacida en Cantabria. Trabajadora, curiosa, observadora, con un amor inmenso hacia la profesión.
Mi madre siempre me ha llevado a conciertos, al teatro, ballet, cine, clases de danza, pintura, percusión. Siempre he sido muy inquieta y ella, ha alimentado eso constantemente. El ser valiente, probar cosas nuevas. Por otro lado, mi padre es 9º dan de karate, y he visto el amor y la dedicación que tiene hacia su profesión y la lucha que ha sido y sigue siendo. Es la combinación de las dos la que crea este amor incondicional hacia la profesión, este respeto, esta necesidad, estas ganas de seguir. He encontrado un lugar que me permite ser, explorar, conocer mis límites y saltarlos con cuidado. Es algo que no se agota porque siempre me obliga a ir un poco más allá. Y eso me mantiene viva, activa, me reta. Me obliga a encontrarme, a conocer lo que tengo a mi alrededor. Me siento como una esponja que absorbe todo lo que puede. Esta en todas partes. Es una raíz que va creciendo, que me recorre el cuerpo, que se arraiga en el suelo con fuerza. No me abandona. Cuando encuentras un amor así, un amor que te salva, un amor que nace de ti, de dentro, no se puede soltar, aunque quieras. Ella no quiere y yo tampoco quiero hacerlo.
¿Y qué fue lo primero, el baile o la actuación?
Bailar siempre fue lo primero. Lo hago desde los tres años. Yo quería ser bailarina. En principio, ese era el plan. Nunca había hecho teatro hasta que llegue al bachillerato de Artes Escénicas y este se instaló en mí de forma inesperada. En realidad, es algo que ya estaba, aunque sin ser consciente de ello. Siempre me ha gustado contar historias. Supongo que ya lo hacía desde hace mucho tiempo, pero desde el cuerpo.
¿Hubo o hay en tu vida un plan B o todas tus energías siempre han estado puestas en poder vivir de tu talento sobre un escenario?
Nunca ha habido un plan B. Nunca me lo he planteado. Desde muy pequeña he sido muy consciente de lo que quería hacer. Claro que aparecen otros caminos, pero nunca llegan a tener un espacio concreto y real en mi cabeza. Siempre he querido ser muchas cosas y muy diferentes, quise ser pescadera, matrona, arqueóloga… pero nada que captase mi atención, o no del todo.
Mi madre siempre me recuerda y es algo que se quedará en su memoria, que siendo muy pequeña tras suspender unas cuantas materias le dije que si me quitaba de baile me moriría y a partir de ahí, supo que su hija se iba a dedicar a esto sí o sí. No había otra opción. He tenido la suerte de tener unos padres que me han apoyado, que me han impulsado siempre ha luchar por lo que me dicta el corazón. Me han enseñado a ser valiente, a perseguir mis sueños. A continuar, a pesar de la incertidumbre, a pesar del miedo al futuro, a que las cosas no salgan. A seguir mi intuición. Hay algo en mi cuerpo, en mi forma de observar, de estar, de sentir, algo que me dice, me grita que este es el camino. Creo que hay que seguir esa voz, creo que tengo que hacerla caso porque ella sabe mucho más que mi ‘yo’ consciente, el ‘yo’ que tiene miedos. Y quiero zambullirme en esto, en lo que me hace feliz, llegue a donde llegue.

Háblame de Hijos de la Serendipia, la compañía que levanta la obra. No sé si tú también formas parte de ella o es un proyecto personal de María de las Heras. Pero cuéntame un poco sobre vuestra relación y cómo surge trabajar juntas.
Hijos de la Serendipia es la escuela y compañía dirigida por María de las Heras. Pero la siento como si fuese mía. He visto como se ha construido desde la nada y acompañar a María en este proceso, en su sueño, en sus proyectos, es una de las cosas más bonitas que he vivido aquí en Madrid. Para mí, es hogar. Serendipia es hogar. María es hogar.
Nos conocimos grabando un cortometraje. Ella estudiaba la diplomatura de dirección, y yo la de interpretación. María me propuso ser coreógrafa en el primer musical que llevo a cabo, Jesucristo Superstar, y desde ahí, no nos hemos soltado. Lo primero que nació entre nosotras fue la relación profesional, somos un equipo, una extensión la una de la otra. Tenemos puntos de vista diferentes pero que se fusionan, complementan y enriquecen. Nos lanzamos a muerte a las ideas de la otra, sin miedo, sin juicio, desde el amor. Tenemos una forma muy parecida de pensar sobre la profesión. Por lo que es muy fácil entendernos y ejecutar lo que ella tiene en la cabeza, lo que ella plasma en el papel.
A partir de ahí, nuestra amistad ha crecido sin presión, sin expectativas, sin esperar nada a cambio. A base de caer, de levantarnos, de sostenernos, de querernos. Creo que eso es lo que nos ha llevado hasta aquí. Confío en ella plenamente. La admiro con todo mi corazón. Ella me ha empujado hacia la confianza a base de quitar tiritas. Ve donde no hay, ve cosas antes de que ocurran. Me deja volar, crear. Ella me ve con unos ojos diferentes. Es mi familia, mi refugio en esta ciudad a veces extraña y soltaría. Y crear con alguien así, crecer con alguien así, que te elije cada día, es una de las cosas mas bellas que te pueden suceder.
Ahora podemos verte con Calcárea, que es tu primer trabajo como dramaturga y directora también. ¿De dónde nace un texto así?
Sí, es mi primer proyecto como dramaturga y directora, aunque siento que esas dos palabras se me hacen un poco grandes, al menos de momento. Me siento más tranquila pensado que simplemente soy una actriz creadora. En mi cabeza siempre ha existido la idea de escribir, pero es verdad que siempre me ha dado miedo. Admiro mucho a quienes exponen sin temor y se atreven a poner fuera, a la vista de todos, su mundo interior.
Todo esto nace a partir de un ejercicio de creación en un taller de Emilio Tomé, unos cinco años atrás. La idea era que él nos daba títulos de libros que había leído. Nosotros teníamos que crear una pieza solo con esa premisa. No debíamos inspirarnos en el libro, solo en el título. El mío: El fin del Homo sovieticus de ahí salió la puesta en escena, pero no sabía que quería contar. Hay ciertos libros que han ido apareciendo a lo largo de este recorrido uno de ellos fue El innombrable de Samuel Beckett que me ha inspirado a la hora de escribir y encontrar el punto desde el cual quería presentar el texto.
La imagen, la idea de este ‘ser’ me ha acompañado a lo largo de los años. Las palabras, la letra de esta pieza, nace de la necesidad de soltar, de avanzar. De traspasar ciertas experiencias que llevo cargadas a la espalda. De las que he sido consciente apenas unos meses atrás. De las que me quiero desprender, integrar. Quería dejar atrás una versión de mi que ya no me pertenece. Nace de la necesidad de hacer justicia, de hacerme justicia.
Es curioso que la mayor parte de la voz de la obra sea la de ‘el ser’, que quieras que le escuchemos más a él en vez de a ella. ¿Por qué has decidido hacerlo así?
Mi intención es que ‘el ser’ este en el punto de mira. La sociedad tiende a poner en el foco a la víctima. Nos atrevemos a juzgarla, a cuestionarla, a malinterpretarla. Tristemente, como muchas otras mujeres, yo también me he visto en ese mismo lugar, en esa desagradable e incomprensible posición. Buscaba hacer lo contrario, exponer al agresor. Permitir a estas presencias, a este público, que juzgue desde su asiento a este hombre. Me apetecía poner en la diana a una persona de este calibre, deseo que sienta vulnerable, que sienta vergüenza, la soledad, el vacío. Lo que sentí yo, lo que muchas otras han padecido. Desentrañar sus secretos, sus movimientos, ver de dónde cojea. Diseccionar con atención sus palabras. Quiero que se delate el mismo y que la gente vea las brechas en su conducta.
He buscado la justicia que a lo largo de mi vida yo no he tenido. El cerebro cuando sufre un hecho traumático, es capaz de bloquearnos para protegernos, aunque lo haga de mala manera. Él es una parte que nunca ha sido escuchada, que estaba escondida, que guarda el secreto. No quiero la justificación de sus actos. Deseo devolver la culpa a quienes la tienen, devolver el peso que no me pertenece, que no nos pertenece, el que nos han impuesto, el que nos han obligado a cargar.
¿Cuáles son los temas fundamentales que se abordan en la obra?
Los temas principales para mi serian la violencia en sus múltiples formas. La maldad, la bondad en contraposición. El autoconocimiento y la aceptación. Temas que se van bifurcando y que traer consigo otras vertientes, otros caminos.
No sé si un texto que nace enteramente de experiencias personales, ¿pero era una necesidad vital el hablar de algo así sobre un escenario? ¿Exponerlo públicamente puede ser una forma de sanar?
Nace de experiencias personales, pero ficcionadas. No me interesa que sepan lo que me ha pasado. Quiero que cada uno vea su propia historia en la mía. Me he visto obligada a hablar. Entonces, sí, creo que era una necesidad vital para mí. Lo he sentido orgánico. Algo que nunca pensé que haría porque soy una persona bastante reservada, me ha salido de forma natural, sin pensarlo mucho, lo siento y lo hago porque si no, no estaría en paz conmigo misma. Quería hacerlo, con miedo, pero hacerlo.
No sé si es una forma de sanar, pero sí de aceptar. Yo estoy en el proceso. Pienso que hablar de las cosas que nos han sucedido, de los traumas, poner palabras al hecho, ponerlas fuera de ti, que lo reciban otras personas, hace mucho. No solo para ti, sino para los demás. Hay mucha gente que vive en el silencio. Yo lo he hecho durante mucho tiempo. Hablar te puede salvar, a mí me ha salvado. Verbalizar con gente querida. Y verme reflejada en otras historias. Verme comprendida por el otro. Creo que eso nos ayuda a sanar. Eso es lo que he aprendido. No sé si exponerlo públicamente ayuda, no sé si a mí me ayuda, pero ese nunca ha sido el objetivo. Solo quería compartir algo que creo que en mayor o menor medida e intensidad, ha estado en la vida de todos. Quiero ser espejo hacia los demás y hacia mí misma.
¿Cómo es la puesta en escena que habéis elaborado? Porque se juega mucho con lo simbólico, ¿no? Los cinturones, la lluvia, el vestido amarillo…
Adoro la naturaleza muerta, los días nublados, los lugares abandonados, las conchas, los árboles partidos, las flores marchitadas, los troncos que trae la marea, las cicatrices… las cosas que igual la gente no se para a mirar o que ya dan por perdidas, yo en ello, veo lo que fueron, la vida, la esencia que tuvieron. Puedo estar horas en lugares así. Veo más belleza en eso que incluso en lo que está vivo, lo que esta reluciente. Por eso quería que mi espacio, el lugar donde sucede esta historia proviniese de mi propia cabeza, de un lugar seguro donde yo me sienta bien. Todo es simbólico y cuanto más indago más cosas aparecen. Cada elemento esta elegido con cuidado y traído a esta pieza por algo. Deseaba estar rodeada de cosas queridas pero que tuviesen sentido con mi mundo, con la historia, con lo que quiero contar, no poner algo porque sí, necesitaba buscarle un sentido a todo. No quiero indagar mucho en esto porque quiero que cada espectador saque sus propias conclusiones. También, porque a cada persona le viene algo distinto, aunque todos vayan encaminados en la misma dirección. Es interesante ver otras lecturas de tu creación. Nos encontramos en una playa, en una playa desierta que se encuentra en la memoria de una mujer. En mi caso, traigo al escenario una playa que, para mí, es un lugar importante. Cada elemento juega con varios significados, pero lo bonito de la pieza es que tu eliges que creer, cuál es tu historia.
¿Incluso en las cosas mas feas, rotas, resquebrajadas y dañadas, hay belleza?
Sí, al menos para mí. En lo que yo he vivido. Me intrigan las cosas que no son deseables, lo que nadie quiere mirar, lo que no es elegible para la sociedad, lo que es fácil de desechar porque no se adecua a la norma, lo que no es importante. Tal vez porque yo me he visto ahí. Me he visto siendo todas estas cosas. Me he visto estando fea, rota, resquebrajada y dañada.
Sabiendo que había belleza dentro de toda la oscuridad en la que me veía sumida. A pesar de ver lo más oscuro, en lo más profundo queda una luz, a veces imperceptible, pero está. Solo tienes que querer atravesarla. Y para ello, hay que ser valiente y adentrarte en un proceso que no es agradable y que entiendo que no todo el mundo quiera verse ahí. Porque eso supone agitar tanto tu vida que luego no puedes volver a ser la misma, a lo de antes. Ya has despertado y no se puede volver atrás. Desde la oscuridad se ven las cosas desde otra perspectiva y aprendes a vivir desde otro sitio, a mirar desde otro sitio, a identificar, empatizar y comprender lo que está a tu alrededor, aunque a veces no quieras hacerlo, aunque a veces eso suponga que te hagan daño. Me resulta interesante y seductor. También, depende que tipo de perfil, pero si considero que todos podemos tener luz dentro, belleza dentro, depende de ti también querer sacarla a relucir, y dejar que los demás la vean, dejarte ser vulnerable, creo que cada día cuesta un poco más por la sociedad y en el mundo en el que vivimos, en cómo nos han educado.
Algo común en tus trabajos es la enorme plasticidad corporal que despliegas, que imagino que viene de tu formación en baile. ¿En Calcárea juegas también con eso?
Sí, creo que el baile, me lo ha dado todo. El cuerpo es algo que me importa mucho y con el paso del tiempo le voy dando más peso. Me gusta trabajar con él, buscar nuevas formas, ser plastilina, moldeable, encontrar todos los cuerpos que pueda dentro del mío. Transformarme. Ser un camaleón. Una serpiente que muda de piel. El cuerpo cuenta mucho, nuestro cuerpo en el día a día se comunica mucho, guarda secretos, intenciones, deseos, carencias, inseguridades, alegrías. Dentro de él esta lo que se dice, lo que no, lo que se siente, lo que es imperceptible, guarda todo lo que la cabeza calla. El cuerpo se muere por hablar. Es un baúl de recuerdos. Todo está en él. No hace falta buscar en otro lado. Es nuestro transporte, nuestro medio. La herramienta. Encuentro satisfactorio y fascinante el movimiento, las miles de posibilidades que tenemos en una misma acción, en una pequeña parte de nuestro cuerpo. Quería alejarme todo lo que pudiese de mi misma, indagar en una forma concreta, que yo misma repudiase, una forma que pudiese adoptar otras. Buscaba ponerme incomoda en mi propio cuerpo. Encontrar el placer dentro de lo que no lo es.
¿Por qué has decidido abordar esta obra desde lo grotesco?
Buscaba ponérmelo difícil. Es algo que siempre me ha llamado la atención y quería probar. No quería estancarme en lo cómodo, en lo que ya se hacer. Me he inspirado en ello. Quiero buscar dentro de mi propio aprendizaje y para ello tienes que verte en sitios desconcertantes, en lo que te cuesta. Siento que el tema a hablar ya es bastante duro de por sí, y, sumar más dolor o seriedad a algo que ya lo lleva intrínseco, no me parecía llamativo. Quería mostrar la crudeza, el dolor, una situación tan compleja y dañina desde un punto en el que, la persona que esta enfrente le resulte atractivo, en la que quiera ver más, aunque lo que este viendo sea desagradable. Quería hacerlo desde un personaje atractivo, carismático y la vez asqueroso. Pero que, aunque sea desagradable poner tu mirada en él, no puedas apartar la vista. No se si lo he conseguido, pero ahora es el momento y el espacio para cagarla, para equivocarme.
¿Y cómo es meterse en la piel de él? Como intérprete, ¿desde dónde se trabaja algo así?
Cada trabajo lo abordo de una manera. Hay algo intuitivo en que es lo que cada uno necesita. Siento que en concreto este personaje conlleva una especie de ritual. Lo invoco en mí, a través del cuerpo, es el medio para llegar a él. Su ropa, su maquillaje, su estar, su voz, sus gestos, su música, sus palabras, su silencio. Es una transformación que empieza desde el exterior. Tengo que estar abierta a dejarme habitar por él. Preparar el cuerpo para su viaje. Dejo que me inunde por muy desagradable que sea. A veces me sorprendo a mi misma. Me gusta encarnar un personaje así. Me divierto, lo disfruto y lo sufro a partes igual, aunque para mí, este tipo de sufrimiento, con lleva algo muy placentero. Entiendo el trabajo desde la vulnerabilidad, desde el dejarme estar. Me permito ser un poro abierto y dejarme afectar. Estar abierta. Porque desde ahí aparece todo. Y sin quererlo, entran en mí su miedo, sus carencias, su gracia, su necesidad de agradar, de existir. Al final ‘el ser’, es una persona que quiere que le vean, que le quieran. Creo que tienes que estar dispuesta a querer abordarlo, estar dispuesta a entenderlo para poder defenderlo. No tener miedo a lo que vas a encontrar. No siempre serán cosas agradables. Porque a veces rebela cosas de ti que no quieres ver, que cuesta aceptar.
¿Has llegado a comprender las motivaciones de ‘el ser’?
Entiendo ciertas cosas, pero que entienda no significa que me parezca bien, hay cosas que no puedo ni quiero compartir. Hay partes del personaje por las que yo misma he pasado y creo que cualquier persona. Entiendo lo que es querer sentirse vista, elegida, amada. La vida nos pone en la cara situaciones que nos dañan a muchos niveles, momentos que pueden hundirnos. Pero pienso que todos tenemos poder de decisión. Cuando nos sucede algo, tenemos la posibilidad de elegir un camino. Hacer lo que te han hecho o mantenerte firme y no caer en la trampa. Hacer el mal no es justificable. Tal vez es eso, la elección la que no termino de entender. Tal vez también por eso hago todo esto porque no alcanzo a entender cómo funcionan sus mentes. En realidad, no sé si quiero comprenderlas. Vivo en la contradicción del quiero y no. No encuentro la motivación en buscar dañar a otra persona conscientemente. La terapia me ha ayudado mucho, a ponerme en el otro, incluso a perdonar cosas que nunca pensé que haría, a encontrar el porqué de las cosas, pero eso, no justifica los malos actos, no justifica provocar dolor al otro.
¿Qué es lo que lleva a alguien adulto a abusar de una persona inocente? ¿Es dominación, control, es deseo?
No lo sé. Lo he pensado muchas veces, en realidad. No soy ninguna experta en el tema. Esto, es una de las cosas que no quiero entender. Creo que por mucho que pueda encontrar un porque, moralmente en mi cabeza no cabe el que se pueda cometer un acto tan abominable. Pero creo que por desgracia hay distintas formas para llegar a hacer algo así. Creo que tienen que ver con nuestra infancia. Con el ambiente en el que hemos crecido, con cómo nos han tratado, lo que hemos visto, las experiencias que hemos vivido, de las asociaciones que hemos hecho a lo largo de nuestro crecimiento. Hay personas que nacen en familias desestructuradas, otras que han sufrido abusos, o que los han visto y han crecido pensando firmemente que eso era lo normal. Y, por ende, ellos también abusan de otros, enseñan a otros, lo normalizan e integran. Todo esto sumado a una patología y a no tener ayuda psicológica lleva a cometer acciones graves. Si creo que existe esa dominación, ese control, ese deseo. Pero todo ello generado a partir de carencias, de miedos, de inseguridades que están completamente ocultas en nuestra cabeza. Tienen esa necesidad de imponerse sobre el débil, sobre la persona que no puede defenderse. Tal vez porque si se enfrentasen a gente de su edad, de su tamaño, no podrían hacer lo mismo. No podrían creerse eso que no son. Entonces se elige a los débiles, en este caso, menor de edad. Porque no pueden defenderse por sí solos, porque puedes manipularles a tu antojo. Juegan con el amor, con la admiración, con generar en el otro la necesidad de complacer. Porque esas pequeñas criaturas, no son conscientes muchas veces de lo que les enseñas, de lo que están haciendo y como adultos se aprovechan de ello. El adulto eres tú. La niña, el niño, es eso, solo un infante. Alguien que se esta desarrollando, que se esta buscando, que se está descubriendo. Como adulto, no puedes utilizar eso para tu propio beneficio, no puedes pasar los límites, para sentirte mejor contigo mismo, para sentirte más importante, para llenar un vacío, para castigar, no tienes el derecho de hacer algo así a nadie. Y a un menor, mucho menos.

¿Es necesario saber la verdad para aceptar?
Hace un tiempo creo que te hubiese contestado que sí. Hoy te digo que no. La verdad ayuda. Sería mucho más fácil así, pero creo que vivimos educados en el silencio, en el callar porque eso parece que te hace más fuerte, vivimos en el mejor ‘me lo guardo’, en el no comunicar, en el dejar que las cosas se pudran, en la no sinceridad. Hace un tiempo vivía con la necesidad de saber cada cosa, de querer entender la cabeza de las demás, los porqués, querer saber la verdad. No siempre la vas a tener, no siempre vas a tener una respuesta y creo que hay que aprender a vivir con ello. Tal vez no tengas una confirmación verbal, pero el cuerpo sabe mucho más. El cuerpo es muy inteligente, nos previene y avisa de todo. Solo debemos estar atentos a las señales. El cuerpo va por delante de nosotros en muchos aspectos, podemos llegar a saber cosas antes de que sucedan. Porque nuestro cuerpo registra los mini gestos imperceptibles a la vista. El cuerpo comunica todo lo que sucede en la cabeza. Y eso también es verdad. Si lo sientes, es porque está ocurriendo. El cuerpo no engaña.
¿Las experiencias vividas no te definen como persona?
Creo que hay experiencias que decidimos vivir y otras que nos obligan a vivir. Esa, para mí, es la diferencia. En este caso nadie decide querer vivir un abuso, la persona que lo comete es la que te obliga a vivirlo. Creo que, el cómo tu afrontas esa situación, es lo que te modela, lo que te define como persona.
Puedes decidir, tal vez, no es en el mismo momento, pero si con el tiempo, aunque no sea algo consciente. Eso es lo que te hacer ser como eres, contigo, con los demás. Todo depende de lo que tu quieres hacer con ello. De tus decisiones. De como eliges vivir.
¿Pasar por una experiencia así cómo afecta a las relaciones afectivas futuras?
Hablo de mi experiencia, que no tiene por qué ser igual o la verdad absoluta. En mi caso, afecta a muchos niveles. Afecta a tu forma de ser, de hablarte, de presentarte al mundo, de vivir tu sexualidad, tus relaciones, de comunicarte, de dormir, de comer… No solo es el acto en sí, sino, todas las consecuencias que acarrea ese evento traumático. Que, en mi caso, fueron desencadenándose a lo largo del tiempo. Tienes la creencia de que eso es lo que mereces, de que mereces ser castigada. Porque no comprendes otra forma de ver las cosas, esa es tu realidad, las gafas que se te han impuesto para que veas el mundo, para que te veas a ti misma, y es muy difícil escapar de ello. Pasas de relación a relación junto a un perfil que no mejora tu estado, sino todo lo contrario. Hace que aumente todo eso que se había implantado muchos años atrás. En mi caso, yo no he sido consciente de ello hasta unos meses atrás. Gracias a la terapia me di cuenta de patrones, de pensamientos internos que repetía en mi cabeza, de sensaciones corporales, de castigos que me autoimponía porque lo asociaba a “esto es normal”. Pero no lo era, nunca lo ha sido. Por lo que, he vivido durante muchos años sin saber por qué me sentía de esa forma. Normalizaba cosas que no estaban bien porque es lo que había aprendido, porque piensas que así es como debe tratarte los que están a tu lado. No conoces otra cosa.
¿Es posible matar un recuerdo así?
No muere, aprendes a vivir con ello. Aprendes a aceptar que ha sucedido. Que eso no define quien eres. Sigue en ti, siempre estará ahí quieras o no. Ignorarlo o matarlo seria una forma de volver a guardarlo en un cajón, de dar pasos hacia atrás, de retroceder. No debemos olvidar, solo integrar y avanzar. Debemos ser conscientes de nuestra historia para que no se vuelva a repetir. Para que no lo repitamos nosotras.
¿Qué tipo de contradicciones esperas provocar en el público? ¿A qué quieres que se enfrenten?
Quiero que se enfrenten a si mismos, a sus mochilas, a sus miedos, a sus propios comportamientos. Que puedan identificar, no sé si para poder asociarlos a su vida, para hacer un recorrido por su pasado, para ver si les está pasando ahora. Ver si tienen a alguien similar en su vida en este momento o si ellos mismos tienen un parecido con el hombre que están viendo en el escenario. Quiero que abran su mirada, hacerles pensar, recordar, cambiar. Que se pregunten quienes son, quienes son las personas que tienen a su alrededor, si están actuando como quieren, si actúan bien, si son buenas personas o solo pretenden serlo. Que se acepten a ellos mismos, su propia oscuridad, su luz.
Reírse de cosas sin saber por qué, y luego que se pregunten ¿Cómo has podido reírte en una cosa así? Quiero generar en el espectador la dualidad, la contradicción. Quiero golpearles. Llevarlos al límite y que juzguen por sí mismos. Hacerles creer que lo han entendido, que tienen una opinión y cambiársela. Simplemente quiero implantar la duda de la creencia.
¿Quien busque respuestas o afirmaciones en esta obra está en el lugar equivocado?
Yo no tengo las respuestas, no sé si quiero tenerlas, no quiero tener la razón. Sigo cuestionándome, y eso está bien. Quiero seguir en la pregunta, eso me mantiene en una constante búsqueda. Eso me gusta. De hecho, saberlo todo es bastante aburrido. Pensar que lo sabes todo, es aburrido, a mi parecer. No tienes el margen para sorprenderte, para descubrir cosas nuevas. No creo que se pueda tampoco. Me gusta decir que “no sé”, en un mundo en el que parece que debes saberlo todo. No tengo la obligación de hacerlo, nadie la tiene, y eso no te hace menos. Solo quiero plantear las preguntas, que me las planteen. Encontrar una respuesta juntas, si es que hay alguna, si es que existe una verdad. Creo que el teatro no busca que te afirmes, sino removerte, que reflexiones acerca de lo que ves, de lo que te plantea. Crear un debate, que te desarrolles a través de tu ojo crítico. Solo quiero que pienses cómo te sientes, lo que te pasa, qué te viene a la cabeza cuando lo ves. Quiero provocarte un debate, una sensación, porque es lo que me gusta que hagan conmigo. Que me hagan no saber, que me hagan pensar, que me devuelvan algo que estaba escondido. Algo que nunca había pensado.
Aún así, ¿esta obra puede ayudar a que alguna persona se dé cuenta de determinadas cosas que han pasado en su vida? ¿Has recibido feedback al respecto en las funciones que ya llevas?
Vivir una situación desde dentro y verla desde fuera es muy diferente. Son experiencias distintas. Ver las cosas, con perspectiva, con espacio, desde otros ángulos hace que puedas ver el conjunto de una forma más limpia. A veces, desde dentro, todo resulta mas borroso, menos claro. A veces no sabes lo que te ha pasado hasta que no lo ves en otra persona, hasta que no te lo cuenta alguien, hasta que asocias a tus experiencias, hasta que te ves reflejada, reflexionas y atas cabos. Creo que esto es un poco lo que pasa y me alegra que sea así. No cuento un viaje cerrado. El público, o al menos las personas con las que he hablado, han visto su historia reflejada en el escenario. Cada una me cuenta cosas diferentes y me gusta. Pienso que proyectan en mí, en ‘el ser’, en ella, en esta pieza, sus propias mochilas, su propio momento vital o sus propios traumas. Creo que hablo de un tema común, como he dicho todo el mundo en alguna ocasión se ha sentido como ‘el ser’ o ha pasado, ha realizado o ha sufrido un abuso, en mayor o menor medida. Puede venir desde muchos sitios: La familia, amistades, una pareja, el trabajo, por la calle… Hay una sensación común de incomodidad. Salir revuelto del teatro, para mí, es mucho, generarte una sensación en el cuerpo y que ocupe espacio en tu mente, para mí, ya es mucho. No necesito que sepas que es lo que pasa exactamente, no necesito que entiendas, que veas lo que me pasó a mí, necesito que lo sientas. Estamos aquí para eso, para provocar, para generar, para hacer sentir.
¿Ser buena persona no te asegura que te quieran?
Tristemente no. Hay mucha gente ahí fuera que no sabe, no quiere o no puede recibir amor. Algo honesto y profundo. Es algo que asusta. Nos da miedo, por lo que atacamos en vez de entender, en vez de dejarnos ver, de desnudarnos frente al otro, en vez de esforzarnos, en vez de saltar, en vez de apostar. Eso significa muchas veces enfrentarse a una misma, indagar en lugares que no todo el mundo está preparado para ver. Porque eso significa zambullirse en una oscuridad que no es agradable.
Hay gente que no está preparada para tener a alguien bueno al lado, alguien desinteresado, que te quiera porque sí. Yo también he estado ahí. Cada uno da lo que es y si lo que eres no es limpio, da igual que tengas en frente a la mejor persona del mundo, no serás capaz de apreciar lo que tienes delante porque lo ves con unos ojos que miran desde la herida, desde el dolor, la inseguridad y los miedos. Nos defendemos de algo que nos hace sentir seguros, porque nuestra historia de vida es otra, no estamos acostumbrados a eso. Choca. Preferimos lo que conocemos porque hemos encontrado una extraña seguridad en eso. Y actuamos desde el mismo sitio. Porque merecer ese amor, estar a la altura de él, significaría entrar en un lugar inexplorado, en un viaje que te obliga a mirarte por dentro, a ver cosas que no te van a gustar. Resulta más fácil dañar a alguien que cambiar.
Llevas mucho tiempo representando Atelofobia, un texto de María de las Heras. Háblame un poco de esta obra, que aún sigue en cartel.
Atelofobia ha sido una revelación, un punto de partida, un punto de inflexión en mi vida. Esta obra nace de dos de semanas intensivas de creación entre María (dirección y dramaturgia) y yo. Se nos presentó la oportunidad y no lo pensamos, nos lanzamos al agua sin saber todo lo que íbamos a recoger. Ninguna de las dos pensamos que íbamos a estar casi dos años en cartelera. No sabíamos el impacto que iba a generar y la cantidad de personas que iban a pasar por la sala. No sabíamos que nos iban a pasar tantas cosas buenas con ella. Era la primera vez que hacíamos algo juntas como tal. Buscábamos probarnos en otro ambiente, simplemente queríamos ver si podíamos hacer esto. Ella, enfrentarse a escribir, dirigir algo fuera de lo que estaba acostumbrada, algo puramente suyo, personal. Yo, enfrentarme a un monologo por primera vez, a estar sola en un escenario y defender algo así, con tantos cambios, con el desgaste físico que conlleva. También la parte técnica, a mano de María y Henar Casajús, quienes tienen un arduo trabajo de luces y sonido. No nos lo ponemos fácil. Nos acompañamos las unas a las otras, creando un espacio en el que poder hacer las cosas ‘mal’, un espacio en el que crecer unidas. Por lo que era un reto a muchos niveles, para todas nosotras. Estos retos, han ido variado a lo largo de estos dos años. No mucha gente tiene la oportunidad de estar durante tanto tiempo con una misma pieza. Y eso nos ha permitido ir saltando niveles, inconvenientes. Hemos pasado por todo lo que se puede pasar, todo lo que podía pasar, ha pasado. Eso nos ha hecho tener aún más tablas. Sobre todo, saber que somos capaces de arreglar cualquier cosa que suceda. Estamos listas, preparadas para el error.
Atelofobia nos ha enseñado mucho personal y profesionalmente. Hemos crecido con ella y estamos muy agradecidas, del amor, de la gente que se ha acercado a contarnos su experiencia, de la gente que nos ha escrito. Nos llena el alma y nos motiva a continuar en el camino.

¿Cómo ves la escena teatral independiente madrileña?
Creo que hay mucho talento oculto. Muchas propuestas, veo innovación, veo valentía, veo fuerza, veo ganas. Pero pocas oportunidades, pocos espacios. Creo que debería haber más, somos muchas, muchos los que persistimos. Deberíamos abrir un espacio más grande, más amplio a todas y todos los creadores jóvenes que apostamos por el teatro, por mantenerlo vivo. Por traer puntos de vista diferentes, debemos avanzar de la mano. Dar espacio a las nuevas generaciones que estamos dispuestos a luchar. Darnos el altavoz, para que se nos conozca, para traer aire fresco, nuevo, para cambiar lo establecido. Hay gente con proyectos increíbles que luchan cada día por lo que les gusta, gente que se deja la piel.
Me gustaría que se valorara mucho más el trabajo que hacemos, el esfuerzo que conlleva hacer una obra a nivel psicológico, físico y monetario. Cuando no tienes nada, cuando no cuentas con un nombre, cuando solo tienes el amor, las ganas y la fe. Cuando solo te queda seguir, caer y volver a intentarlo. La obra es el resultado de todo lo que ha surgido en un proceso largo llenos de noes, de intentos, de baches, pero también de alegrías, de aprendizajes. Por eso agradezco, este espacio, agradezco la gente que habla, que sigue con el boca a boca, la gente que apuesta y viene a vernos. Estamos aquí y queremos ser vistos. Seguiremos luchando por ese espacio hasta que sea nuestro.
Dices que te interesa no estar cómoda, que te interesa profundizar en lo oscuro para poder llegar a la luz, a la bondad, a la comprensión. ¿Lo has conseguido con Calcárea?
En mi cabeza llevo un tiempo con la idea de lo incómodo. He descubierto que la incomodidad es mi motor. Al menos, uno de ellos. Considero que toda esa parte oscura guarda en sí una gran cantidad de energía atrapada que se muere por ser liberada. Una energía que ni siquiera reconoces en ti porque nunca la has visto, porque no te has dado el espacio para abrirla. Conlleva afrontar una creencia clavada desde hace mucho tiempo en ti. Eso es lo que pretendo hacer. Pincharla, recorrerla, transitarla y atravesarla para expandirme todo lo que pueda. Solo entendiendo tu propia sombra puedes entender la de los demás. Y yo sigo en ello, por suerte, cada vez mas cerca de la luz.
Calcárea para mi es una experiencia incomoda, en muchos sentidos. No solo es la historia. Es el simple hecho de escribirla, de montarla, de exponerla… me daba miedo. Hay momentos, acciones, elecciones que he tomado por ese mismo motor. El motor del miedo, lo hecho porque no quiero seguir teniéndolo, porque una parte de mi empieza a necesitar mostrarse como es, aun a riesgo de que no guste o de sentirme juzgada. Me quiero enseñar que si puedo hacerlo. Es un acto de valentía conmigo misma.
¿Y has conseguido poder quitarte las tiritas de un tirón?
No todas. A veces, no puedo hacerlo, a veces no quiero. A veces da vértigo. Siempre me queda la esperanza, siempre me queda el “¿Y sí?”, siempre el “Puedo esperar un poquito más”. Pero a mi lado tengo gente que me espera, que se queda sentada a mi vera, gente que no abandona, gente que me hace saber que el día que yo quiera arrancarlas ellas estarán ahí para sostenerme. Es bonito comprobar eso de primera mano. Sobre todo, cuando tus aprendizajes de vida han sido otros. Gente que me ha demostrado que es posible vivir una misma experiencia y que la respuesta sea diferente. Gente a la que quiero, que sé que me quiere por lo que soy, que me obliga a ser mejor, que me arranca de pensamientos, de vivencias pasadas. Cuando estás bien rodeada, quitarse las tiritas, duele mucho menos.
¿Los aplausos tienen un sabor distinto si los arrancas bailando o interpretando?
Siento que en mí tienen la misma importancia. Son dos vertientes del arte que me conmueven, que han marcado mi forma de vida, lo que soy, no podría vivir sin ellas. Que el público te aplauda cuando no toca, que digan algo cuando no toca, es porque les ha llegado algo, les he transmitido algo, eso, para mí, es lo importante. Ya sea bailando o interpretando, tienen la misma fuerza, el mismo poder. Puede que me asombre más cuando dentro de la pieza de Atelofobia rompen a aplaudir al terminar el momento del baile. No tendrían por qué hacerlo. Al igual que lo hacen en partes de texto que no espero. Pero al final, están ahí para ver la interpretación, para ver la obra. Sé que al final aplaudirán al terminar, pero cuando interrumpen al terminar el baile, me hace sentir muy orgullosa. Me llena que la danza y que mi cuerpo en movimiento les haya emocionado. Que lo aprecien, porque siento que muchas veces la danza no se reconoce igual. Y ver eso, emocionar a través del arte, ver en la cara del público su agradecimiento, levantarles de su butaca, que les cueste aplaudir, verlos secarse las lágrimas, escucharlos reír, sentir que están conmigo, escuchar el silencio al terminar la función… Esa fina línea que existe entre el final y los aplausos, en la que solo queda el silencio, en donde, se puede respirar la expiración de la tensión contenida, me hace muy feliz. Es uno de mis momentos favoritos.
¿Qué significa ser calcárea para Carla Chaves?
Significa estar en continua transformación, en continuo crecimiento. La calcárea o calcita es un tipo de roca que se va perforando por la lluvia acida, la cual, va generando cavidades hasta crear las cavernas. Nunca vuelves a verla como la última vez, está en movimiento constante. Y yo, me veo reflejada en eso, en la transformación, en el cambio. Quiero crecer y no dejar de hacerlo. Deseo aprender. No estancarme. Quiero cambiar todo lo que pueda. Que cuando me vuelvas a ver ya no sea la misma de hace un año, la de hace unos meses, no quiero ser la misma de ayer.
¿Y cómo sienta enfrentarse a la oscuridad y salir vencedora?
Es una sensación inmensa. Me he pasado mucho tiempo preguntándole a mi psicóloga ¿esto pasará? ¿Voy a estar así siempre? A ella le agradezco su dedicación, su acompañamiento y todas sus lecciones, todas las aperturas de ojos, aunque a veces duelan. Ella sabía, y sabe, que en algún momento pasaría, cambiaría, en algún momento dejaría atrás la losa que me pesaba. El peso de todas estas verdades que nunca lo fueron, de las palabras, de las acciones. Pero yo no podía verlo. Ella estaba mirando más lejos, ella otea el horizonte, mientras, yo, estaba sumida en un presente eterno, uno, que no se acaba, uno, en el que no podía ver nada más que el vacío. Y de pronto, sin pretenderlo, la visión cambia, el espacio cambia, no sé cuándo ni como sucede, pero ocurre. De repente, aparece otra dimensión paralela, una que no sabias que existía. Un mundo más relajado, menos defensivo, más tranquilo, más en paz. Sigue habiendo oscuridad y seguirá apareciendo en mí, porque estoy en el camino, porque me queda mucho que recorrer, mucho que vivir, muchas subidas y bajadas. Pero no sabía que se podía vivir de esta forma, no sabia que la vida podía ser así.
Seguiré saltando, seguiré atravesando. Porque ahora, ahora tengo mucho menos miedo.