Madrid, por fin, acoge uno de esos acontecimientos escénicos que no se explican del todo con una ficha técnica ni con una lista de premios, aunque los tenga. El día del Watusi, la adaptación monumental de la novela de Francisco Casavella, firmada y dirigida por Iván Morales, llega a la capital después de haberse convertido, casi sin proponérselo, en un secreto a voces del teatro reciente. Una experiencia más para vivirla que para verla.
EL TEATRO COMO SUPERVIVENCIA

Para romper el hielo le pido a Iván que eche la vista atrás 20 años y recuerda que “no encontraba mi camino”. Sabía que quería escribir y dirigir, pero no conseguía hacerlo tangible. Esa frustración, dice, le dolía más que la precariedad. La urgencia de vivir estaba ahí pero también la necesidad de entender por qué esa urgencia no se colmaba nunca. De aquel choque nació la decisión de terminar una obra. Tener algo acabado. Empezar por ahí.
Dos décadas después, esa obstinación desemboca en El día del Watusi, tras un recorrido que ya es historia reciente del teatro. Morales no habla de éxito con ligereza. Habla de cierre. De final de etapa. De una bola de nieve que empezó cuando no pudo levantar la película Esmorza amb mi y decidió hacer teatro para sobrevivir como artista. “De no tener nada terminado a haber dirigido casi veinte piezas”, dice, todavía sorprendido por el trayecto.
Morales habla del Watusi con una mezcla de pudor y entusiasmo que resulta contagiosa. No es una pose. Se nota que hay algo profundamente personal en esta obra-río de más de cuatro horas que se despliega como un ritual colectivo, una “misa pagana “, en sus propias palabras, dedicada a quienes quedaron fuera del relato triunfal de la Transición. “El Watusi es una obra magna, ambiciosa, contundente e incontestable, en la que por primera vez veo articulado un relato de una Barcelona y de un Estado español en la Transición”, dice, con la calma de quien ha pasado años dialogando con un texto ajeno hasta hacerlo propio.
¿QUIÉN SE ATREVE A ADAPTAR A CASAVELLA?
La novela le llegó por recomendación de Isabel Sucunza, de la Llibreria Calders. Antes, Casavella era para él “un señor muy raro que me cruzaba por los garitos de Barcelona”, una figura casi fantasmal que orbitaba su memoria de juventud. La lectura de El día del Watusi dice que le pasó “como un tanque por encima” y pensó: “Si no lo hago yo, no lo va a hacer nadie”. Y ahí empezó un proceso largo, obsesivo y casi litúrgico. “Hacer una adaptación literaria, para mí es casi más difícil que hacer un texto propio”, confiesa. Releer, investigar, hablar con amigos del autor, empaparse de una voz hasta sentirla en el cuerpo: «Siento que me he ido mucho de fiesta con este señor”, confiesa entre risas.
Estrenada originalmente en el Festival Grec de Barcelona, la obra coincide además con «una serendipia muy interesante” en palabras del autor. Morales tenía prácticamente la misma edad que Casavella cuando murió. Lejos de paralizarle, esa coincidencia le impulsó. “Siento que estoy empezando algo”, afirma, incluso cuando habla del Watusi como final de etapa teatral.

MÚSICA, CUERPO Y ÉPICA
El montaje ha sido reconocido con un Premi Butaca al Mejor Espectáculo 2024, a 5 Premios de la Crítica y a un Premio Max. Pero Morales huye del relato del éxito. Prefiere hablar del cansancio necesario, del agotamiento compartido entre escena y patio de butacas. “Hay algo del viaje de Fernando, el protagonista, que pasa por ahí. Como en las misas evangélicas”. Para documentarse, asistió a celebraciones religiosas de todo tipo, incluso en pisos particulares, espacios precarios donde la comunidad se construye a base de canto, cuerpo y fe. Ese pulso atraviesa la puesta en escena: música en directo, actores que mutan de personajes y una estructura que avanza desde lo festivo hacia lo confesional.
El elenco que llega a Madrid, Guillem Balart, David Climent, Raquel Ferri, Artur Busquets, Vanessa Segura, Dudu Alves y Anna Alarcón, sostiene esa épica íntima con una entrega poco frecuente. Actores y actrices que aprendieron a tocar instrumentos, que visitaron misas, que asumieron que esta obra no se interpreta sino que se atraviesa. Morales habla de ellos con un cariño poco impostado. “Se han apuntado a una locura”, dice. Y la locura funciona porque cada intérprete aporta su galaxia emocional sin romper la partitura común. Morales lo tiene claro: “La sala de ensayo es uno de los lugares donde me siento más feliz en la vida”. Quizá por eso el espectáculo respira verdad, incluso cuando incomoda.
Todo esto dialoga, además, con otro cierre de círculo vital. Este mismo año Morales ha estrenado por fin Esmorza amb mi, la película que llevaba dos décadas imaginando. Ganó premios en el Festival de Málaga y ha sido nominada a los Premios Gaudí. “Preferiría ganarme la vida haciendo teatro que haciendo otra cosa”, dice sin dramatismo. “No puedo dejar de hacer teatro, porque me encanta”.

UNA HERIDA EMOCIONAL
El día del Watusi no mira la Transición con nostalgia ni con ánimo de ajuste de cuentas. Le interesa, más bien, la herida emocional que dejó en quienes creyeron, o les hicieron creer, en un ascensor social que nunca llegó. Morales habla de Fernando, su protagonista, como de un ser tierno y peligroso a la vez, alguien que compra un relato que no le pertenece y se pierde en él. Ahí, el espejo con el presente es incómodo. Cuando se le menciona a Llados, Morales afina. “Fernando no sería el gurú, sino uno de sus seguidores”. Un hombre que internaliza un discurso neoliberal sin entenderlo del todo. “No hay nada más peligroso que ser un neoliberal radical y no saberlo”, sentencia. La obra no celebra el mito, sino que lo desmonta desde dentro, con humor, con música, con una extraña belleza que huele a barrio, a derrota y a deseo.
Que llegue ahora a Madrid no es un simple movimiento de gira. Es una invitación a compartir un tiempo largo, incómodo y humano. Y a recordar, como dice Iván, que “lo que más me gusta escribir es ‘colocarme’ de lo que estoy escribiendo”. El Watusi ‘coloca’ al espectador en un trance colectivo del que no se sale igual que se entra.
Tras Madrid vendrá un valle, un tiempo de distancia y de replanteamiento. Volverá a poner el cuerpo como actor, regresará a los orígenes, abrirá otra senda.
Mientras tanto, El día del Watusi sigue ahí. Una obra que no simplifica y que, precisamente por eso, abraza al espectador. Un teatro que no promete salvación en otro mundo, sino una comunidad momentánea aquí y ahora. Y quizá, con suerte, la posibilidad de salir del teatro un poco más cansados, un poco más lúcidos y un poco menos solos.