O de cómo aterrorizar al planeta como un niño y sin entender las subordinadas.

Para quien no esté familiarizado con esa suerte de clásico contemporáneo que es el sociólogo francés Pierre Bourdieu, hoy aquí venimos a hablar de capital. Pero no me malinterpreten: el capital no es solo dinero. Para Bourdieu, capital es todo aquello que permite a una persona mejorar su posición. Y hay muchas otras cosas, aparte del dinero, que te pueden dar oportunidades: el capital social, más conocido como la red de contactos; el capital cultural, o sea, la formación de cada persona; el capital simbólico en tanto que la legitimidad individual en un contexto dado… Incluso el capital erótico, esto es, la capacidad de atracción sexual, pueden ser clave en la trayectoria vital (por cierto, este último concepto no es de Bourdieu, sino de Catherine Hakim, también socióloga, aunque obviamente menos citada… por tener menos capital simbólico).

La cuestión es que estaba yo tranquilamente buceando por Internet sin dirección concreta cuando me saltó la noticia de la carta de Donald Trump al primer ministro noruego, Jonas Gahr Støre. La leí. La releí. Y antes de analizarla, me van a permitir que improvise dos nuevos tipos de capital, asociados entre sí: el capital lógico y el capital gramatical. Empecemos por el último. El capital gramatical consistiría en la capacidad de formular oraciones gramaticalmente correctas, empleando los conectores que mejor precisen la línea de pensamiento del emisor. El capital lógico consistiría, por ende, en la capacidad de realizar razonamientos a través de inferencias válidas. Obsérvese que ambos capitales estarían vinculados entre sí, dado que los conectores gramaticales son los que ordenan la línea de pensamiento.

La carta de Trump apenas contiene subordinadas, y las que contiene son razonamientos falsos. Trump afirma que como no le han dado el Nobel de la Paz, ya no está obligado a pensar en la paz, aunque la paz es importante, pero es más importante Estados Unidos. Es falaz en la relación causal de su comportamiento, es falaz en la legitimación de su giro político y es falaz en la dicotomía entre el bien de Estados Unidos y el resto del mundo. Pero es que a lo mejor, a-lo-mejor carece de capital gramatical suficiente para articular razonamientos más complejos, lo que le impide, en definitiva, un pensamiento maduro, propio de un adulto que percibe la realidad en toda su complejidad. Cualquier profesor Montessori que se encontrara con un niño de 3 años que razonara así le desmontaría en apenas segundos.

A día de hoy, el capital lógico y el capital gramatical hacen más bien poco por otorgar ventajas sociales a aquellos que los poseen. Son capitales devaluados, y en algunos entornos se convierten más bien en el anticapital, porque aquel que evidencia una falacia o una incoherencia en un contexto poco proclive a aceptar sus propios errores suele salir perjudicado de esta empresa. Eso sí, cuando se reconoce el capital gramatical de una individua o individuo, las ideas que transmiten todas las subordinadas que pensó lógicamente pueden cambiar el mundo entero.

Por eso sigue siendo importante la gramática, y más para nosotros que hacemos teatro. A veces la revolución empieza por enseñar a hacer bien una subordinada.

 

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