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La voz de Carmen Martín Gaite

“El teatro es un lugar mágico de pura presencia, donde un grupo de personas respira el mismo aire durante un rato”

La tristura estrena Así hablábamos, su primer encargo del Centro Dramático Nacional (CDN). El colectivo integrado por Itsaso Arana, Violeta Gil y Celso Rodríguez, que cumple ahora 20 años, destila el universo conversacional de Carmen Martín Gaite para conectarlo con el lenguaje de la Generación Z.

Son ya muchos los estudios que confirman que gran parte de la Generación Z sufre telenofobia. ¿No te suena esta palabra? Pues hace referencia al miedo o la ansiedad que produce hablar por teléfono. Muchos jóvenes prefieren comunicarse a través de las redes sociales, antes que establecer una charla con alguien durante minutos que se les antojan eternos.

También tenía cierta aversión al teléfono móvil Carmen Martín Gaite cuando empezó a manejarlo. Eso sí, ella suspiraba por una charla interesante, por un buen conversador. Precisamente, su ensayo La búsqueda de interlocutor es uno de los puntos de partida de Así hablábamos, la propuesta escénica que La tristura presenta en el CDN hasta el 24 de marzo, que llega con sorpresa incluida (inteligencia artificial mediante).

La puesta en escena nos muestra a un grupo de ocho jóvenes veinteañeros -Anaïs Doménech, Ede, Teresa Garzón Barla, Gonzalo Herrero, Fernando Jariego, Belén Martí Lluch, Eva Mir y Marcos Úbeda- que se vuelven a encontrar después de un tiempo sin trabajar juntos, y esta vez sí, no tendrán más remedio que rendirse ante el poder sanador de la conversación para afrontar el duelo que quedó detenido en el instante siguiente a la pérdida de Sofía, una de las integrantes del grupo.

Hablamos (sí, somos de otra generación, nos gusta hablar) con Itsaso Arana, Violeta Gil y Celso Giménez en los pequeños huecos libres que les conceden los ajetreados días previos al estreno en el Teatro Valle-Inclán.

 

Foto de portada: Así hablábamos. ©Luz Soria

 

 

¿Cómo fue la aproximación al proyecto Así hablábamos?

Celso Giménez: Hace dos años me llamó Alfredo Sanzol, a quien no conocía. Me sorprendió mucho porque nunca habíamos estado en conversaciones para ningún proyecto. Es el primer ‘encargo’ de nuestra vida y hemos intentado no sentirlo así, hacer una obra de La tristura, aunque sea más rápido que nunca y con la voz de Carmen Martín Gaite guiándonos en la oscuridad.

 

¿Podríamos decir que la palabra ‘interlocutor’ es el punto de partida de Así hablábamos? ¿Qué os interesa explorar a través de esta palabra?

Violeta Gil: La única premisa del encargo del Centro Dramático Nacional era adaptar el trabajo de una escritora española del siglo XX. Nos pusimos a mirar autoras como María Zambrano, Almudena Grandes, poesía, ensayo, filosofía, novela… Nos hizo ponernos muy en contacto con nuestro país y con ese momento de mujeres empezando a destacar en la literatura como Rosa Chacel o Carmen Laforet. Y sentíamos que Carmen Martín Gaite nos apelaba particularmente, precisamente por ese ansia que tiene de conseguir la mejor situación comunicativa posible, que al final está muy relacionada con el hecho escénico: hay unas personas haciendo algo para comunicarse con un público que está ahí en directo.

Lo primero que pensamos fue adaptar alguna de sus novelas, que nos gustaban mucho, pero otra de las premisas que nos daba el Centro Dramático Nacional era contar con un elenco joven y grande. Ahí decidimos trabajar con el ensayo La búsqueda de interlocutor, por las ideas que nos brindaba, y porque toda la obra de Martín Gaite habla de eso. Es un tema muy obsesivo para ella, que lleva hasta el final de sus días. Ella no esperaba morir, pero la enfermedad fue muy fulminante, y en las últimas entrevistas poco antes de morir todavía estaba diciendo: “Estoy aquí en mi casa dispuesta a que venga quien sea a hablar conmigo”. Y La tristura desde el principio se ha preocupado mucho por generar situaciones comunicativas profundas con el público.

Itsaso Arana: Dentro del universo de Carmen Martín Gaite, esa búsqueda del interlocutor es como una especie de búsqueda incansable que ella practica toda su vida. Como si escribir fuera una forma de sentirse menos sola, de encontrar a alguien al otro lado. Y sentíamos que ahí había una reverberación muy potente con nuestra forma de entender el teatro, las situaciones vitales, nuestra forma de movernos por el mundo, que al final ha sido siempre agrupar, encontrar un otro o una otra que te pueda entender, con el que puedas vibrar en una misma especie de emocionalidad y de mundo.

Y entonces sentimos que esa idea, muy seminal y muy básica de toda su literatura y de su camino vital, vibraba mucho con nosotras. Sentimos que su ensayo La búsqueda de interlocutor incidía en esa idea y nos parecía que por ahí teníamos una forma de entrar a su mundo.

 

¿Cuál era la motivación final de Carmen Martín Gaite en esa búsqueda constante de conversación?

Violeta Gil: Creo que hay una cosa muy placentera en la conversación para ella, que le motiva mucho, porque ahí es cuando se piensa a sí misma mejor y se le ocurren más ideas. Pero creo que hay una búsqueda de amor total. De hecho, Rafael Chirbes en el prólogo a una edición que hizo de Cuadernos de todo, explicó unas cosas muy bonitas: cómo se nota que ella estaba también buscando amor, porque ese interlocutor también es alguien que te entienda, a quien tú entiendas, que te inspire y que te haga crecer e ir más allá de donde tú a solas puedes llegar.

 

La voz de Carmen Martín Gaite en Madrid
Fotos: Así hablábamos. ©Luz Soria

 

Habladme de ese grupo de jóvenes veinteañeros que se vuelve a encontrar tras sufrir una pérdida y después de un año sin trabajar juntos. ¿Cómo es ese reencuentro en escena?

Itsaso Arana: Nosotros venimos haciendo un teatro muy posdramático, donde los personajes y la ficción son unas líneas muy finas. Pero en este caso creo que nos hemos atrevido -quizá por el encargo, quizá por el mundo de Carmen, y también porque hemos reunido a un grupo de jóvenes- con una cierta capa de ficción, que tiene que ver con esta idea de qué ocurre cuando alguien muere demasiado pronto en un grupo.

Hemos planteado una obra muy musical porque no deja de ser un grupo de música. Nos gustaba mucho también, en este caso, no ser tan directos con nuestra propia biografía, como si fuera un grupo de teatro, sino usar todo nuestro recorrido y sabiduría con respecto a lo teatral, a trabajar en comunidad, a crear en colectivo; poder reciclar y reinvertir todos estos años de creación colectiva, que van a ser 20 en breve, en esta ficción, de jóvenes músicos que se juntan a terminar un segundo disco que se quedó a medio hacer por esta situación traumática que supone una muerte de uno de los miembros del grupo.

Es cierto que así dicho suena muy dramático, pero creo que siempre que hemos tratado en nuestra caligrafía, en nuestra poética, temas de muerte o temas más hondos o más complicados, siempre es con un sentido muy vitalista: cómo la muerte o cómo el dolor está para revitalizarnos, para aprender algo de eso y no dar por hecho la vida.

 

Me ha parecido, leyendo algunos fragmentos del texto, que lo de acabar el disco es una excusa porque en realidad están haciendo parte de un duelo que no supieron hacer cuando murió el personaje de Sofía.

Violeta Gil: La excusa es muy clara. Hace un año que murió Sofía, que es un personaje que tenía bastante ascendente sobre el grupo, digamos la líder de la banda. Además, lleva este nombre de Sofía por el mítico personaje de Sofía Montalvo, de Nubosidad variable. Tienen la sensación de que cuando muere esta persona no fueron capaces de hacer un rito de despedida que estuviera a la altura de lo que les hubiera gustado, entre otras cosas porque la muerte siempre arrasa, eran muy jóvenes, no se sentían con armas. Y no solo eso, todo se les quedó un poco detenido: las relaciones entre los miembros del grupo y también la banda de música. Este reencuentro un año después sirve de rito de despedida de esta persona. Vamos a entender cómo podemos seguir teniendo conversaciones a otro nivel con quien ya no está y también vamos a aprender a hablar nosotros cuando ya nos falta esa figura que había sido muy pegamento de todo el grupo.

Itsaso Arana: Siempre hemos hablado que es muy difícil hoy en día hacer nuevos ritos cuando no somos exactamente creyentes. Como si también el teatro viniera a suplir o a imaginar nuevas formas de ritualizar, de generar presencias y de celebrar lo bueno y lo malo de la vida. Al final el teatro es un lugar mágico de pura presencia -la presencia en este mundo tan loco, tan rápido, tan digital parece que la hemos olvidado- donde un grupo de personas respira el mismo aire durante un rato. Creo que siempre nos ha obsesionado un poco esta idea de que el teatro es un lugar de transformación, de unión con los seres humanos. Y en ese sentido sí que nos parecía bonito reflexionar acerca de los ritos de despedida, y de cómo vivimos tan a espaldas de la muerte, y de nuestra propia torpeza a la hora de enfrentarnos a ese tipo de cierres. Yo, personalmente, por ejemplo, con la muerte de mi padre me tuve que inventar su propio funeral y, de alguna manera, aquello me hizo reflexionar muchísimo sobre cómo una persona que es atea en un pueblo no tiene formas de hacer un rito fúnebre que pudiera ser a su gusto. Y de repente eso recae en las familias. Gracias a que yo me había dedicado al teatro, pude poner ahí mi capacidad. Pero fue una situación rarísima porque yo me veía haciendo una obra de teatro para despedir a mi padre. Entonces pensé que hacen falta ritos que unan a las personas, que puedan dar espacio y cabida a una respiración conjunta y a una forma también de honrar la vida de aquella persona que se ha ido y la nuestra propia.

 

¿Cómo ha sido el proceso de dar forma a esa idea inicial a partir de los textos de Carmen Martín Gaite para dar voz a un elenco de ocho personajes veinteañeros?

Violeta Gil: Pasé mucho tiempo a solas leyendo toda la obra de Carmen Martín Gaite. Tuve la suerte de recibir una beca para una residencia creativa en Francia. Llevé una maleta con todos los libros y de ahí fui extrayendo ideas, citas concretas (algunas de hecho están en la pieza), fragmentos que nos ayudaban a pensar en la propia conversación. Por eso decimos que es una pieza inspirada en el universo de Carmen, porque lo que está muy presente en la pieza son los temas, los deseos, pero no a un nivel literario. Entre otras cosas porque Carmen Martín Gaite nos encanta y nos inspira mucho, pero tiene una estética de la palabra muy alejada a la nuestra y también nos parecía importante darle su lenguaje a este grupo de ocho jóvenes del siglo XXI que fuese acorde a sus propias maneras de expresarse habitualmente.

Así que el trabajo ha sido generar una ficción nueva con esos temas tan presentes en Carmen, como es también la pérdida. Varios de sus amigos se mueren, no tan jóvenes como estos personajes, pero sí figuras referentes para ella como Ignacio Aldecoa, que muere cuando tiene 40 años; su hija muere muy joven, y esa es una pérdida que la dejó muy devastada. Ella también explora mucho la muerte y la pérdida y cómo se relaciona una con la creación literaria después de que se vaya alguien que te ha importado mucho. Le gustaba mucho esto de las retahílas, de los hilos de la conversación; ha sido ir deshilando los temas que están en sus novelas y en sus ensayos para generar una ficción que no tiene nada que ver. Yo lo siento bastante homenaje, dentro de que, si vas a ver la pieza, no vas a ver una adaptación textual, pero sí de su universo.

 

¿Hemos perdido el placer por la conversación y los espacios para practicarla?

Itsaso Arana: No lo sé. Parece que cuando una generación un poco más mayor retrata a una generación más joven, y sobre todo a esta Generación Z, a esta ‘generación de cristal’, siempre tenemos el primer prejuicio de que son hiperdigitales. Nosotras también tenemos una relación con la tecnología muy complicada. Tengo la esperanza de que las generaciones futuras, si no nos convertimos en robots absolutos, vayan integrando eso: así como hay una fuerza absoluta por todo lo tecnológico y lo digital, tiene que haber una fuerza (porque eso es histórico) por todo lo humano y todo el presente. Lo bueno es que el teatro no es reproducible y resiste a todo.

No hemos querido hacer un retrato de jóvenes hiperdigitalizados, pero sí hay una reflexión acerca de qué ocurre con la herencia digital. No hay unos procedimientos, unos acuerdos, unas leyes… Hay ahí un terreno muy gris que nos está sobreviniendo. La obra, muy humildemente, hace una tentativa de tratar de imaginar un rito común para despedir a esta amiga.

 

Para presentar en escena la voz de Carmen Martín Gaite habéis usado la inteligencia artificial. ¿Qué habéis querido explorar ahí? ¿Cómo lo habéis hecho? Creo que en teatro todavía no he visto ninguna pieza donde hagan uso de esta herramienta.

Celso Giménez: Todo nace del miedo a perder un interlocutor. Del miedo a la muerte, a desaparecer. Nos preguntábamos qué podríamos haber conversado con Carmen si estuviera viva. Y a partir de ahí, pensamos que dentro de poco, probablemente, se podrá ‘conversar’ con los muertos. Teniendo todos los datos, sus escritos, sus entrevistas, seguramente te podrá contestar y opinar sobre lo que le preguntes. La pieza no va directamente de esto, pero eso está por debajo.

Violeta Gil: La hemos usado como herramienta, pero sí es cierto que desde el principio ha estado en las conversaciones todo lo que tiene que ver con esas presencias fantasmales y las voces que salen de los teléfonos… Hemos dejado de darle importancia a que yo puedo estar en mi casa oyendo la voz de alguien que no está ahí conmigo y que lo tomo con mucha naturalidad. Y de alguna manera son formas de invocar a personas. Una vez que esa persona no está, tú la puedes seguir invocando porque, a día de hoy, tenemos un registro bestial de todo, que ahora se ve aumentado por la posibilidad de regenerar nuevos contenidos con una voz que era la de esa persona. Da bastante impresión oír las pruebas que estamos haciendo de inteligencia artificial con Carmen Martín Gaite porque suena exactamente igual que ella. Y dices: qué poderoso hacer esto, pero qué miedo.

Itsaso Arana: Estamos haciendo un uso de la tecnología muy fantasmagórico. En la obra está apuntada esta tesis de que nos estamos convirtiendo en una especie de fantasmas digitales. Si alguien quisiera recrearnos de aquí a unos años con todo el rastro de nuestra voz, de nuestras imágenes, podría hacerlo digitalmente. De alguna manera, unimos estos dos mundos que parecen profundamente alejados: en una de las entrevistas de Carmen Martín Gaite dice que odia los teléfonos móviles. Nos hacía gracia esta extrañísima unión de poder hacerla aparecer por medio de la tecnología. Se nos ocurrió porque había mucha voz suya de archivo y esta es una obra también muy musical, que habla mucho de cómo la voz de alguien es lo que más nos puede representar, y cómo impresiona escuchar la voz de alguien que ha muerto. La voz es una especie de DNI muy profundo. Pensamos que la forma de hablar de Carmen era una forma de traerla al presente, de traerla al teatro, y el teatro también es un arte de hacer revivir a los fantasmas.

 

¿Qué papel juega aquí la escenografía en la que habéis recreado un estudio de grabación?

Itsaso Arana: Nos gusta mucho la idea de un estudio de grabación, y yo creo que forma parte de nuestra poética por separado y en conjunto, gente que se encierra, se aparta del mundo para crear. Creo que es algo que nosotros hemos practicado mucho, y que de alguna manera tenemos cosas que contar acerca de eso.

Para crear en colectivo es muy necesaria la presencia, los tiempos muertos, charlar por las noches, tener tiempos tontos, hacer chistes, cantar juntas, ir al río… Que la vida te atraviese, ayuda mucho a la creación. Si no, nos tratamos siempre como seres profundamente productivos y toda la vida acaba siendo algo transaccional.

 

De nuevo os rodeáis de grandes creadores y artistas como Marcos Morau (escenografía y vestuario) y Pablo Gisbert (espacio sonoro), al tiempo que establecéis nuevas alianzas con nombres como Juan Gómez-Cornejo (iluminación). ¿Qué buscáis en ellos?

Celso Giménez: Conozco a Pablo y a Marcos desde adolescentes. Somos colaboradores habituales los unos en las piezas de los otros. Que uno de nosotros estuviese en el CDN por primera vez era el pretexto perfecto para que estuviésemos los tres. Sobre Juan es distinto; siempre pensamos que algún día le propondríamos trabajar y esta era la ocasión perfecta.

Itsaso Arana: Es un ‘dream team’. En el caso de Marcos y de Pablo es más una invitación romántica, en el sentido de que son amigos de Celso desde los 20 años. Y yo los conozco desde que tenía 20 años también. Hemos seguido el recorrido unos de otros, hemos crecido juntos en lo artístico… No hemos sido muy prácticos, porque son gente muy ocupada, pero hay un espíritu romántico en el hecho de juntarnos todas otra vez. Yo también llevaba varias producciones en las que no firmaba como escritora ni directora, simplemente como asistente de dramatúrgica, porque siempre he mantenido este vínculo y no lo puedo soltar.

Violeta Gil: En nuestra primera obra, de la que casi ni hablamos, la coreografía que hacíamos Itsaso y yo la hizo Marcos Morau, y Pablo Gisbert, de El Conde de Torrefiel, tocaba en directo. Es una oportunidad traer a nuestras amigas, artistas internacionales de muchísimo reconocimiento, que son gente con la que hemos crecido y con la que nos hemos criado a un nivel artístico y también sentimental. Nos parecía muy importante que pudieran acompañarnos en este proceso, en este momento de cumplir 20 años y hacer la primera aparición en el Centro Dramático Nacional. Y también generar vínculos nuevos; por ejemplo, con Juan Gómez-Cornejo nunca habíamos trabajado y es una maravilla. Sí que hay también gente nueva pero, de alguna manera, traernos a nuestra familia era importante.

 

Cumplís 20 años como colectivo de Artes Escénicas en 2024. ¿Seríais capaces de hacer un balance?

Itsaso Arana: Creo que cuando acabe esta obra vamos a tener una perspectiva mayor. Sí que estoy sintiendo que es una especie de clímax capitular brutal. Creo que todavía estoy en medio del huracán. ¿Qué te voy a decir? Son mi familia. Soy quien soy por Celso y por Violeta, artística y vitalmente. También creo que hemos necesitado unos años para seguir haciendo cosas por separado, porque en este país es una vida artística muy comprometida y muy sacrificada. Crear en colectivo es muy difícil porque también te exiges como en una pareja: tienes que seguir creciendo juntos. No somos los mismos y al mismo tiempo somos los mismos. Siempre te funcionan como espejo de quién eres.

Violeta Gil: Tendremos que hacer un ritual un poco más adelante, cuando nos haya caído la ficha de la creación de esta obra, que realmente la siento como un torbellino. Hace semanas que no veo a nadie que no sea de este equipo. Cuando podamos posar la obra en nuestros corazones, podremos entender que también esto es un rito de paso para nosotros, haber vuelto a trabajar juntas después de un tiempo en el que cada una estaba haciendo sus cosas.

Celso Giménez: Todavía no me lo creo mucho. ¡Es toda una vida! Hacia finales de año planeamos tomarlo como excusa para diversas celebraciones y actividades con creadores afines en Conde Duque. Espero poder comprenderlo un poco mejor entonces.

 

La voz de Carmen Martín Gaite en Madrid
Foto: La Tristura. De izqda. a dcha: Violeta Gil, Celso Giménez e Itsaso Arana. ©Mario Zamora

 

En paralelo a este proyecto colectivo, cada una de vosotras seguís creando por vuestra cuenta, como habéis comentado. ¿Qué necesitáis buscar fuera para traer de nuevo al grupo? ¿Cómo es el reencuentro?

Celso Giménez: Muy intenso a nivel sentimental. Un placer sentir la conexión que sembramos durante tantos años. Para el periodo corto de creación siento que nos hemos metido en buenos líos, técnicos y dramatúrgicos, de los que esperamos salir airosas.

Itsaso Arana: Recuerdo que los primeros años, cuando vivíamos juntos, de vez en cuando había que irse para volver. Decíamos: hay que traer algo nuevo a la mesa porque la creación es una cosa muy frágil. Nos hemos hecho muy buenas en compartir las ideas a través de las palabras, pero a veces la creación viene de un lugar más innombrable. Entonces, creo que salirse del grupo para volver, así como retirarse del mundo para volver al mundo, dejar de hablar para volver a hablar, genera todo un movimiento de revitalización que es súper necesario. Esta especie de vuelta ha sido muy fulgurante, muy rápida. Es verdad que ha sido muy loca porque el CDN tiene unos tiempos que no son exactamente los nuestros, que solemos tener unos tiempos de creación más dilatados. Está siendo una aventura muy huracanada, pero sí que es cierto que cada una trae un bagaje diferente y es de agradecer. A veces veo algo nuevo: una fuerza, un procedimiento, un pensamiento, también una calma que te da la edad. En este proyecto somos las mismas y somos otras, y quiero pensar que cada una ha traído lo mejor de sí misma.

 

En concreto, Itsaso, ¿cómo te está pasando por el cuerpo la nominación a Mejor dirección novel con Las chicas están bien y la inminente celebración de la Gala de los Premios Goya?

Itsaso Arana: Está siendo muy loco el contraste. Yo digo que soy una escritora en pijama y luego una directora en traje de noche, o sea, una cosa muy loca. Acabo de venir con el chip de los Premios Feroz. Pero estoy muy agradecida. También pienso que lo de los premios por fuera es muy ‘wow’, pero es que ha sido tan precioso el proceso de Las chicas están bien, tan empoderador también para mí… Incluso para volver aquí con la compañía. Ha sido una especie de asentamiento y de confirmación de mi propio mundo, de mi propia creatividad, que está muy unida a La tristura, pero que no es dependiente de la compañía. Creo que eso, como en cualquier pareja, grupo o familia sana, cuando te puedes ir y te quedas, es precioso. Estás eligiendo venir y yo he sentido que elegía venir esta vez.

 

Y en tu caso, Violeta, ¿cómo está siendo esta fórmula de salir a tomar energía fuera del grupo, publicar recientemente tu primera novela, Llego con tres heridas, y después regresar a crear con el colectivo?

Violeta Gil: Empezamos a trabajar súper jóvenes y el teatro era siempre lo que nos movía, pero creo que según hemos ido haciéndonos mayores y cambiando las dinámicas, hemos entendido que cada uno tenía también otros deseos. En mi caso, la literatura es súper importante, ha sido siempre mi forma de inspiración. Esto te hace tirar para otro lado. Y hay algo también del trabajo en soledad, de no tener que contar con tantas personas para hacer algo, que es muy placentero. Simplemente tener un cuaderno, un boli, un ordenador y un documento de Word es genial para poder dar cabida a otros pensamientos. Yo ya venía trabajando en poesía y mi primera novela explora temas que también están aquí. Tienen que ver con la pérdida, con traer a los muertos y poder tener conversaciones con ellos. En gran parte la novela es autobiográfica y hay una búsqueda de la figura del padre que murió. De hecho, hay un momento en que la hija y el padre conversan. La literatura es como una oportunidad de hablar con los muertos y de generar situaciones que de otra manera no podrían existir. Para mí ahora ha sido también mucho shock volver a trabajar con tantas personas porque me había sentido bastante a gusto en esta soledad del cuarto y de generar todo un mundo que luego se queda en un formato que las personas se pueden llevar a su casa y relacionarse con él de una manera más íntima, no tan pública como como el teatro. Pero me gusta mucho combinar ambas fuerzas porque tiene algo muy placentero el poder estar a solas con tus pensamientos. Soy una persona quizá más introspectiva, más tímida o con otros tiempos. El teatro tiene un tempo muy muy rápido, requiere un tipo de nervio que es maravilloso pero agotador.

 

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