Aunque las separe solo una ‘f’, los términos ‘festival’ y ‘estival’ no tienen la misma raíz. El primero procede del latín ‘festum’ (fiesta), mientras que el segundo nace del también latino ‘aestas’ (verano). Sin embargo, en la práctica podríamos decir que ambas realidades están tan cercanas que merecerían compartir etimología. Cada verano, España se llena de festivales de todo tipo: los de teatro, de hecho, aumentan año a año.

Me parece especialmente llamativo en la Comunidad de Madrid el festival Escenas de Verano. En su edición de 2026, esta iniciativa va a desplegar más de 200 actividades culturales y representaciones en total, extendiéndose a lo largo de un mapa de 164 municipios de la región. El objetivo es que haya entre 1 y 2 representaciones en cada municipio participante, focalizando las propuestas en localidades de menos de 10.000 habitantes que carecen de infraestructuras teatrales permanentes. Con este despliegue al aire libre y en plazas públicas, el festival maneja un potencial público estimado que supera los 50.000 espectadores directos. Escenas de Verano se erige, de esta manera, en una decidida apuesta de la CAM por la descentralización cultural.

No obstante, creo que la política del festival estival merece una seria reflexión. El acceso gratuito y masivo se lleva planteando décadas como el único ecualizador social capaz de romper barreras de entrada a las artes escénicas. A esto se le suma la propuesta de asociar dicha gratuidad a eventos puntuales (los festivales), con eventos descontextualizados, aislados y que no van acompañados de otras acciones paralelas, como el fomento de la participación cultural o actividades amateur. La intención es fantástica, pero el resultado posiblemente no es el deseado. Las cifras, tan caras al capitalismo, son impresionantes y tienen aspecto de impacto real. Sin embargo, dudo mucho que una representación de títeres o circo en todo el verano en un pueblo de la Comunidad de Madrid vaya a fomentar la afición a las artes escénicas o generar un público decidido a pagar, en otro momento, una entrada a su precio habitual en el centro de la capital.

Con esta reflexión no quiero desdeñar o devaluar el esfuerzo organizativo, económico y, digámoslo, conceptual de iniciativas como Escenas de Verano. Es más, creo que deberíamos felicitarnos por que la periferia entre en el radar de los eventos culturales de la CAM. Lo que cuestiono es la dirección de dicho esfuerzo. ¿Generará más interés? ¿Se transformará esto en más público? ¿Estará este público dispuesto a seguir yendo al teatro? ¿O los asistentes acabarán concibiendo el teatro como ese acontecimiento propio del verano, que, por tanto, no forma parte de su vida normal? ¿Cuál es el impacto duradero del modelo del festival estival en el valor percibido de las artes escénicas?

 

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