La trama es la de siempre y no lo es: el trovador Manrique ama a Leonor de Sesé, y ese amor choca de frente con el Conde de Luna, que también la pretende. Alrededor, la guerra civil, las traiciones de sangre y la gitana Azucena, que arrastra un secreto que terminará por desmoronar a todos los personajes. Drama caballeresco romántico, lo llaman desde la compañía, escrito en una mezcla de prosa y verso que en su día marcó el camino del romanticismo teatral español.
Pero esta versión no se queda en la reconstrucción de época. Hugo Nieto, director de la pieza, sitúa la acción dentro de un salón decimonónico, uno de esos espacios donde la aristocracia madrileña se reunía a comentar, a juzgar y a chismorrear sobre lo divino y lo humano. «El contexto, y la historia propia del texto» fueron lo primero que le interesó del proyecto, cuenta Nieto, y desde ahí construyó junto al dramaturgo Daniel Llull el punto de partida de toda la dramaturgia. «Para mí la propuesta no es metateatral, hay un teatro dentro de otro teatro, pero es parte de la forma; no reflexionamos sobre el teatro en sí, simplemente lo hacemos desde el lugar que creemos puede ser interesante para el espectador contemporáneo», aclara.
Ese salón no es solo escenografía, es también dramaturgia. Llull explica que el montaje recupera las crónicas y anécdotas que circularon tras el estreno de 1836, las que firmaron entre otros Mariano José de Larra o Benito Pérez Galdós. «El espectador avispado entenderá muchas referencias a un momento convulso de nuestra historia cuando llegue a nuestro salón aristocrático, para transportarse durante una hora y algo a esa época de chismorreos, pronunciamientos y agitación política y social», apunta. Entre esos chismorreos hay uno que ha hecho fortuna: aquella noche de 1836, el público pidió por primera vez en la historia del teatro español que el autor saliera a saludar al escenario, y según cuenta la leyenda, García Gutiérrez tuvo que hacerlo con un abrigo prestado. También se cuela la polémica posterior sobre los derechos de autoría frente a la ópera de Verdi, que el propio García Gutiérrez reclamó en su momento.

La música que llevaba doscientos años callada
Si hay un eje que sostiene esta producción es la música. No la de Verdi, sino la que se compuso originalmente para el estreno de 1836 y que apenas ha vuelto a sonar desde entonces. Marina Barba, directora musical y también chelista sobre el escenario, ha trabajado con esas partituras desde tres frentes: la interpretación fiel de las piezas conservadas, adaptaciones propias para ajustarlas a las necesidades de esta puesta en escena, y composiciones nuevas, escritas para esta función concreta. «No he planteado el trabajo musical en diálogo ni con la música de Verdi ni con la que Gaztambide compuso para este mismo drama a mediados del siglo XIX», precisa, dejando claro que el objetivo no era la comparación sino la restitución.
Para Barba, esa recuperación tiene un valor que va más allá de lo anecdótico: «el profundo desconocimiento que todavía existe sobre el teatro español de este periodo ha provocado que estas obras apenas se representen hoy y que, además, se ignore en gran medida que contaban con música original». Tocar y dirigir a la vez, dice, le ha dado una ventaja inesperada: «me ha permitido trabajar la música desde dentro de la escena. No es lo mismo crear o modificar cuestiones musicales como directora, desde fuera, que hacerlo mientras estás tocando y compartiendo la escena con los intérpretes».
Junto a ella, el pianista Ramón Gil completa el dispositivo musical en directo, que acompaña tanto los pasajes cantados por el elenco como los instrumentales que puntúan la acción.

Un reparto que se mueve entre el verso y la canción
Daniel Rovalher da vida a Manrique, «un apasionado guerrero, poeta y cantor que se mueve por sus pasiones, el amor y la venganza». El actor, curtido de años de trabajo en Ron Lalá, encuentra en este montaje una continuidad natural con su trayectoria: “El trovador hilvana un texto rico en el verso y rico en pasajes musicales, muchos instrumentales y otros que cantaremos en directo todo el elenco de la obra». Sobre el mayor reto del personaje, señala el tránsito entre los pasajes más dramáticos y los momentos no dramáticos, incluso cómicos, donde el elenco se quita el personaje de encima para airear la historia: «hacer de cada escena una escena distinta, porque cada una tiene una pasión muy marcada», resume.
Andrea Soto interpreta a Azucena, la gitana que todos conocen por el aria «Stride la vampa» de la ópera verdiana pero que pocos han escuchado hablar sobre un escenario de teatro. «Está siendo un reto absoluto interpretar un drama tan extremo», admite Soto. «Busco no caer en lo exagerado e inverosímil, tratando de encontrar la manera de revivir y habitar, desde las entrañas, tanto dolor, valiéndome de lo pequeño y lo sutil». La libertad, dice, es uno de los valores que más definen a su personaje: su pobreza y su falta de ambición le dan una libertad que otros no tienen, y lejos de pesarle, la llena de orgullo.
Ania Hernández encarna a Leonor, y la define como una mujer que rompe con todo lo que se espera de ella. «Es capaz de enfrentarse a su familia y a toda la sociedad para seguir a su amor y a Manrique», explica, y encuentra ecos de ese gesto en otras heroínas de la tradición dramática, de Medea a Julieta. Sobre el final de su personaje, que elige el veneno antes que el matrimonio impuesto, Hernández lo lee como una forma última de libertad: «decide morir, y ahí encontrar la libertad». Le interesa especialmente el trabajo sobre el verso de García Gutiérrez, que combina estrofas muy distintas, prosa y verso, tragedia y comedia: «me parecen muy expresivos los endecasílabos libres, aunque personalmente me gustan más las redondillas, que son preciosas y a la hora de interpretarlas resultan gustosísimas».
Completan el elenco Didier Otaola, en el papel del Conde de Luna, y el propio Daniel Llull, que además de firmar la dramaturgia comparte escenario con sus compañeros. Sobre ese doble papel, Llull reconoce que ha necesitado «la cabeza suficiente para desempeñar un papel más pequeño», aunque no quería renunciar a la alegría de estar en escena. Desde esa posición, además, ha podido estar atento al sonido del verso y aplicarse como letrista de los momentos musicales, «en connivencia con la actualidad”.
El espacio: un salón rojo, sin muebles ni paredes
La escenógrafa Mónica Boromello comenta que ha optado “por un lugar abstracto, donde no hay muebles, ni paredes, ni elementos realistas. Predomina el color rojo de la pasión que impregna este drama interrumpido solo por una pasarela central que separa en dos el escenario, marcando de manera simbólica las separaciones, los conflictos y las intrigas que se van sucediendo a lo largo de la obra.” Un espacio translúcido acoge a los músicos, y unas sillas vestidas de gala hacen de testigos silenciosos.
El vestuario, firmado por Helvia G. Jürschik, sigue un camino parecido: arranca de la reconstrucción histórica más rigurosa y va virando hacia un matiz contemporáneo en materiales y colores. «El vestuario da época a la dramaturgia y al ritual», explica Jürschik, que precisa que lo bufonesco de esta producción no está en el vestuario sino en la energía de la puesta en escena: «es una evolución dentro del lenguaje del Ensamble Bufo en el que lo bufonesco es la situación, no está tratado desde el vestuario sino desde la energía y el distanciamiento».
Por qué ir a verla este verano
Hay una coincidencia que la propia Marina Barba señala como una oportunidad poco habitual: en fechas casi paralelas, Madrid podrá ver la versión teatral de El trovador en el Fernán Gómez y la ópera de Verdi en el Teatro Real. «Es una ocasión excepcional para disfrutar de las dos versiones de la obra y comparar así dos maneras de contar una misma historia», apunta.
Para Hugo Nieto, lo que hay detrás de todo esto es algo más amplio que una reivindicación histórica: «vivimos una época más romántica de la que nos creemos, y hay que decidir si la construimos desde el amor o desde el ego». Daniel Rovalher lo plantea en términos más prácticos: el montaje es «ágil, entretenido, y con una partitura musical muy rica», una propuesta fresca para los días de más calor. Y Ania Hernández, que ha trabajado este texto desde dentro, lo resume con una mezcla de cariño y reivindicación: ir a ver El trovador es, dice, una manera de devolverle a García Gutiérrez «la honra, el prestigio y el respeto» de haber escrito la historia que después haría famosa a Verdi, siendo él el autor original.