Dentro de El secreto de las fiestas, la novela de Francisco Casavella, hay una frase que funciona casi como un conjuro; habla de los ‘hombres-tachán’, gente capaz de aparecer en mitad de la vida cotidiana para contarte “una cosa muy rara que tú, en el fondo, tenías muchas ganas de que te contaran”. Ese espíritu ha servido para bautizar este festival que no quiere conmemorar, sino convocar. Así que TACHÁN es un golpe de efecto que lanza varias preguntas al aire: ¿qué hacemos hoy con el relato de la democracia española cuando se cumplen cincuenta años de sus primeros pasos? ¿Cómo se celebra una conquista sin convertirla en un monumento? ¿Qué cuerpos, qué memorias y qué silencios se han quedado en el camino?
La comisaria del festival, la periodista cultural Marta García Miranda, explica que este festival quiere “iluminar los claroscuros del relato democrático hegemónico” y proponer una lectura crítica de “esa otra fiesta, la de la democracia”. El festival reúne a artistas “nacidos en su mayoría tras la muerte del dictador”, creadores que no vivieron el final del franquismo en primera persona, pero sí han heredado su sombra, un siglo XXI de algoritmos, alquileres imposibles, precariedad crónica, crisis climática y extrema derecha normalizada.
La clave no es la nostalgia, sino la sospecha. TACHÁN acoge cinco piezas inéditas creadas para el festival. Obras de treinta minutos donde conviven danza, música, teatro y performance, que el público verá una tras otra sin descanso. La idea es que la suma construya una gran pieza final “poliédrica y colectiva”. El cartel reúne nombres muy distintos: Rodrigo García, Los Bárbaros, Ben Attia, Los Voluble y un equipo de intérpretes y coreógrafas formado por Juan Luis Matilla, Paula Quintana, Teresa Garzón y Laura Morales.
El festival, en sí mismo, ya es una declaración que manifiesta que la democracia no es una pieza cerrada ni una narración lineal, sino una mezcla, una convivencia a veces incómoda. Y, como toda fiesta real, un lugar donde lo que se celebra también se discute.

El votante como animal político
Rodrigo García aporta Charles & Jorge Luis, interpretada por la performer Paula Robles Alejo y el músico Martín Bruhn. García plantea el tema desde una de sus marcas de fábrica: la digresión filosófica convertida en escena. Su propuesta procede de unas figuritas de plástico que representan la evolución de Darwin, colocadas encima del microondas, y salta hasta Borges, una entrevista en blanco y negro y la democracia definida como “la forma menos cruel puesta en práctica por los seres humanos para sobrevivir en obligatoria comunión”.
En el creador argentino siempre aparece ese gesto de convertir lo cotidiano en pensamiento y el pensamiento en ironía. Aquí, la democracia aparece como un sistema imperfecto, atravesado por tensiones, sostenido por individuos que conviven más por necesidad que por armonía.

Migración y relato nacional
Otra de las piezas que sacude el marco histórico es Ysabel, de Ben Attia, creador de origen árabe nacido en Granada. Su origen es tan significativo como el resultado: nace en 2025 en Box Levante, el centro escénico del Estrecho en Algeciras, durante un taller con jóvenes migrantes magrebíes y subsaharianos, “uno de los colectivos más desatendidos por las políticas de acogida”.
El detonante dramatúrgico fue elegir una figura histórica, y son los propios jóvenes quienes señalan a Isabel I de Castilla. La elección tiene su lógica y su ironía; Isabel impulsó la “limpieza del territorio” mediante conversiones forzosas e Inquisición, fue ensalzada por el franquismo como símbolo de unidad nacional y, sin embargo, fue Franco quien, durante el Protectorado y la Guerra Civil, promovió mezquitas y cementerios musulmanes y llegó a declararse defensor del islam.
La democracia como fiesta suele venderse como un pacto cerrado. Ysabel recuerda que el relato nacional también se escribe con expulsiones, fronteras y contradicciones. Y que quizá una democracia madura debería ser capaz de mirar de frente esas zonas incómodas sin convertirlas automáticamente en amenaza.

Patear al fascismo bailando
Si hay una pieza que se sitúa de lleno en el archivo audiovisual, esa es Democracia Total, creada por Los Voluble -los hermanos Pedro y Benito Jiménez- junto a Matilla, Morales, Garzón y Quintana. No es una conmemoración, sino “una disputa por las imágenes y los relatos”. Y Pedro Jiménez, en conversación con Godot, lo afila un poco más: “Sí vivimos en una democracia, pero ¿a qué precio y sobre qué cuerpos?”.
Para Los Voluble, hijos del relato televisivo del consenso, la Transición fue durante años una imagen “ciertamente idílica, construida sobre todo por la televisión”. Pero la revisión de ese material devuelve otra lectura: el franquismo no terminó de golpe, la violencia no desapareció y muchas estructuras represivas mutaron sin romperse. En Democracia Total reaparecen los cuerpos que el archivo normativo dejó fuera; como las mujeres que conquistaron el divorcio y el aborto, los movimientos LGTBIQ+ que pusieron la cara desde Ocaña hasta los activistas del 15-M, los cuerpos colectivos que ocuparon la calle y que hoy siguen ocupándola. El espectáculo abre con un prólogo construido sobre las Sevillanas democráticas de Gente del pueblo, donde “un cuerpo baila allí donde el archivo canta, la memoria popular se vuelve materia coreográfica y la celebración deja ver, desde dentro, sus violencias y sus duelos”. Jiménez lo dice sin rodeos: “Nos gustaría que el público se anime a bailar con nosotras. Patear el fascismo disfrutando, bailando, poniendo en juego ese cuerpo colectivo”.

La crisis de los cincuenta
Frente al enfoque del archivo y el remix, Los Bárbaros aportan una mirada diferente con Una celebración, creada por Javier Hernando y Miguel Rojo e interpretada por Rocío Bello y el Coro Amigos del Ferrocarril. Hernando sitúa la propuesta en una metáfora tan sencilla que parece obvia y que, sin embargo, funciona: mirar a España como una persona que cumple cincuenta años. La democracia como crisis de mediana edad. “Cuando uno está en la mediana edad, pues se da cuenta de lo que ha vivido y de lo que ha hecho. Pero también es un momento de cierta incertidumbre, de saber qué es lo que ha sido y sobre todo qué queda por hacer”. Balance sin nostalgia, sin esa frase tan gastada, añade, de “cualquier tiempo pasado fue mejor”.
Los Bárbaros llevan más de una década investigando precisamente “cómo estar juntos”, cómo se construyen y se deshacen las comunidades, cómo se acoge el conflicto dentro de la vida democrática. Su participación en TACHÁN, dice Hernando, no es una excursión temática sino “algo natural dentro de las piezas que llevamos haciendo desde hace doce, trece años”. Y en esa mirada aparece una idea especialmente valiosa como es que la democracia no debería fosilizarse. Un país de cincuenta años puede cerrarse, endurecerse, hacerse rígido, o puede hacer el esfuerzo de volver a ser poroso. Abrirse a los cuidados, al feminismo, a la ecología, a la migración, a realidades que sí estaban presentes en la Constitución, pero “no tan desarrolladas como hoy en día”.

La democracia como dispositivo escénico
El formato de TACHÁN funciona como una metáfora directa; compañías distintas, lenguajes distintos, necesidades técnicas distintas, obligadas a compartir espacio y a encadenarse. Hernando lo formula con precisión: “Hemos tenido reuniones en las que hemos estado atentos a las obras de los demás, hemos buscado conexiones, hemos pactado cómo queríamos ese espacio, qué elementos técnicos necesitaban unos, qué elementos podíamos aprovechar de otros. A pequeña escala, el festival que ha pensado Marta es un poco un experimento democrático”.
Cincuenta años después, la democracia no pretende aparecer aquí como un final feliz, sino como la continuidad de un relato que sigue escribiéndose. Un espacio lleno de conquistas, pero también de heridas y zonas pendientes. TACHÁN propone volver a mirar ese relato sin triunfalismo desde la intención de editar de nuevo, remezclar, poner el cuerpo y pensar bailando.
Quizá por eso este festival no sucede en un teatro a la italiana, sino en una vieja nave ferroviaria. Un lugar de tránsito. Porque algunas democracias, como algunas fiestas, siguen ocurriendo mejor en los sitios donde todavía hay gente entrando y saliendo, cuerpos cruzándose y ruido de fondo.