La presidenta de la Academia de las Artes Escénicas de España continúa su actividad profesional con normalidad pese la enorme carga de trabajo que conlleva el cargo al que llegó hace solo unos meses. Este mes dirige la primera adaptación teatral -firmada por Marta Torres- de la cruda novela La Barraca de Vicente Blasco Ibáñez. Una historia situada en la huerta valenciana que nos habla de una comunidad enferma y salvaje cuya vida está marcada por la tierra, el agua y el fuego.
Daniel Albaladejo, Antonio Hortelano, Jorge Mayor, Antonio Sansano, Patricia Ross, Claudia Taboada, Elena Alférez y Jaime Riba conforman el reparto de esta propuesta coral.
Estará en el Fernán Gómez CCV del 21 de mayo al 21 de junio.
Como valenciana, ¿este proyecto levanta más sentimientos que otros?
Pues sí, es algo muy ilusionante porque Blasco Ibáñez es valenciano y además, un grandísimo defensor del mundo rural. Él es un hito. Es, fíjate, un autor que hizo periodismo, que fue articulista, que estuvo preso, que tuvo que exiliarse en Francia y que cuando volvió, ya muerto, en la Estación del Norte de Valencia su ataúd se lo pasaban entre una multitud de gente. Fue diputado en Cortes por Valencia en la última República y peleó siempre por la justicia social. Yo me crie en Valencia, pero de verdad, pisando la tierra, en la sierra de Aitana, viví el mundo rural de la mano de mi abuela y la posguerra absoluta, con una hambruna que no te quiero ni contar, como tantos y tantos españoles y españolas después de la Guerra Civil. Nací en el 44, así que esa época fue mi infancia y adolescencia. Esta historia palpita en mí, sé de lo que habla porque lo he vivido.
Parece que la vida en el campo no ha cambiado mucho y sigue siendo igual de dura.
Todavía seguimos igual. Ese mundo rural pasa por momentos muy complicados en la actualidad, no somos conscientes de lo necesario que es y cómo forma parte de lo que somos. Proporciona alimento para el cuerpo, pero también para la mente por todo el conocimiento que alberga.
Supongo que conocías La barraca desde hace tiempo, ¿cómo ha sido revisitarla ahora desde tu momento vital actual?
Muy fácil, empecé a leer la adaptación teatral de la novela que había hecho Marta, que es la primera vez que se hace, y me di cuenta de que en estos momentos está pasando exactamente lo mismo que en esta historia, la palabra sigue sin servir para nada. No es un arma, ni un elemento, ni un medio para solucionar los problemas, y eso que La barraca está escrita en 1898. Los conflictos, aunque cada vez más globales, se siguen solucionando a través de la violencia.

Asusta su vigencia, porque temas que podemos ver en los informativos cualquier día, como la subida injustificada de los alquileres, los desahucios, el abuso infantil, la necesidad de educación frente a prejuicios y para favorecer la convivencia, están en este texto.
Y la violencia de género, el racismo, el no derecho de las personas a tener una tierra en la que crecer y vivir, los desplazados… Todo, más de cien años después, bajo el mismo denominador común de la violencia. La única diferencia es que, bueno, antes nos matábamos con escopetas y ahora hay métodos más sofisticados.
Era un enorme reto llevar la novela al teatro. En base a la adaptación de Marta Torres, ¿cómo se construye en escena el universo de La barraca?
La labor de dirección implica, de muchas maneras, hacer una versión del texto con el que trabajas. Para mí, el texto real es el que llega al escenario, que es la suma de todo el proceso: el trabajo de los actores, el lenguaje de la luz y del espacio, el sonido, el movimiento… Lo que llega a mi mano es una magnífica adaptación de Marta, pero es una línea negra sobre un papel blanco. Luego tienes que hacer un viaje para que todo eso consiga ser verosímil. Y digo verosímil porque en el arte escénico la verdad no existe. La verdad sólo existe en la calle, todo lo demás es mentira. Partimos de un texto que no es verdad, porque está tamizado por quien lo escribe y ya está dentro del campo y del ámbito de la ficción; y de una adaptación de ese texto, que también es ficción. El pacto sagrado para mi es que tiene que parecer verdad, aunque no lo sea. Eso se consigue de muchas maneras, por ejemplo, con la interpretación de Antonio Hortelano, que es capaz de construir un personaje cruel como es Pimentó. Esa suma que él hace y lo valiente que es para darle vida consigue que el espectador lo perciba como alguien real. Al igual que lo consigue Daniel Albaladejo metiéndose en el papel de ese padre al que matan a un hijo y le queman la casa.
¿Vamos a viajar a ese personaje fundamental de la novela que es la huerta valenciana?
Realmente no he hecho nada costumbrista, no hay huerta como tal, está en la imaginación del espectador. Lo he situado en un conflicto de guerra en el que la gente deambula por un espacio buscando su lugar. La tierra es la gran protagonista, pero precisamente la tierra en la que no puedes vivir, de la que te echan, en la que no te dejan echar raíces, ni tu gente puede crecer.
Junto a la tierra, otros elementos naturales como el agua o el fuego atraviesan la obra.
Y así lo he tenido en cuenta y lo he trabajado. Yo viví la riada del 57 siendo una niña, estuvimos presos por el tifus y casi nos morimos allí. No había la información que hay ahora, no sabías qué estaba pasando, ni si tu padre iba a volver a casa o no. El agua es transversal en ese mundo a todo, sin ella, la tierra se muere y no tienes medio de vida. Y el fuego está presente como símbolo y como realidad. La clave, y es lo que más adoro y me fascina de mi trabajo, es tratar todos estos elementos desde la poética y la belleza, ¡hay que volar!, perdona mi entusiasmo (risas). Estamos contando la peor tragedia posible desde otro lugar porque todo lo que sucede esconde un símbolo detrás, cuenta algo más que lo que ves, algo que te llega, te conmueve y te remueve. La obra es un viaje emocional.

Desde las primeras escenas vemos que es una historia muy cruda, violenta. Blasco Ibáñez no tiene concesión ninguna, ni con la sociedad ni con los personajes.
Esa es la esencia que he querido trasladar y me parece que es mucho más brutal todavía sobre el escenario porque no puedes parar de leer cuando quieras, hacerte un café y seguir más tarde. En el teatro no apartas la mirada en ningún momento.
Como sociedad, estamos perdiendo la capacidad de lucha y resistencia que vemos en los protagonistas de la obra.
La estamos perdiendo cada vez más. Estamos viviendo un momento donde hay tanta manipulación en los medios, por parte de la clase política, en las redes… que es muy difícil saber por qué pelear y salir a la calle. Nos van dejando anémicos, nos van sacando la sangre sin que nos demos cuenta. Una manera de levantarnos es la imaginación. Imaginar lo que queremos que suceda es un primer paso para poner los medios para que pase. Es lo que a mí me permite levantarme cada día, el pensar que la energía que estoy colocando en diferentes ámbitos va construyendo lo que imagino. No pienso en lo que me van a quitar, sino lo que yo puedo conseguir.
¿Cómo nos sobreponemos a la visión tan pesimista del ser humano de esta historia?
Blasco Ibáñez centra su mirada en los perdedores, pero nosotros hemos querido resaltar al final la capacidad de estos personajes para no ceder, para volver a luchar y no rendirse. De alguna manera, es un rayo de esperanza, es un momento muy emocionante.
¿Qué aporta la utilización del coro en este montaje?
Siempre trabajo con la idea del coro detrás, porque es la energía que suma cuando hay un grupo de personas se apoyan en la bondad o la maldad y son más fuertes. Es una especie de enjambre del que va saliendo todo. Los actores van cambiando metiéndose en los distintos personajes y también representa a ese grupo de vecinos que quieren que los forasteros se vayan. Racismo puro.
Cambiando de tercio. ¿Cómo te convencen para, con todos los proyectos que tienes siempre entre manos, ser presidenta de la Academia de las Artes Escénicas?
Se convocaron unas elecciones a mitad del último mandato de la Junta anterior. Una de las candidaturas, la que estaba formando Antonio Onetti, actual presidente de la SGAE, me propuso unirme a ellos y si ganábamos ocupar el puesto de presidenta. Contra todo pronóstico ganamos y aquí estamos intentando gestionar todo el trabajo que conlleva. Ahora mismo, me está suponiendo un enorme esfuerzo.
Sé que hace muchos años hubo un intento de unificar los Premios Max con unos premios organizados por la Academia. Finalmente se constituyeron los Talía y aquello no llegó a nada. Con Antonio Onetti en la Junta actual, ¿crees que se podría retomar ese proyecto?
Es complicado. La verdad es que no tenía conocimiento de aquellas conversaciones, pero hay que tener en cuenta que los Max están muy asentados y que son unos galardones otorgados por una entidad privada como la SGAE, con unos criterios determinados. La Academia es una entidad sin ánimo de lucro y la idea de sus premios tiene que ser que todos los profesionales de las distintas disciplinas puedan optar a ellos. De todas formas, llevamos poco más de cien días al frente de la Academia y todavía estamos aterrizando. Una vez que nos hayamos puesto al día con la gestión, se hará una asamblea y se pondrá a todos los académicos al tanto de la situación en la que se encuentra la entidad y se decidirán los siguientes pasos.
Acabáis de presentar la nueva edición de los Premios Talía. Entiendo que no os ha dado tiempo para este año realizar los cambios que queríais hacer en los procesos de selección de los nominados.
No, es algo que queremos hacer porque creemos que lo adecuado es que todos los académicos puedan votar sin filtros de ningún tipo. Como en la Academia de Cine, por ejemplo. Que cualquiera se pueda presentar libremente a la categoría que considere y que hablen los votos emitidos.
Actualmente, según los datos que tengo, ¿hay unos ochocientos académicos?
Un poquito más, pero tenemos que revisarlo porque hay algunas personas que llevan años sin pagar sus cuotas y por estatutos hay un tiempo límite en el que si no pagas, dejas de ser académico.
Para ti, ¿cuáles deben ser los objetivos fundamentales de la Academia?
Tenemos que conectar con la gente real, con la gente de la calle. El arte escénico no tiene sentido si no se tiene en cuenta que es algo que sucede en el presente y es efímero. Es algo muy mágico y sin el público ese momento crucial no se puede dar, esa complicidad e intercambio de energías no se genera. Además, tenemos que tener claro que no somos un sindicato, ya tenemos a la Unión de Actores para hacer crecer la profesión y las reivindicaciones laborales. En la Academia debemos quedarnos en la parte de la creación, intentar colocar a la entidad en un nivel de excelencia. Que nos conozcan, que se establezca una admiración por nuestro trabajo. Al mismo tiempo, ocuparnos de los problemas que tenemos como profesionales y ver cómo nos podemos ayudar entre nosotros. Tomar conciencia de dónde estamos y adquirir el conocimiento suficiente como para poder ir avanzando. Somos responsables de proteger el arte escénico y para eso hay que estar unidos.