¿Quién es Daniel Cazacu y de dónde te viene el amor por las Artes Escénicas?

Siempre me resulta complejo definirme, porque soy una persona muy ecléctica, pero me considero un artista multidisciplinar que nunca se cansa de aprender y de investigar nuevas formas escénicas, en las que convivan la música, el cuerpo y la palabra. Desde bien pequeño he sido un gran lector, y eso hizo que estudiara Filología Inglesa en la Universitat de València, y he tenido una gran conexión con la música, lo cual me llevó a estudiar el grado profesional de música en el conservatorio. Así que la cultura, la música y la literatura siempre han formado parte de mí, y ese amor incondicional es el que me ha llevado a dedicarme en cuerpo y alma a las Artes Escénicas.

 

¿Cómo ha sido tu proceso de formación?

Después de estudiar en la universidad, sentí la llamada del teatro al interpretar en 2019 a Zazú en un montaje amateur con la Unión Musical de mi ciudad, Puerto de Sagunto. Entonces empecé a formarme en todo lo que podía: teatro musical, canto, baile, doblaje, formación actoral, teatro físico, clown, Técnica Alexander, Técnica Meisner, interpretación ante la cámara… Me daba tanto pánico haber empezado ‘mayor’, con apenas 23 años, que quería recuperar el tiempo perdido. En 2025 recibí una beca internacional para estudiar Teatro Musical en Broadway, Nueva York, y esa experiencia me cambió la vida.

Absolutamente todo lo que he hecho estos años me ha servido para darme una imagen holística del potencial de las Artes Escénicas y, ya más calmado y con menos F.O.M.O., me dedico a ellas profesionalmente desde otro estado mental y madurez.

 

Imagino que de todas esas personas con las que te has formado has aprendido cosas, ¿pero cuál destacarías como la más importante y quién te la enseñó?

Es complicado centrarse en algo concreto, porque soy lo que soy como artista por todo el trabajo y esfuerzo que he llevado a cabo, pero de mis años en Formación Actoral con Camí de Nora destacaría la constancia y el convertir un momento oscuro en algo artístico y bello, de Atalaya, el rigor en el trabajo escénico, y de Hongaresa el amor incondicional por la prosa y la poesía de la vida y del teatro.

 

¿Cómo llegas a trabajar con una compañía con tanto prestigio como Hongaresa Teatre?

Supongo que por serendipia. Por un lado, tengo la inmensa suerte de haber nacido en el mismo lugar de origen que Hongaresa, el Puerto de Sagunto. Paco, de hecho, siempre bromea con que el agua del Palancia, nuestro río, tiene algo especial que hace que broten muchos artistas por la zona. Por otro lado, hace 6 años Hongaresa organizó unas pruebas y recuerdo que no me iba a presentar, pero mi amiga Violeta Martín, que también es actriz y del Puerto, me insistió en que lo hiciera. Y así entré a formar parte del Primer Laboratori Escènic per a Joves, impulsado por la compañía Hongaresa Teatre con el apoyo del Casal Jove del Port de Sagunt y l’Ajuntament de Sagunt.

He participado en las cinco ediciones del Laboratorio como actor y eso, junto a mi recorrido y formación, y por mi ética de trabajo y mi constancia, supongo, ha hecho que poco a poco mi relación con Hongaresa y con Paco Zarzoso se haya hecho más profunda.

En la cuarta edición, además de actor, tuve el rol de Ayudante de Dirección y Producción, y el año pasado, durante el desarrollo de la quinta edición, fue cuando me ofrecieron el trabajo de Producción en la compañía. Desde entonces me encargo de hacer todo lo que sea necesario para que las obras de Hongaresa lleguen a buen puerto.

 

Daniel Cazacu

¿Y qué es todo lo necesario?

El trabajar en labores de producción implica múltiples tareas. Básicamente, intento coordinar todos los equipos artísticos para que todo funcione como toca. También participo de los procesos creativos de las nuevas producciones, leo los textos nuevos de la compañía e intento que todo salga adelante de la manera más fluida para todo el mundo. Además, represento el espíritu de Hongaresa Jove, la línea de trabajo de Hongaresa Teatre con jóvenes, así como de coordinarla.

 

¿Cuál es la Filosofía de Hongaresa? ¿Cuáles son los pilares sobre los que se sustenta una compañía así?

Creo que es muy importante estar en constante cambio. Reconstruirse y reconstituirse sin parar. Ese es el secreto para que una compañía como Hongaresa lleve más de 30 años en el sector. Renovarse o morir, dicen. En ese sentido, pienso que Paco y Lola han tenido muy buena intuición desde siempre, impulsando proyectos y conexiones con todo tipo de personas y lugares, y diversificando los objetivos de la compañía emprendiendo proyectos como el Teatro de la Memoria, que nos ha hecho conectar con múltiples y emotivas historias, el Festival al Crepuscle, único en el mundo, que se celebra entorno al solsticio de verano sin iluminación técnica, como hacían en la Grecia Antigua, u Hongaresa Jove, que representa el futuro de la compañía.

Otro de sus pilares es el cuidado humano y familiar: Hongaresa es una gran familia, y lo que me han inculcado desde el principio es que por encima de todo, estamos trabajando con un equipo humano al que hay que cuidar y amar, por encima de la burocracia y lo prosaico de la vida. Es crucial recordarnos que lo que estamos haciendo es un bien cultural e intangible, algo humano, y por tanto, tenemos que trabajar con humanidad y desde la humanidad.

Finalmente, otra de las claves de la compañía es ‘Soñar a lo grande’. En Hongaresa estamos todos locos, pero esa locura nos impulsa a hacer teatro.

 

Imagino que será difícil explicarlos en pocas palabras, ¿pero qué me puedes decir de Lola López, Paco Zarzoso y Lluïsa Cunillé?

La verdad es que con Lluïsa he coincidido menos porque ella vive en Barcelona pero la considero una persona muy humilde y cercana, y además con una conversación y un mundo interior muy interesantes. Se nota que Paco, Lola y Lluïsa se quieren muchísimo.

Paco Zarzoso y Lola López para mí son simplemente Paco y Lola. Son familia. De hecho, muchas veces se me olvida quiénes son, y cuando hablo con alguien de Paco lo hago con una naturalidad y familiaridad que desde fuera puede llegar a chocar. Pero para mí son referentes y amigos, además de mentores. Una de las cosas que más me gusta de ellos es que no dejan de ser humanos. Ellos siempre han vivido a su manera, como han querido, y tienen una forma muy particular de ver y vivir la vida. Aman el teatro y aman la vida. Y el vino. Y eso es algo que se contagia en la compañía. La gente que pasa por ella lo nota, y se crean conexiones muy profundas con los equipos precisamente por esto. Como curiosidad, Lola siempre cuenta unas historias fascinantes, y Paco hace una tortilla de patatas de vicio.

 

¿Estando dentro sentís el reconocimiento que el público y la profesión tiene por Hongaresa?

Yo creo que sí, y de hecho es algo que he podido comprobar este último año trabajando en producción. Cuando estás dentro, en tu burbuja de la compañía o de Puerto de Sagunto, no acabas de ser consciente del todo de la magnitud del trabajo que ha hecho Hongaresa por el teatro contemporáneo español. Pero cuando voy a otras ciudades a alguna feria de teatro, o como producción en gira, o conozco a gente de todas partes del mundo que tienen una conexión con Hongaresa , y veo todo el amor que les tienen a Paco y a Lola, me emociona poder ser parte de toda esa red de cariño.

 

¿Qué beneficios o hándicaps tiene hacer teatro desde un lugar como Sagunto? Cerca de una gran ciudad, pero lejos de los circuitos teatrales más importantes como son Madrid y Barcelona.

Considero que una de las cosas más importantes que ha hecho Hongaresa ha sido precisamente mantenerse firme y fiel a sus raíces. Se puede hacer y existe el teatro más allá de Madrid y Barcelona, y es un teatro de calidad. Tenemos una idiosincrasia y una forma de ser y crear muy particulares y, al final, estar en contacto con la esencia de quién eres y de dónde vienes te coloca en un sitio y te permite unas libertades creativas que puede que en otros sitios no haya. Estar en una gran ciudad en contacto con tanta gente te obliga a seguir unos tiempos diferentes a los que vivimos en nuestro pequeño paraíso teatral. Nosotros hacemos las cosas a nuestro ritmo que, aunque parezca que no, también puede llegar a ser frenético. También tenemos la suerte de tener una localidad que nos apoya en nuestros proyectos y que apuesta por nuestro sello de calidad, y eso se nota.

 

¿Y qué es el Laboratorio Escénico para jóvenes de Hongaresa? ¿Cuál es la idea con la que surgió?

Es uno de los proyectos pedagógicos impulsados por Hongaresa, pero que por su éxito se ha acabado consolidando como uno de los pilares fundamentales de creación de la actual compañía.

La idea surgió como un taller escénico para jóvenes. De hecho, el primer año consistía en el montaje y producción de El viejo (2021), una obra de Paco Zarzoso escrita para 12 jóvenes intérpretes. Pero durante el proceso de montaje, nos dimos cuenta de que había una necesidad muy grande por parte de los jóvenes de expresar nuestras inquietudes en el texto. Así, el texto de El viejo se expandió y agrandó con cada ensayo y estaba vivo.

De este modo se propuso que el segundo laboratorio incluyera una parte de escritura y creación colectiva. Y así nació El tiempo arrebatado (2022), una obra que nos dio grandes alegrías y que a día de hoy recordamos con un inmenso cariño. Después escribimos Paraíso Baldío (2023), La fábrica (2024) y, finalmente, Ojalá (2025), que podréis disfrutar en el Teatro Lagrada este mes de mayo.

 

Ya vais por la V edición. ¿Qué conclusiones podéis sacar de las ediciones anteriores? No sé si las obras creadas aquí han tenido continuidad o los elencos surgidos siguen su propio camino por las Artes Escénicas…

Creo que lo más importante es la conciencia de la importancia de tener un ‘mecenas’ cultural para la gente joven, llámese Zarzoso u Hongaresa. Que nos hayamos podido nutrir con Paco desde tan jóvenes y haber aprendido tantas cosas de él y de la compañía es algo que te cambia la vida como actor y dramaturgo, sin duda. Son muchas las herramientas que nos llevamos desde el punto de vista de la dramaturgia, porque llevamos años escribiendo textos bajo las directrices de Paco, aprendiendo este oficio artesanal, y ahora somos mejores dramaturgos que cuando empezamos. Creo que es un modelo que merece la pena replicar en otros sitios.

También veo que las nuevas generaciones tenemos mucho que decir, mucho que contar, y que estamos dispuestas a levantar la voz, y además con calidad. Somos el futuro de la profesión teatral, y empezamos ha ser el presente. Ya estamos aquí.

Con respecto a la continuidad, El tiempo arrebatado sí que giró durante una temporada gracias al apoyo de Escalante Centre Teatral, y se pudo representar incluso en Valencia capital. Y con respecto al elenco, algunas personas que participaron en los primeros laboratorios han tomado su propio camino, dentro y fuera del mundo teatral, pero los seis jóvenes que hemos participado de la mayoría de laboratorios hemos conformado, con el apoyo de Hongaresa Teatre, la marca de Hongaresa Jove, la agrupación de la cantera de jóvenes actores que hemos salido del Laboratorio. Estamos muy contentos y poder venir a Madrid con una de nuestras obras es un regalo increíble para nosotras.

 

Como ya has mencionado, de este laboratorio surge una obra como Ojalá, que es con la que ahora llegáis a Madrid. ¿De dónde nace un texto como este?

Creo que teníamos una gran necesidad de hablar sobre las preocupaciones y los miedos de nuestra generación. Tenemos mucho de lo que hablar, y puede que haya sido uno de los textos que más costó de parir. El proceso de creación siempre es muy divertido, aunque puede llegar a ser estresante, y así como otros años teníamos muy claro el texto al poco de empezar, con Ojalá hubo que esforzarse un poco más para que todo tuviera una coherencia.

Una de las partes más difíciles, y algo en lo que Paco siempre nos insiste, es en la necesidad de saber recortar y quitar. Ese es uno de los grandes secretos de la dramaturgia, según dice. Pero al final, todo acaba cuadrando y se hace la magia. Finalmente ha salido algo maravilloso que además conecta muy bien con públicos de todas las edades, aunque sea un texto escrito por jóvenes para jóvenes.

 

Todo el elenco de Ojalá

La obra está dirigida por Paco Zarzoso, de quien ya hemos hablado. ¿Pero cómo ha sido su trabajo como director? ¿En dónde os ha hecho buscar para meteros en vuestros personajes?

La verdad es que trabajar con Paco siempre es un lujo. En persona es muy cercana, pero es que, además, es un genio del teatro, y no lo digo porque me pague el sueldo (risas). Siempre tiene una visión tan concreta y apasionada que es imposible no dejarse llevar por sus direcciones, que suelen tomar rumbos insospechados.

Los ensayos siempre son la mejor parte del proceso, y además es un director que se apunta a todo: si el actor propone, Paco entra en el juego, y viceversa, y de esa forma surgen momentos escénicos incomparables. Además, él siempre nos dice que seamos generosos con la luz a la hora de interpretar, pero también con la oscuridad, y esa es una de las claves que le dan tanta verdad a las interpretaciones, que todos los personajes están creados desde el yo, sin imposiciones y sin impostaciones. Es una forma de trabajo muy natural y cómoda para los intérpretes.

 

¿Cómo es la puesta en escena que habéis elaborado?

En los últimos dos laboratorios colaboramos con los alumnos de último año de la asignatura de Práctica Escenográfica Contemporánea de la Facultad de Bellas Artes de la Universitat Politècnica de València, coordinada por la profesora Martina Botella. El alumnado se encargaba de diseñar y confeccionar vestuario y espacio escénico, a partir de diversas propuestas que nos hicieron y de las direcciones ofrecidas por parte de la compañía. Así que el espacio escénico de Ojalá fue diseñado por José Antonio Ortiz Miguel, uno de los alumnos, con un gran talento, por cierto, que supo captar la esencia de lo que queríamos contar, haciendo que la escenografía estuviera al servicio de la historia. Así, absolutamente todo, intérpretes, vestuario, escenografía, texto, coreografías, surgen de las mentes de la gente joven.

Las luces son fruto del trabajo incomparable de Carlos Hinojosas, y el espacio sonoro del gran Borja Ribes, que nos acompaña en los bolos de Ojalá y que acaba interpretando incluso a un personaje peculiar desde la cabina. Todos los elementos en escena trabajan juntos para entretejer y dar forma a la obra, y engrandecer el texto y las interpretaciones de los actores.

 

Ojalá habla sobre la salud mental. ¿Había varios temas sobre la mesa y salió este o tuvisteis claro desde el primer momento que era el tema sobre el que habría que hablar?

Cada año, el Laboratorio ha girado en torno a un tema central relacionado con la juventud: el pasado, la naturaleza, el trabajo… Este año el tema principal era juventud y salud mental, y era algo que teníamos claro porque es un tema que realmente nos preocupaba, pero es verdad que es un concepto ‘paraguas’ bastante amplio, así que hicimos una primera lluvia de ideas para entender por dónde teníamos que explorarlo.

De hecho, uno de los temas más importantes para nosotros era hablar sobre la locura, pero no exclusivamente como algo negativo y oscuro, sino como algo también luminoso y esperanzador: la locura creativa que te lanza a un proyecto y que hace que hagas lo imposible por llevarlo a cabo, por ejemplo.

 

Y además de ese tema principal, ¿cuáles son esas otras tormentas interiores que azotan a vuestra generación y que se van desgranando en las distintas escenas que componen la obra?

La obra empieza en un sótano, en el punto más oscuro de un grupo de amigos que no sabe seguir adelante y que decide abandonar un proyecto común. Con una escalera de esperanza, consiguen vislumbrar una luz, y creo que es un patrón que se repite durante la obra: los altibajos, los contrastes y claroscuros de la vida. Y es interesante ver cómo todos los temas que nos preocupaban han encontrado su sitio: la dismorfia corporal la búsqueda de pareja, no poder llegar a fin de mes, tener o no tener hijos, la soledad, los discursos de odio… Pero siempre encontrando la esperanza en la desesperanza.

 

¿Cómo es vivir de las Artes Escénicas o de la música en este país?

¿Sinceramente? Complicado. Los datos hablan por sí solos. Hay un porcentaje muy reducido de profesionales del sector artístico que se pueden dedicar exclusivamente a esto. Yo tengo la suerte de ser uno de ellos, pero ni siquiera me dedico exclusivamente a pisar los escenarios. Los artistas nos pasamos la vida haciendo malabares compaginando como podemos distintos trabajos para poder tener un sueldo digno. Pero eso es algo que a la vez nos hace extremadamente resilientes, aunque no lo romantizo, todavía hay que luchar mucho por dignificar esta profesión. Creo que el amor por el arte es lo único que hace que nos merezca la pena.

 

¿Es la precariedad una de las causas principales de la ansiedad en los jóvenes?

Desde luego. Los jóvenes lo tenemos realmente mal hoy en día. Se habla mucho del tema, tanto que considero que se está desvirtuando y perdiendo el sentido, pero es que estamos realmente jodidos, a nivel social, cultural, económico, laboral… Estamos jugando a un juego cuyas normas no hemos inventado, y lo estamos haciendo de la mejor manera que podemos y nos dejan, pero aun así muchas veces parece que no es suficiente. Se nos juzga mucho y se nos tilda de ‘generación de cristal’ o de que estamos muy pendientes de la salud mental y de la propiocepción. Pero ser frágil o emocional no debería verse como algo negativo. Es humano. Ser conscientes de nuestra fragilidad nos hace más fuertes.

 

¿Este mundo asfixia?

Desgraciadamente, sí. Y puede que cada vez más. Byung-Chul Han en El espíritu de la esperanza dice que vivimos en tiempos terribles, porque nos hemos convertido en nuestro propio ‘Gran Hermano’. Los autores distópicos del siglo XX imaginaban regímenes totalitarios y dictatoriales que controlaban a las masas, pero lo más aterrador es que con la aparición de las pantallas, la individualización de la sociedad, el turbocapitalismo y la aparición de las inteligencias artificiales, cada uno ya se encarga de meterse presión, de juzgarse y de ser su propio verdugo. Pero, afortunadamente, todavía hay esperanza. Todavía hay personas dispuestas a levantar la mirada de la pantalla. A conectar con el otro. A respirar al mismo tiempo que otro corazón.

 

¿Y dónde habita la esperanza en Ojalá?

En la juventud. En su mensaje. En el hecho de que seis personas jóvenes hayan creado un texto que empezó en sus cabezas y ahora llega a Madrid por primera vez.

 

¿Levantar una obra de teatro sólo se puede hacer gracias a la pasión y al compromiso?

Diría que ambas son igualmente importantes, pero no es lo único que levanta una obra de teatro. Hay una frase de mi personaje en la primera escena de la obra que dice: “¿De qué sirve la pasión si no tenéis compromiso?”. Pero creo que también es importante preguntarse: “¿De qué sirve el compromiso si no tenemos pasión?”. Querer algo con fuerza no es suficiente estamos dispuestas a luchar por ello, pero esforzarse en algo que no queremos o que no nos gusta es un sinsentido vital.

Ser actor, como ser cualquier otra cosa en la vida, requiere de un compromiso con uno mismo, con lo que se es y con lo que se cree. Es un contrato que tiene que estar en constante revisión. Si una de las dos cosas falla, perdemos el alma, el corazón y el rumbo.

Pero además, para levantar una obra, también es necesario darse la mano y pedir ayuda. La pasión y el compromiso son importantes para uno mismo, pero para levantar una obra de teatro hace falta que todo el equipo reme con decisión y amor. Y no me refiero solo a los actores y el director, sino toda la gente que está detrás del escenario y que muchas veces no vemos. En este sentido, Hongaresa brilla por su equipo humano: Blanca Martínez, Lydia García, Marcos Sproston, Pep Ricart, Àngel Fígols, Enric Juezas, Mingo Albir, Carlos Hinojosas, Borja Ribes, Adame, Inma fuentes, Jesús Salvador… Son muchos los profesionales que hacen que las obras salgan adelante y que conforman el alma de la compañía, y sin ellos no sería posible levantar una obra.

 

 

En otra de tus facetas eres vocalista de la Orquesta Wizard. ¿El escenario es tu hábitat natural?

Hoy por hoy puedo decir que sí, y es algo de lo que realmente me siento orgulloso. Cuando decidí apostar hace 7 años por esta carrera profesional, sentí miedo, creo que como todos. Pero he trabajado mucho y he sido muy constante, y cuando tomo una decisión voy con ella hasta el final. Así que hoy en día me dedico de forma plena al escenario, en todas sus facetas, y es algo que me hace realmente feliz. Estoy casado con el escenario, y no lo cambiaría por nada.

 

No te voy a pedir que elijas entre cantar o interpretar un texto, ¿pero puedes describirme las emociones que te sacuden haciendo una cosa y la otra?

Siempre digo que cantar es mi esencia más básica, donde más a gusto y cómodo me siento. Así que supongo que cuando canto, soy. Pero cuando actúo, entiendo quién soy.

 

¿Si te pidiera una canción que cantar ahora mismo cuál sería?

C’est la vie, de Claude. Tiene un mensaje con el que conecto mucho últimamente, y creo que también lo hace con Ojalá, la vida son altibajos, una montaña rusa, pero yo cantaré hasta el final.

 

¿Y un personaje soñado de una obra de teatro que interpretar?

Siempre he soñado con interpretar algún papel en algún musical en Gran Vía. Beetlejuice, Bert en Mary Poppins, o el Rey Hérodes en Jesucristo Superstar serían papelones para mí. En teatro textual, me encantaría enfrentarme a algún reto interpretativo a lo Cynthia Erivo con Drácula en Londres. Hacer un Hamlet yo solo en escena por ejemplo me parecería una pasada.

 

Amados sean los locos cuerdos, decís en el dossier que presenta la obra. ¿Daniel Cazacu es uno de ellos?

Puedo afirmar que sí. Hay que estar muy loco para embarcarse en este mundo laboral del teatro y las artes, pero siento un amor infinito por el escenario y eso es lo que impulsa mi locura.

 

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