Llevo siendo madre apenas cuatro años. Esto significa que la mayor parte de mi vida adulta he sido una mujer sin hijos, y, por tanto, sigo teniendo muy presente cómo era la vida cuando aún no cuidaba de unos pequeños seres humanos. Y por eso creo que hay que empezar a decirlo en voz alta: la cultura me ha engañado.
El arte no solo es reflejo de la experiencia humana: también es preparación para la misma. Gracias al arte, nos entendemos mejor, nos preparamos para lo que vamos a vivir y nos sentimos menos solos. Sin embargo, desde que llegué a la maternidad solo encuentro sucesos de los que prácticamente no sabía nada.
A mí la cultura no me preparó para los abortos involuntarios, los voluntarios, los intentos por fecundación in vitro, la muerte perinatal, las cesáreas, los partos vaginales, la lactancia con sus grietas en los pezones, amamantar con sangre, o la pérdida de la propia lactancia… Tampoco me preparó para las rabietas, los problemas de sueño y de alimentación o las peleas entre hermanos, la circularidad infinita, sisifesca, de las tareas de crianza, la limpieza que nunca deja nada limpio, el comerte las sobras del plato de tu hijo, la relación con las heces y la orina. Y lo que es peor, nadie se ha encargado de narrar, o al menos nadie ha decidido que era digno de entrar en el canon, el dolor que producen esas amigas con las que te ibas de copas y ahora piensan que tus bebés son un incordio, o el desconcierto que provoca reconocer que tus hijos detonan en ti tu parte oscura, y la soledad, la incomprensión social, la mala baba de los señores metomentodo y las señoras que sí saben lo que hay que hacer.
De la misma manera, permanece invisible para la cultura la anagnórisis brutal de la matrescencia, que te hace comprender lo que antes no entendías de ti, de los demás, de la historia, del mundo. No es mística: es el descubrimiento neurológico de que el embarazo reduce la materia gris del cerebro, lo que acelera tu capacidad de razonamiento, optimiza tus gestos, anticipa accidentes, desarrolla reflejos y te permite mirar todo con una profundidad estremecedora. La crianza te une a todas las madres que ya fueron: las cazadoras-recolectoras, las griegas, las romanas, las babilonias, las egipcias, las medievales, tus bisabuelas. Cuidar te convierte en ‘MaterWoman’. De eso nadie ha hablado.
El patriarcado ubica todos los contenidos sobre la maternidad en un lugar marginal, secundario y cómico. Por eso la crianza ha encontrado su lugar en las redes: hay miles de creadores de contenido sobre embarazo, crianza, lactancia, adopción, monomarentalidad o donación de gametos, que acumulan miles de seguidores, y que vienen a dar voz al histórico silencio sobre la reproducción humana en la novela, la poesía, el teatro, la pintura, la escultura… Es muy intuitivo identificarse como madre con cualquiera de estos ‘influencers’ de la fertilidad y crianza, porque hablan de la realidad que tú ya estás viviendo.
Sin embargo, la cultura me ha engañado. Me ha contado que los niños eran un chiste, o un engorro, o un suplicio. Las madres eran poco ambiciosas, poco cultas, poco capaces, o sencillamente responsables de todo lo malo que a uno le pasa como adulto. Parece que los niños no son cuidados. Lo importante es tener éxito, enamorarse y follar mucho con quien tú desees.
La revolución cultural que necesitamos como sociedad es la sublimación artística de la reproducción de nuestra especie. Quizá usted no tenga hijos, pero créame, es imposible que me esté leyendo hoy si hace muchos años, alguien no le hubiera quitado la caca del culo a diario. ¿No le parece prodigioso?