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Sobre la memoria y el encierro

  • abril 8, 2026
Por Sergio Díaz

"Aún tenemos mucho margen de mejora en temas de dependencia"

Luis Bartolomé Herrero es el director de Catarsis Teatro, una compañía teatral segoviana. En abril llegan a Bululú 2120 para mostrarnos La infancia perpetua, un texto suyo, dirigido por Quike Sánchez e interpretado por Cristina San Juan y Alberto Sombría.

Se trata de un thriller poético sobre la memoria y el encierro. Y es que crecer es imposible cuando el pasado no se marcha…

El propio Luis nos habla de esta obra y de su trayectoria como dramaturgo y director de una compañía teatral nacida en la meseta castellana.

 

 

Foto de portada: Imagen de La infancia perpetua

Luis, eres dramaturgo, filólogo, profesor de Literatura y Representación teatral. Entiendo que las letras y el teatro te han acompañado toda la vida, ¿no?

Sí, he tenido la suerte de vivir en un entorno que siempre ha fomentado la formación. Cuando éramos pequeños, en mi familia compraron una enciclopedia a plazos, que traía una colección de clásicos universales. Esas obras fueron un referente para mí. Después, estudiar Filología Hispánica y no otro tipo de estudios universitarios, sin querer desprestigiar otras opciones, al contrario, supuso comprender que sin teoría literaria solo habría una interpretación acrítica, una visión anestesiada de la realidad. Entiendo mejor el mundo, si llego a comprenderlo, a través de la Literatura.

 

¿Y en qué momento decides lanzarte a escribir obras de teatro?

La primera vez que intenté escribir una obra de teatro tendría quince años. Terrible. Después me dediqué más al relato y a la poesía, pero el teatro ha sido el lugar donde más cómodo me he encontrado. De hecho, me he dado cuenta hace poco de que mi narrativa tenía mucho de teatral en sí misma. Estudié en Seattle, en un laboratorio de dramaturgia, y me ayudó a comprender que lo único que me faltaba para escribir teatro era escribirlo. El aprendizaje en los laboratorios me gustó mucho y desde ese acercamiento, tuve la oportunidad de estar en el William Layton de Madrid, con José Ramón Fernández, y en otros cursos de creación con Sanchis Sinisterra. Sí es cierto que escribí una obra de teatro a ocho manos durante la universidad, La leyenda del dragón Meón, y supongo que habría sido aliciente necesario para seguir creando, pero también es cierto que la formación me ha llevado mucho tiempo. Hubo un sesgo de inseguridad amplio cuando acabé mis estudios. Tenía la sensación de que no podría dedicarme a la creación, por lo que me centré en la educación y la edición.

 

¿Cuándo sabes que lo que has escrito es bueno como para mostrarlo a los demás? ¿De qué depende eso? ¿Es simplemente creer en uno mismo o se necesita una validación externa?

No sé si alguna vez he estado convencido de haber escrito algo bueno, la verdad. La validación externa es fundamental. Hasta que no obtuve el Premio Hispanoamericano de Dramaturgia para las Nuevas Infancias no me atreví a llamarme dramaturgo. Ahí es cuando empecé a formar parte de asociaciones de escritores como la AAT o la SGAE. Muestro lo que escribo con más miedo que vergüenza; por eso, que Irrecuperables Ediciones quisiera publicar mis obras supuso un gran espaldarazo, y eso que es el séptimo libro que me publican. Normalmente sigo un proceso similar: escribo un texto, lo corrijo, lo edito, lo dejo reposar, lo vuelvo a editar y después de eso se lo mando a un grupo de amigos… pobres. Recibo sus críticas y después de eso lo vuelvo a modificar. Las obras que Catarsis ha estrenado, en general, han sufrido muchos cambios. De hecho, con La infancia perpetua llegamos a tener hasta diez versiones, gracias a las amables lecturas de la compañía. Supongo que poder contar con ellos me anima a seguir creando.

 

Eres director de la compañía Catarsis Teatro. ¿En qué momento decides montar una compañía propia?

No fue una decisión meditada, desde luego, y mucho menos vocacional. Teníamos un grupo de teatro universitario. Estaba formado por los estudiantes segovianos que íbamos a Madrid en autobús, dentro de la desaparecida y añorada Asociación Horizonte Cultural. Al terminar las carreras, cuatro amigos decidimos continuar y creamos La leyenda del dragón Meón. Como era necesario establecernos legalmente, hablamos con Catarsis y poco a poco acabé dirigiendo la compañía. Nunca tuve en mente crear una compañía y llevar nuestras obras fuera de Segovia. Es una pequeña compañía independiente que se ha ido moviendo con libertad a través del tiempo. Todas las personas que han formado parte de la compañía, en estos más de veinte años, han ido dejando su impronta y solo gracias a ellos hemos podido embarcarnos en festivales, giras y en el reto de conquistar la cartelera madrileña.

 

Luis Bartolomé Herrero

¿Quiénes formáis parte de ella y qué tipo de teatro os interesa llevar a cabo?

La historia de Catarsis es un laberinto. Nos dejamos fluir ante las adversidades y buscamos avanzar a pesar de los mil errores que podamos cometer. Somos un grupo de Segovia y esa es nuestra forma de ser y de hacer. Hacemos un tipo de teatro que no complazca, que no deje indiferente, que no solo entretenga. En ningún momento nos hemos querido adherir al pensamiento de que en los pueblos solo quieren ver a Arniches o a Lorca. Al contrario, hemos querido hacer un tipo de teatro que acerque a la juventud a los actos que se organizan en su pueblo. Intentamos no tratar con condescendencia a nuestro público, sin infantilizarlos. Al contrario, Catarsis ha partido de la base de que si se puede hacer en un pueblo, se puede hacer en la capital, no al contrario.

 

Sois una compañía de Segovia. ¿Uno de los objetivos que tenéis es llevar cultura a rincones olvidados, a esa España vaciada?

Es importante poder volver a algún sitio. La idea de volver es recurrente y siempre es necesaria. La España vaciada es el sitio que tenemos para volver y está desapareciendo. Es el lugar que habitaron nuestras familias, es nuestro pasado; nosotros nos hemos forjado ahí, pero en general pocas personas de mi generación han vivido ya en los pueblos. Vivimos en una época de centralismo y en las zonas rurales el silencio lo inunda todo. Segovia cada vez más es una ciudad dormitorio de Madrid, un parque de atracciones para los turistas, un páramo en invierno, un lugar de reposo en verano. Yo mismo soy uno de los miles de segovianos que se tiene que trasladar a Madrid todos los días. Para nosotros es un orgullo que instituciones como la Diputación de Segovia se preocupen por los pueblos y centren sus esfuerzos en mantenerlos con vida. Siempre que logramos una contratación en un pueblo segoviano, sentimos una gran responsabilidad al aportar nuestro granito de arena.

 

La gente que vive en los pueblos también paga sus impuestos, pero apenas tienen servicios: les quitan los médicos, los lugares de reunión, las actividades culturales… ¿No es una forma terrible de ir dejando morir a estos lugares?

Es sangrante. El éxodo rural siempre ha sido una máxima en la historia de la humanidad, pero ahora mismo lo que está pasando es otra cosa. La gran diferencia es que ahora el concepto ‘vaciado’ es casi literal. Hay lugares a los que ya no se puede volver, porque no existen. Están desapareciendo y con ellos una cultura, nuestra propia idiosincrasia. Yo tengo la sensación de estar perdiendo el ADN. No sé si me toca a mí hablar de la falta de servicios básicos en las zonas rurales, pero desde luego siento que hay una gran cantidad de factores que hacen de este mundo un lugar peor. Si se cierra una escuela o un centro médico el mundo empeora. Pero cómo no se van a cerrar, si no hay niños, si lo están vaciando. ¿Cómo van a dedicarse recursos a centros culturales o salas de teatro si no hay ni agua potable? En 2022 había 69 municipios con agua contaminada en Castilla y León. Nosotros, desde Catarsis, sabemos que en la mayoría de los pueblos solo hay una obra de teatro al año; esa es nuestra responsabilidad, saber que el único acercamiento a las nuevas estéticas llega a través de los grupos de teatro de base de la provincia, que el acceso al teatro está restringido. Claro que si hay pueblos sin agua potable, ¿cómo nos vamos a preocupar por el teatro?

 

¿Y cómo es hacer teatro fuera de una gran ciudad? Entiendo que tendrá sus cosas buenas y malas, ¿no?

Lo extraño para nosotros es hacer teatro en las grandes ciudades. Desde nuestros orígenes, hemos actuado en frontones, eras, bares, plazas… Somos mesetarios. No nos asusta el dónde, nos asusta más el cómo, pero sobre todo el por qué. Ojalá pudiéramos disponer de centros culturales o salas de teatro fuera de Madrid. Nuestro teatro está diseñado para estos lugares; los espectáculos están adaptados para poder realizarse ante cualquier circunstancia. Por eso podemos estrenar nuestras obras en el teatro Juan Bravo de Segovia y actuar en salas independientes como Bululú, porque hemos aprendido a adaptarnos.

 

¿Y es fácil acceder a los circuitos teatrales de Madrid? ¿Es fácil encontrar espacios que os programen de forma regular?

Madrid es muy complicado. No solo por conseguir llegar, sino por conseguir llenar. Nosotros actuamos frente a quinientas personas en el castillo de Turégano en 2024, cuando se cumplían veinte años del estreno de la obra. En Madrid ocupamos salas que no superan las cien butacas. La oferta cultural de Madrid es inmensa, por eso nos gusta venir aquí, porque formar parte de esta cartelera nos hace pensar que vamos en la dirección correcta, que lo que mostramos a nuestro público segoviano está cerca de las estéticas actuales. Las salas independientes madrileñas son oasis culturales y experimentales que sobreviven con un tipo de teatro único. Es el germen y por lo tanto el verdadero origen del teatro nacional. Por eso hay que mimar estos espacios. Nosotros nos sabemos afortunados de poder estar en la sala Plot Point con La leyenda del dragón Meón y en Bululú 2120 con La infancia perpetua. Supongo que algún día podremos actuar frente a quinientas personas en Madrid, como nos ha pasado en Segovia. Al igual que espero que algún día haya salas alternativas en todas las ciudades.

 

Háblame de Cerrojos de tierra. ¿Cómo nació este proyecto?

Yo me he dedicado muchos años a la edición y creo que donde otros ven un problema yo veo un robusto eje intelectual. En España se publican más de 70.000 libros al año. Efectivamente, está saturado, pero eso no quiere decir que se permita que haya conocimientos que se pierdan. Al final, hayan gustado más o menos, las tres obras de teatro que contiene Cerrojos de tierra se estrenaron en el teatro Juan Bravo de Segovia y han formado parte del acervo cultural de una zona de este país. Por eso me gustan tanto los proyectos como Irrecuperables, que es una editorial sin ánimo de lucro que se encarga de dar a conocer y rescatar obras que obtuvieron reconocimiento y que ahora mismo han caído en el olvido. Sus editores supieron ver la importancia de la publicación de las tres obras. Dejar negro sobre blanco el teatro es hacerlo eterno, es el milagro de los libros. Debemos huir de quienes creen que hay textos que no se deben editar o que hay demasiados libros, porque lo que procuran es el silencio intelectual, para evitar oír aquello que les pueda incomodar.

 

¿A qué hace alusión el nombre del libro?

Al espacio. Las tres obras de teatro que componen este libro no se crearon como una saga, no forman parte unas de otras, no tienen un hilo conductor. Al principio pensaba que lo único que compartían era que se estrenaron en el teatro Juan Bravo de Segovia con la compañía Catarsis. Al analizarlas, observé que el espacio es el eje común de las tres obras. Los personajes pueden abandonar el lugar en cualquier momento, pero no se van, no salen del desván, de la casa o del bar. José Ramón Fernández, en el prólogo tan generoso, dijo: “Por algún lado de esta obra asoma aquel inolvidable Ángel exterminador”. Un cerrojo es un elemento que impide la entrada o la salida, un cerrojo de tierra no existe, es un obstáculo falso que puede alterarse en cualquier momento.

 

Ahora llegáis a Bululú 2120 para representar una de esas tres obras que forman parte del libro: La infancia perpetua. ¿De dónde te nació un texto así?

Surge de un curso con Sanchis Sinisterra y de horas de trabajo con Catarsis. El pulso creativo de Sinisterra arrasa y actúa como una musa. Durante una de sus clases, nos propuso crear un texto donde un personaje A llevara mucho tiempo sin ver al personaje B y ambos estén esperando a un personaje C. Después del primer borrador, se lo entregué a dos de los actores de Catarsis y les gustó la idea. A partir de ahí, comenzamos, junto con el director, reuniones quincenales y tras diez borradores logramos la versión final. Los hijos de Alberto Sombría, el actor, estuvieron presentes y nos ayudaron con varios matices de la obra. Algunos alumnos de Literatura y Representación teatral, profesoras, amigos y compañeros la leyeron. Sin duda, La infancia perpetua es la obra que he escrito que más versiones ha tenido, gracias a la opinión de todos ellos. Por eso me alegra tanto saber que va a estar en abril en la sala Bululú de Madrid. Creo que este solo es el principio de una gira muy bonita.

 

¿Cuáles son los temas fundamentales que aborda?

En algún momento he llegado a pensar que las tres obras de Cerrojos de tierra hablan sobre la culpa. Tino es un personaje que tiene discapacidad en situación de dependencia moderada. Ante la enfermedad del padre, se produce una inversión de cuidados. Mayte vuelve de México para hacerse cargo de la situación y el padre desaparece. La última vez que lo vieron estaba en la sierra. Tanto Tino como Mayte sienten el peso de la culpa de esta desaparición.

Se mezclan muchos temas en la obra, ya que no solo se habla de dependencia; también se habla de cuidado, de eutanasia, de la herencia, de educación… ¿Cómo es posible defender el derecho a morir dignamente y, sin embargo, no atreverse a firmar un testamento vital? ¿Esperar la muerte de alguien es un acto de compasión o una forma de culpa? ¿Qué ocurre cuando un padre educa a sus hijos a través del juego, la fantasía o el disfraz: es libertad o es una forma de manipulación afectiva? ¿Puede una infancia creativa y feliz en apariencia convertirse, con el tiempo, en una jaula emocional?

 

Le diste el texto a Quike Sánchez, el director del montaje, para que trabajase en él libremente. ¿Es fácil desprenderse de un texto propio para que otro lo moldee a su manera?

Para nada. Catarsis ha estrenado muchas obras y hemos ido rotando en la dirección. La cicatriz del cordel la dirigí yo, y cuando terminé estrenamos Pasaremos sin nombres a la historia que la dirigió David Gregoris, también de Catarsis. Creo que lo más sano para la compañía y para los espectáculos son los pasos que he dado hacia atrás. Poco a poco me he ido alejando y creo que eso le sienta muy bien a las obras. Las múltiples lecturas del texto son un aliciente. Al final, creo que el teatro es un acto colectivo y eso debe plasmarse desde el origen de la creación artística.

 

¿Y has estado de acuerdo en todas las soluciones que ha aplicado para sacar adelante la obra?

Por supuesto. Es su visión y me parece muy acertada. El director descubre en el texto aspectos que no conozco, elementos que los actores no perciben, matices únicos que lo enriquecen. Creo que el resultado es bello, es entretenido, es mordaz. Los espectadores han salido haciéndose las preguntas que yo mismo me he planteado con la obra.

 

¿Qué me puedes decir de los intérpretes, Cristina San Juan y Alberto Sombría? ¿Son los Mayte y Tino que habías imaginado?

Son mucho mejores. Han tratado a los personajes con un mimo y una dedicación admirable. Tino es el dueño del desván, pero se mueve como un autómata; Mayte es una invitada en su casa, pero se va adueñando del espacio. Tuvimos la suerte de contar con Sergio Martínez Vila para trabajar el movimiento de los personajes, sus intenciones, sus motivaciones. Alberto y Cristina han conseguido que el público vea a Mayte y a Tino, que los entienda, que comparta sus inquietudes, sus miedos. Es una suerte poder contar con ellos para la obra.

 

La obra se estrenó el pasado noviembre en Segovia. ¿Qué os ha comentado el público en las distintas representaciones que habéis hecho de ella?

Las críticas están siendo muy buenas. Hemos podido hacer la obra varias veces en Segovia y ha habido público que ha repetido porque les gustó. El estreno en el Juan Bravo es una suerte inmensa, porque nos permite crear una obra a lo grande. Una vez más tenemos que dar las gracias a la Diputación de Segovia que nos presta el teatro para nuestros estrenos. El público segoviano nos conoce, llena todas las butacas para vernos. Es nuestra casa. Y cuando ha habido obras que no han gustado tanto, nos lo han dicho. Los castellanos somos sinceros, desde luego.

 

¿Cómo condiciona nuestra vida las obligaciones familiares?

Creo que aún hay mucho que mejorar en temas de conciliación. Por eso me aterra tanto ver lo que pasa en otros lugares donde se están perdiendo derechos laborales. Tino y Mayte pertenecen a una clase social alta, tienen mucho dinero. Aun así, no son capaces de organizarse. Si además se añade el problema económico… No sabría ni cómo plantearlo en la ficción. ¿Qué puede haber más importante que la familia? Aún tenemos mucho margen de mejora en cuestiones de dependencia.

 

 

¿Y es fácil romper con las ataduras y el pasado?

Es imposible. Al menos yo no sé cómo hacerlo. El pasado de una sociedad siempre pesa sobre ella, así que el pasado de una persona, de igual manera. Tino vive anestesiado en una burbuja y la desaparición del padre le afecta en la medida del cambio en sus rutinas. Ninguno de los dos avanza sin resolver todas las preguntas que les presenta su pasado.

 

¿A qué se siente atado Luis Bartolomé Herrero?

A las consecuencias del capitalismo. No sé si existe otro sistema que nos permita mejorar como sociedad. Tampoco soy experto en eso. Me siento atado a la ambigüedad y a las dudas sobre todo lo que se nos viene encima: guerras, cambio climático, pobreza… Tal vez por eso escribo, porque hay tanto que no sé resolver, que solo plasmándolas siento que puedo hacer algo.

 

También estáis representando en Madrid la obra de teatro familiar, La leyenda del dragón Meón, que ya has mencionado. Háblame un poco de ella. ¿Qué es lo que habéis querido reflejar en el texto?

El teatro para la infancia fue el origen de todo. Vivir en Segovia tiene sus ventajas y crecer admirando Titirimundi te lleva a entender el teatro de otra manera. No hemos tenido límites. Por eso, cuando nos propusieron actuar en el castillo de Turégano en 2004 no nos resultó raro querer sacar un dragón por una ventana. Una locura, sí, pero raro, no. Digamos que esa decisión nos llevó a asumir riesgos que de otra manera no habríamos tomado.

El texto sigue la estructura del monomito, el viaje del héroe tradicional. Lo único que en este caso son tres héroes: un soldado, una molinera y un bufón. Van en busca de un dragón para recuperar el castillo y durante el camino se forja la amistad. Gracias al viaje se plantean preguntas como cuáles son las maneras más inteligentes de enfrentarse al riesgo o hasta qué punto se pueden asumir las órdenes sin cuestionar sus consecuencias. Es un texto que bebe de las fuentes clásicas de la literatura española: Don Quijote, Lázaro de Tormes, La monja Alférez…, pero actualizado para el público del siglo XXI, con marionetas, mímica, teatro gestual, monólogos, juegos…

 

¿Hay muchas diferencias entre abordar un texto para adultos y otro para público familiar? Más allá del lenguaje, me refiero más a tu forma de abordarlo. ¿Qué es más complicado?

Son muchos los aspectos que se tratan cuando se elabora una obra de teatro: que sea entretenida, que divierta, y no solo a través del humor, que cuestione, que diga algo interesante… Pero gracias a Sanchis Sinisterra todos esos miedos han cambiado. Su premisa de que están prohibidas las obras maestras quita la tensión sobre la creación. A la infancia, a la adolescencia, no hay que hablarles de diferente manera. Para ello, la metáfora fundacional, para mí, es la clave, es la idea de la que nacen las obras, el origen de un acuerdo entre el público y el libreto. Ahí radica la verdadera diferencia. No es que sea más o menos complicado, hacer teatro lo es, sin más.

 

Esta obra se estrenó en 2004, y la habéis vuelto a reestrenar en 2024. ¿Ha cambiado mucho el texto en función de cómo ha cambiado la sociedad en estos 20 años?

La leyenda del dragón Meón convive muy bien con el tiempo porque los temas que se tratan son universales. No hay ideas, ni humor, ni partes relacionadas con la inmediatez social. El argumento convive con la actualidad y con el pasado: tres personajes buscan cómo recuperar un castillo. Los elementos de la literatura clásica, la influencia de los grandes mitos y la tradición popular nos ayudan a que el texto se mantenga sano. La leyenda del dragón Meón no envejece mal.

 

¿Cómo está la salud de Catarsis Teatro y cuáles son vuestros planes de futuro o vuestras aspiraciones como compañía?

De momento vamos a comenzar con la gira de La infancia perpetua y a continuar con La leyenda del dragón Meón. Nuestro verano transcurrirá por los pueblos de Segovia, una vez más, tratando de llegar a los lugares más distantes. Para noviembre, pretendemos estrenar de nuevo en el teatro Juan Bravo, pero para eso, aún queda bastante. Además, siempre nos gustaría repetir temporada en Madrid, que estas tres fechas nos parecen pocas.

 

Toda la cartelera de obras de teatro de Madrid aquí

Alberto Sombría, Bululú 2120, Catarsis Teatro, Cerrojos de tierra, Cristina San Juan, David Gregoris, Esther Solera, Irrecuperables Ediciones, Plot Point, Quike Sánchez
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