Este mes de abril se celebra el Día Internacional de la Danza. El 29, o incluso antes, las redes sociales se llenan de imágenes y palabras que recuerdan que la danza existe (el ballet también, a pesar de Timothée Chalamet). Y cuando el foco sobre algo propaga información, opiniones y enunciados sobre ese algo, la radiografía que se acaba formando arroja diversos ángulos, es decir, luz, sobre el tema en cuestión. En el caso de la danza, y sobre todo durante los últimos años, el 29 de abril, Día Internacional de la Danza desde 1982, que conmemora el nacimiento de Jean-Georges Noverre, considerado el creador del ballet moderno, la mayoría de publicaciones van en dos direcciones principales: la que celebra y la que dice que no hay nada que celebrar y aporta el matiz reivindicativo.

Desde mi punto de vista, ambas son válidas, siempre y cuando se tengan en cuenta la una a la otra. Es decir, que quienes celebran este día y hablan de la belleza de la danza (alejémosla de lo cursi, cuidémosla en las palabras que elegimos), tengan en cuenta que celebrar no basta, que hay que hacerlo teniendo e cuenta el contexto desfavorable, en cuanto a soporte, en el que vive. Y a quienes la reivindiquen, lo hagan también desde lo artístico.

Sobre lo cursi, un tufillo que a veces a compaña a la danza, y suele duplicar intensidad en este día 29 de abril, ya he escrito en esta columna de opinión. Es algo a lo que le doy mucha vuelta. Porque genera frustración cuando se emite y cuando se recibe. Es decir, cuando alguien tira de lo cursi para expresar algo relacionado con la danza, y especialmente el ballet, y cuando alguien lo lee y lo padece. Es “lo exquisito frustrado”, como dijo Umberto Eco. En este caso, porque las palabras no llegan a expresar el movimiento, y de querer sublimarlo, se acaba en un lugar común habitado por unicornios. Cada vez que alguien dice ‘esencia’ o ‘alma’, para referirse a la danza, una parte de Patti Smith muere.

Como no concibo la danza como algo aislado (porque nada lo está), ni como un círculo cerrado e inaccesible, mucho menos elitista en manos de lo formalmente bello, reconozco que a mí la celebración me cuesta, especialmente este 2026. Porque me cuesta celebrar algo en general cuando el mundo vive una de las peores deshumanizaciones de la historia, y la peor que muchas personas estamos viendo en tiempo real. Y porque los datos que hablan de la presencia de la danza en programaciones regulares, así como los que hablan de otros tipos de soporte, no mejoran.

 

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