En una ciudad con una vida escénica tan intensa como Madrid, cada nuevo teatro que abre sus puertas es también una promesa. Salto Escénico nace con una idea muy clara: acompañar a las compañías que buscan crecer, ofrecerles un espacio cuidado hasta el último detalle y convertir el teatro en un punto de encuentro real para el barrio. Detrás del proyecto está la iniciativa de Luis Otero, un amante confeso de las artes escénicas e impulsor de Hades Group, que encontró en 2024 el local donde dar forma a un sueño que llevaba tiempo madurando. Crear un lugar donde las buenas obras, aunque pequeñas o emergentes, puedan llegar más lejos.
En el camino se cruzó con Keka Monreal en El Pasillo Verde, donde él acudió a observar y preguntar todo lo necesario para entender cómo funciona una sala desde dentro. De ese encuentro nació una colaboración que hoy sostiene el proyecto. Situado en el entorno de Pacífico, muy cerca del Parque del Retiro y de la Estación de Atocha, el espacio abre ahora sus puertas con vocación de barrio y mirada de futuro. A continuación, hablamos con sus impulsores sobre el sentido de este salto escénico.
El nombre de la sala es toda una declaración de intenciones. ¿Qué significa exactamente “dar el salto” para vosotras y vosotros? ¿Es un salto artístico, vital, empresarial… o todo a la vez?
Luis Otero: El nombre de Salto Escénico viene de todas esas personas que quieren hacer teatro y que no se atrevían porque les quedaba lejos… o porque no les programaban en otros sitios… Queremos que tengan la oportunidad de dar el salto. Son esas compañías que tienen una obra muy buena y no saben qué hacer con ella, a las que les han dicho que no en varios lugares, que van a una sala pequeña y parece que funciona, pero que todavía no dan el salto. Dar el salto es tomar esa iniciativa en el mundo de las artes escénicas. Puede ser una compañía de teatro, puede ser un mago, puede ser alguien que necesita dar ese paso. Hay gente muy buena que no lo da, y nosotros queremos ofrecer un espacio que les dé esa oportunidad. De hecho, ya hemos tenido propuestas de compañías que claramente quieren dar el salto con nosotros para luego dar uno mucho mayor, porque tienen obras con actores de renombre que ahora mismo están en espacios de 40 o 50 butacas. Son espacios muy pequeños para ese tipo de montajes. Aquí pueden crecer… y luego aparecerán en el Reina Victoria. Dan el salto con nosotros.
Vosotros le ponéis el trampolín…
L: Bueno, como somos muy modestos, damos el salto. Para algunos puede ser un trampolín, claramente.
Keka, tú vienes de ser socia de Sala El Pasillo Verde, ¿Qué aprendizajes de esa experiencia has querido traer, o evitar, en Salto Escénico?
Keka Monreal: He aprendido muchas cosas que antes no sabía: la relación con las compañías, con los montajes, con la escenografía… de todo. Eso es algo que ya traigo conmigo. Y también he visto cosas que no hemos hecho bien y que, para mí, es importante mejorar. Por ejemplo, me parece súper importante el tema del público, de hacer barrio. Es cierto que El Pasillo está en un lugar donde hay muchos teatros. Hay teatros con mucho nombre, como Cuarta Pared, que lleva toda la vida y fue el primer teatro alternativo que hubo en Madrid. Entonces es un barrio más complicado en ese sentido. Aquí tenemos la ventaja de que no hay teatros y, por ahí, sí que queremos dar un impulso a conseguir ser una referencia para el barrio. Por eso, lo que comentaba Luis antes sobre la variedad… No queremos seguir una única línea para marcar un estilo, sino ofrecer muchas posibilidades para atraer a todo tipo de público dentro del barrio.
Al final, Madrid no deja de sumar espacios alternativos, pero también vive una fuerte competencia cultural. ¿Por qué abrir ahora una sala de mediano formato y por qué en el barrio de Pacífico?
L: Antes de contestarte, me gustaría comentarte que la ayuda de Keka y su experiencia ha sido fundamental. Yo tenía muchísimas ideas, muchas cosas en la cabeza, y ella me ha puesto los pies en la tierra. Me ha ayudado a ser práctico en muchos aspectos. Llevamos trabajando juntos ya un año y pico, desde que empezamos al cien por cien, y su visión y su experiencia han sido clave. ¿Y por qué en este barrio? Siendo honesto, fue un poco por casualidad. Yo estaba buscando locales que cumplieran una serie de requisitos. Por ejemplo, que tuviesen un espacio diáfano, sin columnas. Eso para mí era básico, hicieras lo que hicieras, que no existiera la “butaca mala”. Puede que algunas estén un poco más lejos, pero todo está calculado para que se vea bien el escenario. Ese era uno de los requisitos, y es muy complicado de encontrar. También tenía claro que quería comprar el local, lo que implicaba que no podía ser un espacio de millones de euros. Llegué a ver uno muy interesante en la zona de El Pasillo Verde, pero el precio era una barbaridad. Y al final, buscando y buscando, encontré este, que no parecía que pudiera ser nada… y ahí estuvo la diferencia. De hecho, me lo dieron como un local muerto. Pero lo investigué y, aunque estaba inactivo, la localización me encantó. Tienes el Parque del Retiro al lado; la gente sale mucho a pasear los sábados y domingos por la mañana y pasa por aquí. Si vienes a ver una obra de magia, una función infantil o teatro con niños… además, está cerca de la Estación de Atocha, el metro está a cincuenta metros… lo tenía todo. Hemos hecho un tratamiento acústico muy importante y hemos tenido que bajar el techo. Era como un metro más alto de lo que ves ahora, y todo lo que ves son capas acústicas, porque encima tenemos una clínica. Así que, aunque fue casualidad, el espacio en este barrio cumplía exactamente con todo lo que buscábamos.

El manifiesto de la sala habla del arte como “necesidad vital”. En tiempos de consumo rápido y pantallas, ¿qué puede ofrecer hoy el teatro que no ofrezca nada más?
K: Lo único que va a ser auténtico a partir de ahora es el teatro, sobre todo con el auge de las IA. Lo único auténtico, lo único que te puedes creer, es el teatro. Tú ves una película y no sabes si realmente el actor está actuando así o si con una IA le han modificado los gestos de la cara. Es que ya no te puedes creer nada. En cambio, en el teatro eso es imposible. Entonces va a ser lo único auténtico que tengamos en nuestra vida.
L: Es lo que llamamos un arte efímero, que lo ves, acaba la función y desaparece. Y al día siguiente, aunque sea la misma función, vas a ver otra obra de arte. Porque esos actores que se dejan la piel, que se desgañitan, que ríen, que lloran… eso ocurre aquí, nada más que aquí. Entonces eso, o lo ves o te lo pierdes. Es un tipo de arte que, si no lo empujamos y no lo ayudamos, podría desaparecer. Y sería una pena, porque el teatro existe desde siempre: los anfiteatros romanos, los griegos… siempre ha estado ahí. Esperemos que siga estando.Y eso, o lo apoyas con salas de este tipo, o dependes de los grandes espectáculos y de productoras gigantescas que te enchufan lo que te enchufan… y, en realidad, muchas veces te están ofreciendo grandes producciones vinculadas a Disney o montajes inmensos, carísimos por ochenta, noventa o más de cien euros… vete tú con la familia. Nosotros siempre vamos a tener precios muy asequibles. Y otra cosa muy importante sobre las salas de teatro: esta sala, por capacidad, ocupa un espacio que es muy difícil de encontrar. Estuvimos haciendo un análisis de mercado y en Madrid hay muy pocas salas entre 100 y 150 butacas, cuatro o cinco. Y cada una de ellas tiene sus particularidades en la forma de programar. El resto de las salas son de menos de 100, y luego ya mucho más pequeñas: 50, 60 o 70 butacas.
Hablando un poco del espacio y la personalidad, ¿cómo se transforma eso en la experiencia escénica y qué tipo de propuestas permite, que quizá no cabrían en otros teatros similares?
L: Mi punto de vista es que cuanto más pequeña sea la sala, con una capacidad adecuada, más íntima es la representación. En esta sala lo que queríamos era dejar, a nivel técnico, todo lo que una compañía pueda necesitar. Los altavoces, las mesas… Ya has visto las luces: tenemos focos que cuestan muchos miles de euros. ¿Y por qué una sala así? Porque, si surge cualquier necesidad técnica, ya la tenemos cubierta. No quiero que la técnica sea una justificación para que una compañía no pueda representar aquí su obra. Esa parte ya está resuelta. Además, la sala está muy bien pensada en todos los aspectos. El espacio cumple perfectamente la normativa; está todo muy bien montado para que cualquier compañía pueda acceder a un público al que normalmente no podría llegar sin estar en un teatro muy grande. Hay detalles concretos, por ejemplo: yo quise quitar las escaleras en el centro. Siempre he odiado las escaleras en el centro porque, personalmente, me gusta estar en el centro. Aquí hemos perdido algunas butacas por hacer dos accesos laterales, pero en realidad es mucho más práctico: el público de pares e impares sale por lados distintos y no se acumula todo en el centro. Todo eso crea un ambiente que yo creo que es muy íntimo para las compañías y para el público.
Aunque acabas de adelantarme algo, me gustaría detenerme en un detalle que me llama mucho la atención. Apostáis por tecnología de grandes marcas (Bose, Midas, Optoma, Canon…). ¿Por qué era importante invertir en ese nivel técnico en una sala de estas características?
L: Es un poco lo que comentaba antes: con esta dotación técnica podrías montar una gran superproducción, aunque luego ninguna compañía vaya a necesitar realmente tantos recursos. Pero precisamente ahí está la comodidad. Una vez que el sistema está configurado y lo conoces bien, puedes programar quince, veinte o treinta compañías distintas; guardas tus archivos y lo tienes todo preparado. Si una compañía viene en abril, vuelve en noviembre y quiere repetir la misma obra, basta con recuperar su fichero y ahí están todas sus luces configuradas.Con la iluminación pasa lo mismo; quizá haya más focos de los que parece necesario, pero siempre hay compañías que terminan utilizando justo ese punto que creías prescindible, por ejemplo, un lateral concreto. En general, el equipamiento es de lo mejor que hay para espacios de este tipo. El sonido es una maravilla. La mesa, una Behringer, permite sacar hasta treinta y dos instrumentos a escena. ¿Vamos a tener treinta y dos músicos? Probablemente no. Pero contar con toda esa capacidad desde el principio era parte del planteamiento.
Resulta llamativo que la sala está pensada para gente que esté dando su salto escénico y, sin embargo, esté tan bien equipada técnicamente cuando lo habitual, aunque no debería serlo, es justo lo contrario en un sector tan precarizado.
K: Sí, porque eso pasa muchas veces y yo me lo he encontrado. Por ejemplo, el director tiene una idea de iluminación que es fundamental, casi el lazo de cierre de la obra, pero esa iluminación que ha imaginado no existe en los teatros desde los que puede empezar a trabajar. Aquí, en cambio, ese primer recorrido de la pieza puede hacerse contando desde el principio con todo lo que el director había concebido para la iluminación. Y eso es muy importante también.

Además del escenario, contáis con bar y espacio de encuentro. ¿Queréis recuperar esa idea del teatro como lugar de comunidad y conversación más allá de la función?
L: No tenemos una zona de bar para que las 100 personas que están aquí puedan tomar algo y, contando con que no todo el mundo lo hace, sí que queríamos tener un espacio donde no solamente la gente se espera en la calle, abre la puerta, entra y sale. Que tuviesen un poquito más de difusión dentro de la sala y se pudiesen hacer cosas. Hacer sesiones de micro abierto.
Bueno, si fuera una obra de teatro o un género, esta sala, ¿cuál sería? ¿Un clásico reinventado? ¿Una pieza contemporánea improvisada?
K: Sería un poco de todo: comedia, drama, improvisación, magia y música. Un lugar para todos los públicos.
L: Es la idea original, tener un espacio para todo el mundo. Apostar por representaciones a las que poca gente quiere apostar, pero también hacer cosas más clásicas. No tengo ningún problema en hacer aquí La casa de Bernarda Alba, que me gustaría.
Ahora que mencionamos La casa de Bernarda Alba, hablemos un poco de la programación. En la web habláis de “Cartelera Viva”. ¿Qué significa exactamente? ¿Programación rotativa, residencias cortas, apuestas arriesgadas…?
L: La “Cartelera Viva” consiste en programar siempre cosas muy distintas y que la misma persona pueda venir durante tres días seguidos al teatro y ver tres cosas distintas. Un día vio improvisación, otro magia, otro una obra clásica, otro día vio una obra más transgresora y ofrecer al barrio una propuesta que no sea solo pensando en que vamos a llenar la sala. El objetivo es tener una programación diversa y variada. De hecho, lo que ves en la programación que hay ahora mismo, comprobarás que no predomina ningún género: Tenemos Algo personal una comedia dramática que aborda el bullying, La noche que lo cambió todo, una apuesta complicada, a ver cómo responde el barrio o Parejas formales que es una comedia clásica, un infantil por la mañana, tenemos una producción nuestra de improvisación que es Homo sapiens. Un portal a la estupidez humana…
K: Queremos una programación variada para ofrecer todas las posibilidades al barrio. Ahora veremos cómo es este barrio; luego te lo contamos.
Otra cosa que me llama la atención es que ofrecéis algo poco habitual: una primera entrada gratuita por unirse a la comunidad. ¿Cómo surgió esa idea?
K: Es que Luis es muy majo (risas).
L: Aparte de que soy majo y ella es mucho más maja que yo, es por seguir trabajando con esa idea de barrio. Tú apuestas por una sala y tú, ¿por qué vas al teatro? Queremos apostar porque a la gente le guste el teatro. ¡Este teatro! Es como ligar un poco a que la gente venga más a esta sala y que entienda que lo que le ofrecemos es algo que nosotros hemos visto, que hemos valorado, que hemos estudiado y que hemos dicho: “Apostamos por esta obra”. Así que por eso invitamos al teatro. La verdad es que yo siempre he sido muy dado a invitar (risas). La recuperación de la inversión de este negocio, aunque llenemos todos los días muchas horas, va a ser muy complicada. No estamos para que esto sea un negocio rentable y venderlo al año siguiente. Entonces, en esa oferta, ocurren cosas como esa: te arreglamos una entrada solamente porque te suscribas y estés al tanto de todo lo que te publicamos. Bueno, pues una entrada, coges la hora que quieras.
K: ¡Qué peligro! (Risas) Yo intento organizar. Creemos que dar esa oportunidad ayuda a que conozcas lo que hacemos, descubras lo chulo que es y que te entre el gusanillo por venir más.

Pero bueno, es que también anunciáis en la web sorteos semanales, ensayos abiertos, votaciones internas… ¿Queréis convertir al espectador en algo más que público?
K: Eso nos gustaría también, a ver cómo responde el barrio para poner más en contacto el teatro con el espectador, que no sea solo veo la obra y ya está. Hemos pensado también en coloquios después de las obras sobre el tema que aborda. La idea es ampliar un poco la comunidad.
Y ahora que todavía no ha empezado a venir público, ¿cómo os imagináis al público de Salto Escénico?
L: Con la oferta que estamos haciendo van a venir desde niños de cero hasta mayores. Vamos a tener un público bastante amplio. De hecho, la gente que pasa por la puerta, cuando se entera de que es un teatro, lo celebra mucho y comenta la falta que le hacía al barrio. Y yo no hago más que animarlos. Esa respuesta viene de la gente mayor.
K: Mi sensación es que a la gente mayor del barrio le gusta la cultura, pero salir del barrio les da más pereza porque tienen que coger el metro, que además está siempre petado. A una persona joven igual le da más igual.
La escuela “Salto al Aula” plantea algo interesante: que las obras nacidas en clase puedan llegar al escenario principal. ¿Tenéis ya algún proyecto incubado que vaya a dar ese paso?
K: Tenemos ya abiertos dos grupos de impro. Con el de impro avanzada sí tenemos la idea de hacer espectáculo con el grupo. Pero a largo plazo nos gustaría tener una escuela de teatro no solo con la finalidad de hacer muestras, sino de formar una compañía. Esto aún está muy así en el aire, pero la idea es que después de tres años podamos hacer compañía.
Mencionabas antes que Ernesto Zuazo lidera la escuela de improvisación con una trayectoria muy singular (impro en cárceles, teatro ciego, radio improvisada…). ¿Qué aporta esa mirada a la identidad del espacio?
L: Es una mirada loca. Siempre tiene una sorpresa en la boca. Es un boom de ideas constante. Él te propone cosas constantemente. Es una persona con una actividad mental muy enfocada al espectáculo. Ha hecho tantas cosas que las tablas se le notan mucho. Los juegos son infinitos. Nosotros vamos con él a clase y nunca te aburres. Es un improvisador nato, aunque ha hecho también mucho teatro. Un auténtico crack y no tengo dudas de que es el mejor. Yo he visto muchas sesiones de improvisación y la diferencia está en si él forma parte del grupo o no. Si él no está, siempre falta ese toque personal que le da a todo.
Keka, en tu caso como actriz y vestuarista, ¿Habrá un sello estético reconocible en las producciones propias?
K: La idea es realizar el vestuario de nuestras producciones con un sello propio. Yo llevo haciendo vestuario mucho tiempo; por ejemplo, trabajaba en la ONCE y les hice vestuario a la compañía e incluso a amigos. También me he confeccionado el vestuario para obras mías. Así que Luis se empeñó en darle a mi creación de vestuarios el peso que tiene. La primera obra que vamos a producir el Homo sapiens y me voy a encargar de hacerle el vestuario.
Es que si en producción ofrecéis algo tan ambicioso como cubrir costes y acompañar proyectos desde cero, incluyendo hasta el vestuario. ¿No os parece una declaración política en un sector donde muchas compañías se autofinancian?
L: Es que esas compañías que yo he visto, que tienen una obra super buena, que están en sitios super pequeños, porque no se atrevían, porque tenían una carrera financiera que no van a afrontar, porque son 10, en muchos casos están estudiando… nadie quiere ni puede afrontar esa responsabilidad. Tener a alguien que le dé ese soporte como una sala de ensayo, vestuario… Esa parte de la producción es la que nos gustaría cubrir.
K: Y además queremos que sea un buen vestuario, porque hay veces que ves una obra que es buenísima, pero el vestuario es muy pobre o tiene fallos porque no tienen capacidad económica para afrontar un vestuario a la altura y salen con cualquier cosa. Imagino que será por deformación profesional, pero es algo que observo mucho; no puedo evitarlo.
Si tuvieran que convencer a alguien que no ha pisado el teatro en su vida o desde hace años, ¿qué le dirían para que dé el salto y entre en este?
L: Yo insistiría en lo del arte efímero y que es una ocasión de oro para ver algo distinto y único.
K: Además, ver teatro en una sala así es muy cercano. La experiencia es muy diferente. Hay gente a la que no le gusta el teatro porque ha ido a un teatro grande, al que le llevaron medio obligado y se sentaron muy lejos del escenario, y le resultó muy fácil desconectarse.
¿Y qué sensación os gustaría dejar a la gente que venga por primera vez cuando cruce la puerta?
L: A mí me gustaría que se fuesen con una emoción, que puede ser que se hayan reído mucho o llorado, pero que se vayan con una emoción de que han visto algo distinto.
Para acabar, con toda la ilusión que hay detrás de la sala, surge una curiosidad inevitable: ¿hay alguien que la apadrine/amadrine o que os gustaría que lo hiciera?
L: Hemos intentado que ciertos artistas con renombre nos apoyen como para apadrinar el espacio. Todavía no hemos conseguido ninguno. Mi ilusión es Blanca Portillo porque es una actriz monumental que me encanta y la he visto muchas veces en teatro.