Hay un concepto en física cuántica que me persigue desde que lo descubrí: el observador. En el mundo cuántico, las cosas no ocurren del todo hasta que alguien las mira. La observación modifica el resultado. El gato de Schrödinger está vivo y muerto al mismo tiempo… hasta que alguien abre la caja. En ese instante, la realidad colapsa: mirar no es solo mirar; mirar afecta.
Cuando entendí esto pensé en el teatro. No es casual que la palabra teatro venga del griego ‘Theatron’: el lugar desde el que se observa. El teatro existe porque alguien mira, pero también existe de una manera concreta porque alguien lo está mirando aquí y ahora. La función no se completa sin el público. Por eso, casi siempre propongo en mis espectáculos un pequeño ritual inicial: no para explicar lo que va a ocurrir, sino para afinar la percepción. Para decir: a partir de ahora, tu mirada importa.
Constelaciones es un artefacto poético de posibilidades. Nick Payne escribe como quien abre y cierra puertas a gran velocidad: lo que sucede se desmiente, lo definitivo reaparece como alternativa, lo casual se revela como destino. Esa estructura -ese juego serio- me atrajo desde el principio.

En nuestro montaje, el espectador no contempla una versión fija: entra en un sistema donde la realidad se decide en presente. Los personajes se llaman como quienes los interpretan; no por autobiografía, sino porque el cuerpo real -la voz real, el pulso real- altera inevitablemente la historia. Dos intérpretes sostienen una relación delante de todos, y la mirada del público no solo la acompaña: la activa.
Y ahí surge la metáfora: la caja escénica como caja de Schrödinger. En el escenario conviven estados contradictorios: lo que fue y lo que pudo ser, lo que se dijo y lo que no se dijo. Cada función abre esa caja. En el Teatro Valle-Inclán decidimos dar un paso más: sacar la obra de la caja escénica para convertir el propio teatro en una caja. La acción sucede en el patio de butacas, sobre una plataforma circular giratoria, con el público a tres bandas. No hay un único punto de vista. Cada mirada construye su propio montaje.

Y la música funda este universo. Hemos creado cuatro universos sonoros distintos: bandas sonoras originales, compuestas en talleres de creación con los directores musicales y el reparto, dialogando con la física cuántica -la de ayer y la de hoy- y con el mundo de las abejas que propone el texto. No para reescribir a Payne, sino para resonar con él, para completarlo.
El teatro, a diferencia del cine, no se reproduce: sucede. Vive en su variación. Esta puesta en escena quiere rendir homenaje a esa cualidad y llevarla al extremo.
La versión que existe es la que ustedes van a ver. En otros universos, quizá ya ocurrió otra distinta.