Del 8 al 25 de enero de 2026, La Zaranda recala en Nave 10 Matadero con Todos los ángeles alzaron el vuelo, una liturgia escénica escrita por Eusebio Calonge y dirigida por Paco de la Zaranda, en la que los desechos de la sociedad contemporánea, yonkis, prostitutas y seres a punto de desaparecer, arrastran sus alas por descampados, portales y habitaciones por horas, buscando una ranura de luz en lo más sórdido.
Con motivo de su llegada a Madrid, tuve la fortuna de conversar con Paco, de compartir un rato con su forma de mirar el mundo y el teatro. Un pensamiento que no se explica, sino que se atraviesa; que avanza a tientas, como quien confía en la oscuridad para encontrar la luz. Una charla que fue menos entrevista que encuentro, y que confirmó que en La Zaranda la palabra sigue siendo un acto de fe.
Estrenada en marzo de 2025 en el Teatro de Rojas de Toledo y dedicada a la memoria de Laura Gómez-Lacueva, la pieza llega tras una extensa gira nacional. Cuarenta y ocho años de un teatro que ha hecho del riesgo, el misterio y la ofrenda su razón de ser. En escena, Ingrid Magrinyá, Natalia Martínez, Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez y Enrique Bustos encarnan una humanidad al límite, atravesada por un humor negro que nace del dolor y por una poética que mira a los márgenes para intuir el cielo. Con ecos de Dostoyevski, Todos los ángeles alzaron el vuelo no busca respuestas ni consuelo, propone un encuentro. Un teatro donde lo invisible se hace carne, donde los objetos hablan en silencio y donde, incluso desde el basurero, la esperanza insiste en brotar.
La Zaranda cumple 48 años sobre los escenarios con esta obra. ¿Qué significado tiene para ti que este viaje de casi medio siglo culmine, o atraviese, Todos los ángeles alzaron el vuelo?
Hablar siempre es colocarte en una tesitura en la que uno piensa que no dice nada comparado con todo lo que ha vivido, ¿verdad? ¿Cómo puedo explicar tanta experiencia, tanta vida que nos ha dado el teatro? Porque el teatro, para nosotros, es algo más que hacer teatro. El teatro nos hace a nosotros. Eso lo sientes cuando llevas mucho tiempo metido en este “oficio”, porque es un oficio en el que nunca terminas de entrar del todo, ya que siempre estás buscando. Y ese estar buscando te hace vivir el teatro desde la búsqueda de ti mismo. Cuarenta y ocho años… tampoco es que sea poca cosa. Es toda una vida ahí metido, de alguna manera, en una fidelidad a nosotros mismos, en una obediencia a lo que sentimos, a lo que somos. El teatro se nos revela siempre al margen de las modas, eso es seguro. Las modas van por un lado y nosotros siempre hemos ido por otro. A lo mejor eso ha hecho que nos hayamos perdido, pero fíjate en una cosa que decíamos en Los que ríen los últimos, un trabajo que a mí me gustaba mucho: “Si no te pierdes, no puedes encontrar nada”. Siempre hemos huido del aplauso fácil y siempre hemos estado escarbando en nuestras heridas.
La obra nace de mirar la periferia desde la propia periferia, una constante en vuestro teatro. ¿Qué distingue esta periferia contemporánea, de yonkis y prostitutas, de otras marginalidades que habéis abordado en trabajos anteriores?
Todos los trabajos de La Zaranda han sido liturgias. En este caso, hay una poética, es verdad; una poética de ahondar en lo que hemos venido haciendo, y nos hemos ido hacia unos personajes muy extremos. Personajes muy olvidados, a los que casi nadie mira, una realidad marginal que ya no le interesa prácticamente a nadie. Aquí está el mundo de la prostitución, pero el de los bajos fondos, lo peor de lo peor. Y, sin embargo, para mí esas prostitutas, ese proxeneta, ese loco, toda esa gente, son ángeles. Ángeles que quizá arrastren las alas, que las tengan sucias, pero que pueden levantar el vuelo. O, al menos, de alguna manera, su redención, cuando los presentamos en el escenario, es precisamente darles la redención que se merecen. Desde La noche más oscura del alma, como diría San Juan de la Cruz, está la capacidad que estos personajes tienen de redención frente a esa noche oscura. La humanidad les da la espalda a estos seres y en el teatro son capaces de volver a encontrarse porque el teatro es un lugar de encuentro. Y no solo un lugar de encuentro entre actores y espectadores, que eso sería muy simple. Que sí, que lo es, claro que lo es. Pero también es un lugar donde el espectador se encuentra consigo mismo. Y es un lugar donde lo que viene, esos personajes que no sabemos de dónde vienen, se encuentra con nosotros, nos sigue, nos comunica, nos habla. Y ahí existe esa comunión que es el teatro.
Todos los ángeles alzaron el vuelo parece dialogar con Dostoyevski, especialmente con El idiota. ¿Qué elementos de esa novela han germinado en la dramaturgia y en la puesta en escena?
Bueno, fíjate en una cosa curiosa, Dostoyevski siempre me ha parecido un autor más que importante, pero creo que en este trabajo aparece primero el personaje y luego Dostoyevski. Ni sabría, ni querría explicar el porqué, porque sería confuso y, además, supondría revelar el alma de ese personaje, de dónde viene y por qué viene. Y eso es algo muy particular. Prefiero que lo descubra el público. Ahora bien, ese personaje sí es fundamental, porque es quien va cosiendo toda la trama del trabajo, ese idiota.

En el corazón de la pieza están “ángeles que arrastran sus alas” por descampados y portales. ¿Qué es hoy un “ángel” para La Zaranda?
¿Qué es un ángel? Posiblemente un ángel caído en tierra sea un mendigo de amor. Pero lo importante no es qué es un ángel para La Zaranda, sino que esa pregunta permanezca latente en el público. Hoy cualquier concepto que remita a algo más allá de los pies en la tierra está muy manido, y, sin embargo, un ángel es alguien que vuela. Siempre decimos, incluso a los niños pequeños: “Ay, angelito”. Así que quizá un ángel sea la pureza del corazón humano.
La obra está dedicada a Laura Gómez-Lacueva, una figura esencial en vuestra historia reciente. ¿Cómo ha impregnado su presencia, o su ausencia, esta creación?
Este trabajo estaba previsto antes del espectáculo que hicimos anteriormente, Manual para armar un sueño. Este montaje se iba a hacer con Laura, pero no pudo ser porque ella, desgraciadamente, ya no está con nosotros. Es un ángel que se fue antes que nosotros. A ella le hacía mucha ilusión este proyecto. Hablamos mucho con ella sobre su personaje, tenía muchas ganas de hacerlo. Pero una vez que falleció, que se nos fue, ya no quise seguir con la idea. Sin embargo, con otro espectáculo por medio y con el paso del tiempo, nos dijimos: “¿Por qué no hacerlo para ella?” Si no pudimos hacerlo con ella, lo vamos a hacer para ella. Hay un momento en el espectáculo que, para nosotros, es Laura. Es el instante de la presencia de quien no está. Esa presencia se hace física y es un momento de una poesía verdaderamente dolorosa, si quieres, porque ahí se interactúa con el vacío… o no sé con qué. Está presente de alguna manera. A la hora de trabajar, Laura estuvo con nosotros en los ensayos. Y, bueno, en la vida también. El teatro es dejar hablar al alma del ser humano, y el teatro seguirá hablando siempre.
En escena aparecen personajes “a punto de desaparecer”. ¿Qué responsabilidad siente un creador al poner voz a quienes no la tienen en la vida social?
Bueno, la responsabilidad… la palabra responsabilidad, sobre todo para un niño, y un creador a veces es un niño travieso, siempre nos queda grande. Lo que sí es responsabilidad es qué energía hay que poner para que eso pueda suceder, y de qué tienes que llenarte, de qué tienes que alimentarte para alcanzar ese estado de gracia que permita que la creación llegue a los seres que estamos haciendo el trabajo. Porque el trabajo no es una persona, y además no se termina nunca de hacer. En cada función, con cada público, el trabajo vuelve a hacerse. Es como la vida, día a día. El teatro también es día a día. El trabajo se va preparando, pero cada función no es una lata de conserva que se abre y se sirve al público. Cada función es, de nuevo, la vida de esos personajes. El actor simplemente tiene que tener la humildad de dejar que vivan ellos y apartarse un poquito; si no del todo, al menos un poco.
La obra habla del destino que no se puede esquivar, pero también de una esperanza que brota “del basurero”. ¿Dónde encontrasteis esa luz en lo oscuro?
¿Dónde encontramos la luz en lo oscuro? Encontrar es importante, sí; la oscuridad también lo es. Pero ese encuentro se da cuando menos te lo esperas. Es así. Cuando menos te lo esperas y cuando más desesperado estás, aparece esa lucecita que te permite entrar en la oscuridad del túnel de la creación y, por fin, te dice: “Por aquí es, por aquí vamos”. Y el teatro va apareciendo. No es un punto concreto. ¿Dónde lo encontramos? No lo venden en ningún sitio, no es un lugar del que te digan: “Búscalo aquí”. Quizá sea el misterio de la vida. ¿Dónde encontramos la esperanza?, ¿dónde encontramos la fe para seguir viviendo? El teatro de La Zaranda es un teatro de fe y de esperanza, siempre lo he dicho. ¿Dónde la encontramos? En la fuerza que nos da esa misma fe. La fe no se puede comprar, se tiene o no se tiene.

Y en este caso, ¿qué les llevó a incorporar un código de novela negra en la poética que siempre mantienen en casi todas sus propuestas?
Lo de novela negra, a lo mejor, nos queda muy grande. Pero sí que hay algo de lo que siempre se ha hablado en nuestro trabajo, el humor negro. El humor, en nosotros nace del dolor. Es una defensa ante la tragedia. Somos un pueblo que sabe reírse de sus propias tragedias. El humor es un acto de resistencia y de dignidad frente a lo inevitable, un mecanismo de defensa. Nosotros siempre viajamos en el vuelo de estos personajes, volamos hacia lo metafísico, hacia lo vertical. Todo es metáfora, porque no nos quedamos en lo real, sino que todo tiene otro simbolismo, es una apertura a lo invisible. Esa es la pregunta más difícil. Así es como afrontamos cada día el trabajo; no como se trabaja en general, sino dejando hacer para que el teatro se haga. Tengo la suerte, en esta ocasión, de trabajar con gente extraordinaria. Las chicas aparecieron a partir de talleres que nosotros habíamos realizado, y ha trabajado con nosotros una bailarina que es verdaderamente espectacular. Bueno, de alguna manera es como hablar de… no te voy a decir más, porque el pudor que siento al decir qué buena es no significa que sea buena o mala, sino que es capaz de transmitir esa energía. Entrar en la liturgia que propone La Zaranda no es fácil porque los actores vienen muy tocados precisamente por ese ‘artisteo’, y aquí hay que olvidarse un poco, no solamente del ‘artisteo’, sino que hay que saber esperar. Nosotros perseguimos que venga el arte, que el arte es algo que no me pregunte qué es porque te puedo dar tres definiciones y ninguna sería cierta, pero sí que hay que saber esperar. Y ellos ya han sabido esperar y al final esos personajes les han aparecido y se produjo el milagro del trabajo.
El texto de Eusebio Calonge vuelve a ser piedra angular. ¿Cómo ha sido el proceso de depuración textual y simbólica en esta ocasión?
Hablar de Eusebio es hablar de La Zaranda. Todo empieza por su culpa. Él me da un texto y me dice: “Haz con él lo que quieras”. Pero ese “haz con él lo que quieras” no es del todo verdad, en el sentido de que él forma parte de la creación escénica. Hay una parte que es la creación literaria, de la que él es responsable, y otra es la creación escénica, de la que yo soy responsable. Pero, a la hora de montar, él está conmigo, con nosotros, y ya no hay responsabilidades individuales, sino un creer común en lo que hacemos. El texto juega un papel importantísimo porque, al estar él presente, tengo la suerte de que va cambiando en función de lo que sucede durante el proceso de creación, durante los ensayos. No es el autor que no juega, sino el autor que asiste al parto de la creación. Y eso es una suerte. Todo es importante en el proceso de creación, desde el elenco al público que viene a vernos, porque con la energía que recibimos del público nosotros seguimos haciendo el trabajo.
Háblanos un poco del simbolismo de la compañía, que siempre está ligado a los objetos escénicos, y qué objetos se volvieron clave en esta pieza, y que pueden revelar de sus personajes.
Hay una depuración del espacio tremenda, porque ya casi me empeño en llevar una maletita y punto. En los tiempos que corren, con tanto ruido, en el escenario tiene que haber muy poco ruido. Lo importante es decir mucho con muy poco, y eso es tremendamente difícil. Lo más difícil en el teatro es el silencio. Estar callado es complicado, pero estar en silencio es todavía más difícil. Los objetos son clave en cualquier trabajo, porque un objeto es tan importante como un actor, viene a comunicar lo justo. En escena no puede haber nada que no esté ahí para comunicar. El objeto es con lo que vamos a producir todos los objetos. Es como el cáliz donde metemos todo el trabajo, y con eso hacemos la ofrenda en cada función. Por eso los objetos son tan importantes. ¿Por qué? Porque no puede ser cualquier objeto. Es el objeto designado para cada trabajo. Es exactamente ese y no otro. Unos se encuentran, otros aparecen, otros se buscan… pero todos vienen a lo mismo. Esa es quizá la mayor manía de la creación, pero pienso que debe ser así. Cuando he dado talleres y he trabajado con gente en torno a los objetos, intento transmitirlo. El objeto es una prolongación de ti y tú eres una prolongación del objeto. A veces el objeto habla más que tú; otras veces, tú hablas más que él. Habla en un sentido metafórico. Cada objeto tiene también su propio texto, está cargado de muchas cosas. Tiene una presencia, incluso como en el cine.

Muchos críticos hablan de vuestro trabajo como el ‘Teatro de la Resurrección’. ¿Te reconoces en esa definición, Paco?
Hay que resucitar en cada instante porque, si no, en el instante siguiente estaríamos muertos. Hay gente que dice cosas muy bonitas de nosotros. El problema está en si tú te las crees o no. A la hora de comenzar una creación estás más solo que la una, y no te sirve nada. No te sirve nada porque siempre es un comenzar. Y ese comenzar es… Si uno no tiene ese sentido de volver a vivir, no vive. Constantemente tenemos el sentido, y la obligación, de seguir viviendo y la resolución es creer en el instante. Ese instante que abre el siguiente instante. Eso es resucitar. Y el teatro, en ese sentido, es resucitar. No lo digo por llevarle la contraria al maestro Kantor, que decía que “el teatro es la muerte”, y con el que tuvimos la suerte de trabajar en Polonia, en la Cricoteka, y de ver todo aquel mundo maravilloso que nos legó. No es que él hiciera el teatro desde la muerte. Sin resurrección no se puede vivir. En otoño se cae la hoja, llega la primavera, y los árboles vuelven a resucitar. Pues cada trabajo nuestro es una resurrección de nosotros mismos, y también de la gente que nos ha venido siguiendo desde hace muchos años, que ha visto muchos trabajos nuestros y que, en algunos casos, son más ‘zarandianos’ que yo.
¿Qué lugar ocupa esta pieza dentro de vuestro lenguaje ‘zarandiano’?
No me preocupo del lenguaje. Si el lenguaje es ‘zarandiano’, eso lo dicen otros, gente que habla de nosotros, a veces con mucho amor, y a veces con acierto. Para mí lo importante es ese volver a empezar, ese volver a ilusionarte, ese saber que el árbol al que se le cayeron las hojas volverá a brotar. Ese impulso y ese sentir. Ese buscar el contraste, la luz cuando saltan las chispas. Nosotros siempre lo hemos perseguido. Después de tantos años, uno puede permitirse imitarse a sí mismo. Eso está claro, pero tienes la obligación, más que de imitar, de nacer de nuevo. Y en ese sentido está la resurrección. Ese nacer de nuevo no es algo que tú decidas. Viene dado de manera natural. Cuando nos separamos de lo natural, empieza lo artificial, y lo artificial nunca es arte. El arte es algo natural. El arte es hablar con eso que yo no conozco, que es el absoluto. El ser humano eleva la vista y se pregunta por qué la muerte está presente en cualquier cultura. Y esa pregunta conduce al teatro, sin lugar a dudas. Esa es la noche oscura, cuando ya no ves nada. Y cuando más fuerza necesitas, ya no sabes de dónde sacarla. El otro día leí, o quizá lo dije yo, ya no me acuerdo, que la risa es una lágrima al revés. Si al teatro le das la vuelta, aparece la vida; y si a la vida le das la vuelta, aparece el teatro. Por aquello que decía Calderón que “la vida es sueño… y los sueños, sueños son”.
Después de tantos premios, reconocimientos y giras, ¿qué te sigue empujando a asumir el teatro como “misterio, riesgo y ofrenda”?
¿Qué es un premio? El premio es haberme levantado hoy y que alguien se preocupe por lo que nosotros hacemos, ya es suficiente. Y si además te llama alguien y se preocupa por lo que haces, como es tu caso, pues también es importante.