El pasado 19 de diciembre Donald Trump empezó a encabezar oficialmente el nombre de un célebre espacio de artes escénicas estadounidense, The John F. Kennedy Center for Performing Arts, ubicado en Washington D.C., que ahora se llama Trump Kennedy Center. El recinto fue construido en 1963, tras una campaña de recaudación de fondos que llegó a los 30 millones de dólares. La idea de que fuese un homenaje a John Fitzgerald Kennedy fue del presidente Lyndon B. Johnson, que bautizó el espacio con su nombre apenas dos meses después de su asesinato.

Si de algo sabe Donald Trump, el payaso, es de batallas culturales. Ahí es un auténtico genio. Trump es consciente del simbolismo de la asociación de una persona a un lugar público. Bautizar un espacio con un nombre propio implica no solo un homenaje a los logros, sino también un reconocimiento de valores y la inclusión en la memoria colectiva de lo común, de aquello que es aceptado como normal dentro de cada sociedad. Por eso están tan disputados los nombres de calles, aeropuertos, estaciones de trenes… Por eso hay que acabar de eliminar los nombres de líderes de la dictadura de Franco de las vías públicas de España. Por eso habrá que revisar el nombre de Barajas-Adolfo Suárez, de demostrarse cierta la denuncia por abusos sexuales. Por eso las marcas anteponen su nombre al del teatro que patrocinan. Por eso es tan importante que las dos principales estaciones de tren de Madrid lleven nombre de mujer, Almudena Grandes y Clara Campoamor.

Hace mucho que Trump se ha convertido en sentido común. Ha conseguido adueñarse de la ventana de Overton y dicta a su conveniencia qué es lo impensable y qué es lo razonable, en qué consiste el tabú y qué ha de ser lo popular. El teatro, de naturaleza precaria y siempre en los márgenes de la producción cultural por su escaso impacto, no parecía estar entre sus objetivos. Pero ya ha llegado. Ya hay un teatro bautizado como Trump. El teatro quizá no sea el último reducto de la producción simbólica de izquierdas, debido a la extrema dependencia de lo público, pero sí es el único acto de comunicación público que no se puede controlar al 100 %. ¿Qué implicará actuar o estrenar en un espacio llamado Trump?

La extrema derecha actúa de forma quizá no coordinada, pero desde luego sí conectada, en todo el mundo. Se sabe de sus reuniones, de su financiación cruzada y de su apoyo mutuo. Hay informaciones que demuestran cómo se comparten tácticas entre líderes de distintos países, gracias al trasiego de asesores de comunicación a través de América y Europa. Gracias a ese modus operandi, lo que hace unos años era impensable en España ahora está siendo posible. No se sabe hasta dónde llegará la extrema derecha aquí, pero si queremos conocer su hoja de ruta y anticiparnos, quizá esté bien mirar lo que ya están haciendo en otros lugares.

 

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