"Todos vivimos en una jaula"
El director galardonado con el Premio Max, Edy Asenjo, y el actor Luis Mottola se unen en una de las propuestas escénicas "más incómodas y provocadoras de la temporada", como ellos la califican. Entre el humor, la sátira y la herencia de Kafka, Gorila, la jaula humana reflexiona sobre la identidad, el éxito, la necesidad de encajar y las máscaras que todos construimos para sobrevivir en sociedad.
Edy Asenjo y Luis Mottola conversan con Godot sobre el origen de esta adaptación contemporánea inspirada en Informe para una Academia de Kafka, el proceso de creación de Macumba y las preguntas que plantea una obra que obliga al espectador a mirarse en el espejo de sus propias contradicciones tras pasar por el Teatro Muñoz Seca, donde actualmente podemos verla.
Vienes de una trayectoria marcada por la investigación escénica y por un Premio Max con Antígona tiene un plan. ¿Qué lugar ocupa Gorila dentro de tu recorrido como creador?

Edy Asenjo: El protagonismo de Luis Mottola fue decisivo para encontrar la dirección adecuada de esta versión pop y contemporánea del clásico de Kafka. Siempre procuro escribir pensando en el actor, en su energía, en su imaginario y en aquello que el público proyecta sobre él.
Nadie espera, al ver a Luis Mottola, encontrarse con un personaje profundamente atormentado, vulnerable o incluso obsesionado con los cachorros abandonados, y precisamente ahí aparecía para mí la conexión perfecta con la actualización del simio kafkiano. Me interesaba trasladar aquel mono que a principios del siglo XX intentaba desesperadamente convertirse en humano a un presente dominado por el éxito, la exposición pública y la necesidad constante de agradar.
Espero que Gorila, la jaula humana suponga también un paso importante en la consolidación de la compañía en Madrid.
Macumba vive entre lo animal y lo humano. Como actor, ¿desde dónde comenzaste a construir un personaje tan complejo y contradictorio?
Luis Mottola: El primer instinto, cuando recibes a un personaje así, es el de buscar el animal, pero tuve que descartarlo casi de inmediato. Macumba no es un simple gorila que ha aprendido a fingir humanidad, sino alguien que lleva tanto tiempo siendo humano que casi lo ha conseguido del todo.
En realidad, el trabajo fue al revés: construir al humano convincente en el que Macumba ha llegado a convertirse y, desde ahí, encontrar sus grietas, porque son esas grietas las que el público reconoce, no el gorila, sino el esfuerzo por no serlo.
Y ese esfuerzo lo conocemos todos un poco, nuestra propia transformación de animal al humano que construimos para relacionarnos en sociedad y, en ese relato, van surgiendo la identidad, la libertad, la domesticación, el éxito, la soledad…
La obra combina sátira social, teatro físico, performance y una estética cercana al espectáculo mediático. ¿Cómo nace ese lenguaje escénico tan particular?
E. A.: Desde que empecé a trabajar profesionalmente en 2007 he hecho prácticamente de todo. Nunca me he sentido un teatrero al uso ni alguien interesado exclusivamente en el teatro dentro del teatro. Utilizo la escena más bien como un lugar donde ensamblar disciplinas, lenguajes y obsesiones muy distintas.
En Gorila huyo deliberadamente de una adaptación solemne de Kafka. Me interesaba más convertir Informe para una Academia en el retrato de un tipo devorado por el éxito, alguien que quizá está más cerca de pegarse un tiro que de disfrutar de aquello que ha conseguido. La obra tiene algo de show televisivo, algo de animador de crucero y algo de confesión desesperada.
Supongo que, en el fondo, Gorila, la jaula humana está bastante ajustada a la esquizofrenia emocional y cultural de nuestra época.

La obra habla de la necesidad de ser aceptado y de encajar en la sociedad. ¿Crees que esa presión también existe dentro de la profesión actoral?
L. M.: Sí, existe, y es bastante más sutil que en otras profesiones porque viene disfrazada de criterio artístico.
En los castings, aprendes rápido qué tipo de actor vende, qué perfil tiene demanda, qué cosas conviene retocar para encajar en determinados proyectos y, sin que te des demasiada cuenta, estás en un proceso parecido al de Macumba, adaptándote, ajustándote, calculando cuánto puedes mostrarte sin incomodar.
Todos hemos sentido esa fricción entre quiénes somos y quiénes debemos parecer.
Detrás de la historia de Macumba parece existir una reflexión sobre la integración, la apariencia y la necesidad de aprobación. ¿Cuál era la pregunta que querías lanzar al espectador?
E. A.: No me interesa demasiado ese tipo de teatro que parece empeñado en explicarle al espectador lo que tiene que pensar o cómo debe posicionarse moralmente frente a lo que está viendo.
En el fondo, Gorila, la jaula humana habla de algo bastante simple y bastante brutal: todos estamos intentando desesperadamente adaptarnos a un mundo que nos obliga continuamente a representar un papel para ser aceptados.
Si además de pasar un buen rato el espectador siente en algún momento la necesidad de mirarse en el espejo de ese simio atrapado en un escenario -o quizá de ese sapiens encerrado en su propia jaula- entonces creo que Gorila ya ha cumplido bastante bien su función.
Macumba termina convertido en una celebridad admirada por todos. ¿Qué reflexión os genera la relación actual entre éxito, exposición pública y reconocimiento?
L. M.: Macumba ha alcanzado un determinado éxito, pero ¿qué pasa con su libertad?
Todos hemos aprendido a callar cosas, a suavizar, a pretender situaciones y estados emocionales, a adaptarnos para sobrevivir socialmente. Pero la pregunta real es: ¿a qué precio? ¿Cuánto de ti mismo estás dispuesto a sacrificar para ser aceptado?
El éxito es una construcción y, por lo tanto, una trampa. Palmadas en la espalda y reconocimiento es lo que nos han enseñado a perseguir, pero, aunque lo consigamos, ¿podemos estar seguros de que realmente nos están viendo? ¿O ven solo esa versión que hemos construido para atraer el aplauso?
E. A.: Me interesaba hablar sobre todo de la enorme ficción contemporánea de que todos somos iguales, de que todos tenemos acceso a las mismas oportunidades y de que vivimos en una sociedad completamente abierta y horizontal. Vivimos en una época donde mucha gente construye versiones paralelas de sí misma para poder sobrevivir socialmente, afectivamente o incluso profesionalmente. Hay algo casi esquizofrénico en esa necesidad continua de representación, de éxito y de validación pública. En el fondo, una sociedad enferma difícilmente puede estar compuesta por individuos sanos.

El espectáculo provoca risa, pero también incomodidad. ¿Qué lugar ocupa el riesgo en tu manera de entender el teatro?
L. M.: El riesgo real en el teatro no es hacer algo raro o transgresor por el placer de serlo, sino hacer lo que tu cabeza y tu corazón te dicen y exponerte a la posibilidad de que no funcione. Con Gorila, hay noches en las que la función elige un camino que no estaba planificado y tengo que decidir, en segundos, si sigo el camino que marca el mapa o me subo a lo que está pasando de verdad en la sala. El teatro es un arte vivo, y el riesgo es inevitable si quieres que exista verdad.
Después de convivir tanto tiempo con Macumba, ¿qué has descubierto sobre el personaje -o sobre ti mismo- que no estaba en los primeros ensayos?
L. M.: Que es una situación mucho más triste de lo que yo mismo y el director habíamos calculado.
Una soledad enorme, una tristeza vital. Macumba tiene todo lo que se supone que construye seres humanos completos y felices. Pero no es más que la misma mentira que los relatos de millones de cuentas en las redes sociales de vidas ficticias y vacías. La dictadura de la apariencia.
Lo curioso es que esa muerte en vida me impacta más ahora que cuando empezamos. Con cada función, me ha ido importando más, no menos. Lo que he descubierto sobre mí es que, con los años, le tengo más miedo a la soledad del éxito. Sobre todo, porque la definición de éxito es muy personal y, por lo general, nunca coincide con lo que pueda pensar el de al lado.
Cuando el público abandona la sala, ¿qué reflexión te gustaría que siguiera resonando en su cabeza al día siguiente?
E. A.: Me gustaría que el público saliera pensando que todos sufrimos cuando se apaga la luz. Que nadie tiene realmente tanta suerte como aparenta y que aquello que parece brillar en la vida del otro casi siempre lleva asociado un conflicto, una herida o un drama que desconocemos.
Supongo que, si la obra deja algo resonando al día siguiente, me gustaría que fuera precisamente eso: la idea de que detrás del miedo del otro siempre debería existir un espacio para la comprensión.