Angélica Briseño y Gabriel Molina son los fundadores de Sala La Usina, un espacio escénico ya fundamental dentro del panorama teatral madrileño.
Ahora celebran 20 años desde que abrieron sus puertas y con su compañía, Teatro de Operaciones, ponen en marcha Tempestad. Disturbios Atmosféricos Violentos, un viaje explorando La Tempestad de Shakespeare que estrenan los días 24 y 25 de septiembre en SURGE Madrid en Otoño y que luego seguirá programada en octubre.
Habladme de vosotros a nivel personal. ¿Quién es Gabriel? ¿Quién es Angélica?
Angélica Briseño: Yo estudié con Luis de Tavira en La Casa del Teatro, en Ciudad de México. Y al mismo tiempo también estaba estudiando Filosofía y Letras, pero después tiró más el teatro y dejé Filosofía. Fuimos la primera generación de La Casa del Teatro. No era una escuela común, sino que vivíamos todos los alumnos en un mismo sitio, hacíamos meditación, corríamos durante la comida, se investigaba, se leía mucho… era una disciplina muy intensa. Pues ahí terminé con un montaje para mi graduación, la obra Siete puertas de Botho Strauss. Y esa obra fue a verla Alberto García de Teatro Pradillo, porque él es mexicano de origen. Y le encantó. Nos pasamos el contacto y cuando terminé en La Casa del Teatro me cogí un tiempo para viajar porque estaba saturada de tanta disciplina. Estuve viajando por Europa, llegué a España y contacté con Alberto. Él estaba trabajando con Alfonso Pindado en la Sala Triángulo. Yo vi esa forma de trabajar y me gustó mucho esa forma de hacer teatro, muy distinta de lo que yo venía haciendo. Alberto me dijo que por qué no me quedaba en España, que hacía falta una actriz para un proyecto y me quedé, pero siempre con la idea de volver a México. Y en un taller en la Triángulo conocí a Gabriel y ya no volví.
¿Y cuál es tu historia, Gabriel?
Gabriel Molina: Yo en Argentina hice dos carreras, me gradué en el Conservatorio de Arte Dramático, lo que vendría a ser aquí la RESAD, y me gradué también en la Facultad de Psicología y logré trabajar de ambas cosas. Concursé y obtuve la Ayudantía de Cátedra de Interpretación en el Conservatorio, luego después conseguí la cátedra titular, y además también atendía pacientes. Tenía una cierta estabilidad laboral y económica allá en Buenos Aires en esa época y eso me permitía viajar un poco y siempre estaba la idea de pasar por España.
¿Qué era eso que te atraía de España?
Gabriel Molina: Pues mis raíces. Mis apellidos son Molina, González, Mendizábal…, todos esos apellidos vienen de acá, así que había esa conexión con España con me llamaba de alguna manera. Así que en el año 2000 yo ya había armado un viaje de prueba para venirme. Estuve preparando un proyecto teatral que se llamó MK 054 con mi grupo Los Cafiolos. Pedí una licencia sin goce de sueldo en la Universidad, derivé pacientes a los que atendía en mi consulta de Psicología y me vine con dinero para aguantar seis meses. Y ese era mi plan, si funciona, funciona, y si no, me vuelvo allá y recupero la Cátedra. Y funcionó muy bien. No tenía papeles, mi legalidad fue hacer el Doctorado de Fundamentos y Desarrollo Psicoanalíticos en la Complutense, y ahí obtuve la tarjeta de estudiante y ahí tuve posibilidad de trabajar media jornada. Después me hicieron un contrato de trabajo en la Triángulo, que llevé un poco la programación y estuve dando las clases y tal. Esto es en 2001.
Angélica Briseño: Ese fue el año en el que nos conocimos. A los 4 meses ya estábamos viviendo juntos y ahora tenemos una hija de 23 años, un hijo de 7 años y una sala de teatro de 20 años. Fueron todo decisiones impulsivas, pero han funcionado.
Gabriel Molina: Una vez nos conocimos empezamos ya a trabajar juntos. Empezamos a alquilar locales para dar talleres, clases y seminarios. Empezamos a montar espectáculos, como una versión de Macbeth que llevamos al Festival de Vigo.
Angélica Briseño: Hacíamos investigaciones teatrales muy chulas en la calle, y ahora al pensarlo me han entrado ganas ganas de volver a eso, porque eran cosas muy osadas, como tratar de sostener la conducta del personaje de manera realista en la calle, en el metro, entrando en un bar…. y lo grabábamos y era muy potente ver lo que le pasaba a los actores cuando trataban de sostenerlo. Pero siempre teníamos la idea de tener un lugar propio. Y en 2006 abrimos La Usina en la primera sede de Tirso de Molina.
Gabriel Molina: Al recordar todo esto estoy pensando que la raíz que nos sostuvo aquí fue afectiva. Si hubiera ido bien el trabajo, los cursos, los seminarios o las obras de teatro, pero no hubiera un arraigo afectivo, no sé si la cosa hubiera avanzado como avanzó. La construcción amorosa y afectiva es la que a mí me sostuvo aquí de verdad.
Angélica Briseño: Cualquier posibilidad de moverte en algún sitio tiene que ver con tener lo que es más importante, al menos para nosotros, que son nuestros hijos, nuestra familia, nuestro amor…

A medida que avanzaba vuestra relación afectiva, ¿cómo crecía también vuestra relación con el teatro a nivel?
Gabriel Molina: Fue una época de hacer muchas cosas, muchos proyectos. Y con cada proyecto que emprendíamos juntos íbamos creciendo como compañía de teatro y como pareja también. Era un aprendizaje continuo. Una cosa que recuerdo mucho, es que un día Angélica me dijo que trabajando juntos había aprendido a disfrutar, porque ella venía de una educación teatral muy rigurosa, muy disciplinada. Y eso es algo que no se me va a olvidar nunca, porque me pareció muy bonito.
Angélica Briseño: Lo que yo aprendí de Gabriel de primeras, que me encantó, fue la capacidad de ver las cosas positivas en todo el mundo. En fijarse más en las cosas buenas que pueden hacer todos y no incidir solamente sobre el error. Me pareció muy bonito que dejara pasar las menudencias que lo pueden enturbiar todo y siempre quedarse con lo positivo.
Que también a nivel de pareja es muy importante hacerlo…
Angélica Briseño: También, también (risas). Hasta ese momento yo me sentía siempre como a prueba, siempre con el miedo de tener que hacer todo bien, de no ser suficiente, porque eso es lo que yo mamé todo el tiempo al estudiar con grandes profesores, pero muy cabrones. Tenía demasiada autoexigencia. Y entonces de pronto yo con él me di cuenta de que podía respirar, de que podía disfrutar. En el teatro los personajes no son los mismos todos los días, porque tú no eres la misma todos los días y esa flexibilidad me salvó.
Gabriel Molina: A mí, Angélica me cambió la vida, le dio la vuelta a mi mundo por completo. Es una creadora maravillosa y sigo disfrutando y aprendiendo de ella cada día.
Llegamos al momento en el que cerráis la sala de Tirso de Molina y abrís aquí, este espacio en el que estamos en la calle Palos de la Frontera.
Gabriel Molina: El espacio de Tirso no daba para funciones, y surgió este local en el que estamos ahora. Acá arriba hay una empresa que se llama Alfa Inmobiliaria, que era la dueña también de este espacio. Así que lo pudimos coger y estuvimos mucho tiempo de obra, tirando paredes, pintando, haciendo la grada… Nos lo curramos muchísimo, la verdad. Al principio, el único ingreso que teníamos para poder sostener todo eran los cursos, no teníamos prácticamente ningún otro ingreso. Luego ya cuando empezamos a programar empezamos a tener ingresos de taquilla, que siempre es mínimo, y todavía pasó bastante tiempo hasta que pudiéramos acceder a las ayudas.
Angélica Briseño: Cuando dábamos los talleres en Tirso, teníamos como vecinos al Teatro de la Puerta Estrecha, que fueron súper majos con nosotros. De hecho, estas gradas y estas butacas que tenemos aquí nos las regalaron ellos, porque a ellos se las había dado La Casa Encendida y estas les sobraron y nos las dieron. Rodolfo (Cortizo, fundador de La Puerta Estrecha) nos hizo ese inmenso favor, porque estas butacas ignífugas italianas no las podríamos haber pagado jamás. Alberto García siempre ha estado ayudando también. Son personas que han sido clave en nuestros inicios y de las que nos queríamos acordar.
Gabriel Molina: En 2008 ya empezamos con programación regular. En 2010 ya pudimos empezar a acceder a ayudas del Ayuntamiento de Madrid, de la Comunidad de Madrid, del INAEM. Y En el 2014 nos dieron la ayuda del Consorcio de Rehabilitación de Teatros. Entonces acá hubo una mega obra porque hubo que ampliar el pasillo de entrada por la normativa, hubo que hacer un baño adaptado, hicimos la pared para separar el hall del escenario, ya que se metía el ruido de los coches que pasaban por la calle en escena. Y así ha ido creciendo la sala día a día.
¿Recordáis cuál fue la primera obra que programasteis?
Gabriel Molina: Lo primero que hicimos fue El Cuarto Negro.
Angélica Briseño: Es verdad, era un proyecto muy loco (risas).
Gabriel Molina: Poníamos acá un cuadrilátero de sillas, ya que no estaba el patio de butacas todavía. Poníamos alambre de gallinero todo alrededor. Actuaba yo, y estaba Tomás Pozzi y Lara Tejela. Angélica estaba infiltrada en el público y liábamos una muy gorda jugando con el público. Era muy rompedora en su momento.
¿Y ahora se podría hacer algo así?
Gabriel Molina: Yo creo que sí, pero es una excelente pregunta, porque siempre tengo la sensación de que en esa época había más riesgo, éramos más gamberros. Y es verdad que creo que eso cambió. En esta obra de la que hablamos, por ejemplo, en un momento sacábamos una taladradora que estaba preparada como si fuera un torno de dentista y había un truco de sangre y salía sangre, y la gente se horrorizaba, se levantaban dos espectadores, también infiltrados, que empezaban a gritar: “esto es una mierda, que nos devuelvan la entrada, que nos devuelvan la entrada”. Entonces el actor que hacía de mayordomo los hacía salir por una puerta y al rato los traía muertos metidos en una especie de bolsa. Era muy rompedor, la verdad. Quizá era otro momento, otra necesidad… no sé.
Angélica Briseño: Tal vez haya que volver un poco a eso, porque existe cierta uniformidad en todo, hay modernidad, claro, pero es una modernidad más de espera, de observación, de pasividad… no sé. Habría que volver a hacer que los espectadores se sintieran en riesgo cada vez que vinieran a un teatro, de riesgo emocional, claro.
Gabriel Molina: David, uno de los alumnos que tenemos ahora en uno de los cursos, vio esa obra en su momento y se quedó impresionado, siempre le quedó el recuerdo. Y claro, ahora que nos conoce, sabe que nosotros tratamos de que la gente que viene aquí a aprender se sientan con total libertad, trabajando con rigor, pero con la libertad de poder probar.
Ya que mencionas la formación, algo básico de vuestra trayectoria. ¿Cuáles son los pilares básicos que transmitís como formadores a la gente que viene?
Gabriel Molina: En realidad, lo que tratamos de armar son grupos de investigación. Tratamos de trabajar con gente que se meta en proyectos de investigación y que el aprendizaje surja a partir del material que van investigando. Son clases de interpretación, tienen entrenamiento, trabajamos técnicamente todo lo que necesitamos transmitir, pero nos interesa mucho que el actor, o el estudiante, tenga la capacidad no solamente de interpretar, sino de crear, de tener una posición creativa, de darle valor a la mirada de esa persona que está creando un personaje o que está planteándose una escena, y eso a mí me parece interesante. Esto es algo que no se puede hacer con grupos muy grandes, por eso tenemos grupos de hasta 12, como mucho 14 personas, para poder hacer un trabajo cuidado.
Angélica Briseño: Esa es la clave, que haya investigación, pero una investigación dirigida a ofrecerles la posibilidad de tener una posición creativa, de estar creando, no solo interpretar. También nosotros hemos aprendido a adaptar los grupos de trabajo a la realidad. Después de la pandemia el paradigma social ha cambiado. Ahora la gente tiene menos tiempo para hacer cosas y no se les puede meter una exigencia como la que teníamos cuando empezamos en Tirso de Molina, porque era una época diferente.
Y esto también tiene que ver con que está muy asociada la formación a la sala. Entonces generalmente cuando hay un proyecto que crece, en lugar de que termine solamente en la experiencia de investigación, pasa a programación. Estamos nosotros con el grupo todo el tiempo y hay otro lugar de aprendizaje con público.
¿Vuestra compañía, Teatro de Operaciones, se nutre de la gente que se ha formado con vosotros?
Angélica Briseño: Claro, es gente que se ha formado con nosotros, principalmente, aunque haya sido hace tiempo, y gente que está todavía formándose aquí. Y también personas de fuera que nos interesa mucho su trabajo. Pero la base está en gente de la casa. La gente que se va generando en los cursos es como muy cuidadosa y cuando de pronto entra alguien nuevo cuya energía está más enfocada en la competición o que genera mala onda, poco a poco va desapareciendo del grupo de forma natural, es como si se repeliera. Lo importante y lo que nos hace felices es que la gente con la que estamos trabajando es buena gente, y yo valoro mucho más trabajar con buena gente que con gente que no busque crecer como grupo.
Gabriel Molina: Cuando el ego está puesto de manera individualista es entonces cuando aparece la energía más fea.
Angélica Briseño: Nos cuidamos mucho. Hay una sensación de cuidado entre todxs que creo que es por lo que da gusto venir a La Usina. Es como cuando salías al patio del recreo a jugar con tus amigas. Es esa sensación.
Gabriel Molina: Y cuando un grupo es así, está lleno de buena gente que cuida y mira por todxs, también te permite crear cosas más difíciles, porque hay confianza como para decirse las cosas y poder trabajar desde otros lugares que te lleven más allá.

¿Cómo se articula la programación mensual de una sala como La Usina? ¿Cuáles son los criterios que seguís para programar?
Gabriel Molina: De la propia producción de la sala surgen como unas tres obras al año. Luego nos llegan dossieres de diferentes proyectos y vamos eligiendo en función de si nos parecen interesantes o no. También tenemos que llenar una serie de funciones al año y vamos programando obras de todo tipo para dar cabida a diferentes públicos, pero sobre todo programamos cosas que nos parezcan interesantes e innovadoras. Generalmente los grupos que tenemos son grupos emergentes. Creo que la mayoría de las salas alternativas somos, de alguna manera, una plataforma para cualquier grupo que está empezando, que no puede acceder a los circuitos teatrales más comerciales u oficiales. Y de pronto de aquí han crecido compañías que luego se han hecho profesionales.
Es verdad que como sala alternativa, y con las capacidades que nosotros tenemos, dependemos mucho, creo que como todas las salas, de las convocatorias de público que generan las propias compañías, entonces tratamos de trabajar lo mejor que podemos en ayudar a las compañías a difundir su trabajo para llegar a más gente.
Y otro criterio que tenemos es que hacemos un pacto con los proyectos que programamos, y es que vamos a mutuo riesgo. La cosa puede ir bien, puede ir mal, pero tratamos de cuidar a todo el mundo para que las compañías crezcan, porque yo buscaba eso también cuando no tenía lugar.
Angélica Briseño: Somos como un espacio de primera ilusión. Es decir, la sala alternativa se asume como un espacio donde se empieza a germinar algo que puede volar hacia cualquier lugar. Queremos que los proyectos pasen por aquí, que crezca algo y que vaya donde tenga que ir, me parece una labor de las salas alternativas muy generosa. Por aquí paso Voadora en su momento, que apenas estaban empezando. Hicieron funciones, talleres, y estaban encontrando su camino, y ahora ya vemos dónde han llegado. Y es reconfortante sentirte parte, en cierta manera y de forma chiquita, claro, de esa trayectoria.
¿Y no se echa en falta que, de vez en cuando, esa generosidad de la salas se vea devuelta de alguna manera por esas compañías? Que vuelvan a las salas para hacer algo, que cuando tengan un micro delante os mencionen… Hay gente que lo hace, claro, como María Velasco con Cuarta Pared, Javier Bardem con Corazza… Pero que sea como algo más común y habitual.
Angélica Briseño: Claro, estaría muy bien, porque en estos tiempos el poder de movilización que tienen las figuras importantes es muy grande y sería un buen retorno y un buen empujón para las salas. Es verdad que nosotros siempre que nos encontramos con gente que ha pasado por aquí en festivales y eventos sí nos recuerdan con cariño, o eso sentimos. Pero lo que tú dices también estaría muy bien, porque a las personas que están muy bien posicionadas no les costaría nada acordarse del espacio en el que se formaron o donde les dieron la primera oportunidad de mostrar su trabajo.
Ahora, vuestra compañía, para celebrar los 20 años de trayectoria vuelve a estrenar una producción propia sobre La Tempestad. Otro Shakespeare en vuestro caso.
Angélica Briseño: Volvemos con Shakespeare, sí (risas). Antes yo no sentía tanta atracción por Shakespeare, te lo juro. Pero yo creo que tiene que ver con los años también y con la escucha de esa sabiduría que tienen sus textos, que ahora sí que me conmueven. Y ahora mismo, La Tempestad, que es la última obra de Shakespeare y una especie de compendio de todas sus obras, nos interesaba mucho y me ha conmovido mucho.
Gabriel Molina: Nosotros vamos haciendo producciones en función de nuestras ganas y nuestro estado de ánimo, pero siempre, cada poco tiempo, recurrimos a Shakespeare porque lo tiene todo. A mí, particularmente, me seduce la idea de explorarlo a fondo, de investigarlo, y de meternos en su texto a ver a dónde nos lleva. En ninguna de nuestras obras partimos de la idea de vamos a contar esto tal cual lo estamos leyendo, sino que tratamos de ver qué nos provoca a nosotros.
¿La Tempestad es un texto elegido en este momento concreto por algo, porque como dice Angélica es un cierre, es un compendio de todas sus obras por cumplir 20 años de trayectoria o no tiene nada que ver?
Gabriel Molina: No, no lo relacionamos con nuestros 20 años y si es por lo del cierre de una etapa ya te digo que para nada.
Angélica Briseño: El poner en marcha esta obra tiene que ver más con la realidad del mundo que estamos viviendo, lo del poder que ejercen unas personas otras, sobre cómo quieren apoderarse de las cosas de los demás, y La Tempestad siento que va un poco por ahí.
Gabriel Molina: Para nosotros, lo que apareció como un desafío, es empezar a descubrir, y ya metiéndonos en la estructura, como una repetición, como acto de Próspero, de lo que él había sufrido con su hermano operando sobre Calibán. Esta cuestión de la dominación como arrasar al otro, que de pronto no está explícito eso en el texto, pero hay algo de Próspero que si tú lo quitas del cuentito de Próspero, haciendo justicia o venganza por lo que vivió con el hermano, se ve que él está repitiendo el acto de arrasar sobre otro, en este caso sobre Calibán, que lo interpreta Angélica.
Entonces ahí aparece una reflexión sobre esto. Vamos siempre detrás de algo, como dice el texto de La tempestad, como ratas que van detrás del premio, que es el propio veneno que te va a matar. Entonces estamos siempre peleando por pasta, por poder, y al final nos vamos a morir y no nos vamos a llevar nada. Entonces, de alguna manera, lo que hace Próspero al final, después que tiene esa escena con Calibán, es algo que para mí sí tiene que ver con el momento vital en el que Shakespeare escribió este texto, que es soltar. Tenés todo el poder del mundo, podés manejar la naturaleza a tu antojo, podés hacer todo lo que quieras, pero en el fondo estás preso de ese poder o de esa cantidad de dinero. Entonces yo creo que el aprendizaje tiene que ver con eso, con soltar, que es diferente de aprender a perdonar, que es algo que pasa en algunas lecturas de La tempestad, sino que tendría que ver con perdonarnos para soltar. Yo creo que cuando uno se perdona cosas puede soltar. Todo es un poco a dónde nos llevó esta tempestad.
Y después jugamos mucho, porque armamos un espacio escénico con escaleras, con andamios, y con cosas acá, que está bueno, nos gusta visualmente, físicamente, y con el grupo disfrutamos trabajando
Angélica Briseño: A mí, lo que me interpela y me toca de este texto, es el hecho de la apropiación de lo otro, de sentirte dueño de lo otro, porque se supone que tú tienes más conocimiento porque tienes más libros. “Yo tengo el conocimiento de los libros”, dice Próspero, pero da igual que esté hablando de magia, está hablando de lo que está pasando en el mundo. Yo tengo el conocimiento y tú eres un pringado, un pueblo ignorante. “Yo te doy las letras”, le dice Calibán. Y él responde: “Tú me enseñaste a hablar y ahora no sé más que maldecir”. La rebelión de Calibán es la rebelión también del pueblo sometido. Me estás sometiendo y metiendo miedo todo el rato porque me quieres quitar todo, pero yo tengo que hacer algo. En el fondo Calibán no sé si ha perdonado, yo creo que Calibán no perdona, ni olvida tampoco. Hay mucho trabajo físico también en la obra. Estamos entrenando mucho, trabajando mucho con música de Jorge Reyes, con música de conexión ritual, y eso nos está sirviendo para articular todo.
Gabriel Molina: Y después ya veremos cómo va. Los proyectos generalmente van creciendo una vez que se estrenan. Uno llega con muchas cosas al estreno y ha dejado muchas cosas atrás también para poder mostrar, pero hasta pasado el estreno incluso los intérpretes se van dando cuenta de la dimensión de su propio personaje y de la obra en su conjunto.
Supongo que es inherente a cualquier creador o creadora una identidad propia, pero yo siento que en vuestros proyectos hay una identidad muy marcada. ¿Creéis que es fácil reconocer los trabajos que hacéis en Teatro de Operaciones?
Gabriel Molina: Está claro que nos somos los mismos que empezamos a exhibir obras en 2008, que todo va evolucionando y cambiando, y que para no repetirnos tiene que haber un desafío, tengo que tirarme a la piscina a jugar en cada proyecto. Si uno está haciendo un proyecto cada año quiere estar seducido por la propuesta. Pero dentro de que no queremos hacer siempre lo mismo, sí que hay unas líneas de creación muy marcadas por nuestra parte. Lo primero es esa investigación de la que hablábamos antes. Luego está la cosa de que aquí creamos juntxs y todxs. La dirección es la guía para llevar al grupo a buen puerto, pero todxs creamos, porque es la base de nuestra filosofía. Pero está claro que cada obra está impregnada de lo que somos Angélica y yo como creadores, y eso se percibe.
No sé si habéis tenido posibilidad de llevar vuestras obras a otro tipo de salas, si es una cosa que habéis buscado o que no os interesa…
Angélica Briseño: Pues es que requiere mucho tiempo y mucha energía hacer eso (risas). Antes lo hacíamos mucho más, pero cuando tú tienes tu propia sala no hay como tiempo real de plantearte generar una obra que vaya a otros espacios. Tenemos a veces una saturación de cosas administrativas que muchas veces no nos deja pensar en nada más que no sea La Usina, en crear para La Usina.
Gabriel Molina: Es verdad que no tenemos una plataforma de proyección a otros lugares de las cosas que hacemos aquí. Por un lado está lo que dice Angélica, lo del tiempo real para gestionar la sala y todas las cosas que llevamos, pero también tiene que ver con esta facilidad de saber que tengo mi propia sala y puedo montar lo que quiera. Entonces esas posibilidades cuando uno quiere crear y jugar están cubiertas, cosa que no pasa cuando uno tiene solo compañía. Ahora, es verdad que sería interesante ver qué pasa llevándolo a cualquier otro lugar. Eso es así. A mí me resultaría interesante para poder investigar otros espacios. Y luego está la infraestructura familiar, que también es un tema.
En el dossier decís que la obra toma el espectador de la mano desde el principio hasta meterlo en las entrañas de la representación. ¿De qué forma lo hacéis? ¿De qué forma cogéis?
Gabriel Molina: Lo principal es que hay escenas que se trasladan al patio de butacas, y eso ya incluye al público de una manera más activa en la obra. Y luego hay muy shakespeariano, y es que hay momentos donde el personaje habla al público. Es algo que podría ser un soliloquio, pero no habla directamente al público, trata de conectar con ellos como si les estuviera explicando algo, rompiendo la cuarta pared. Nos parece que en una sala tan pequeña, con todo tan cerca, es como si el público estuviera dentro del agua, o al menos eso vamos a intentar. Entonces, esos momentos, que son algunos, no todo el tiempo, son como una reflexión pensando con el público.
También el final rompe porque hablan los actores en lugar de los personajes, pero después también hay escenas que transcurren en el patio de butacas, hay desplazamientos de entradas y salidas por otro espacio, incluso se utiliza la parte de arriba…
Angélica Briseño: Preguntas directas también de Calibán al público…
Gabriel Molina: Eso es, todo va por ese lado. Ahora, que lo logremos ya es otra cosa (risas).

Shakespeare sigue explicando perfectamente el mundo actual. Y sin querer comparar nuestro mundo con otras épocas en las que la vida humana valía mucho menos. ¿Pero no sentís que hay como mucha violencia contenida hoy en día en las personas? Aunque solo sea en las cosas cotidianas.
Gabriel Molina: Absolutamente, absolutamente. Es algo que se palpa en el día a día. En cómo nos tratamos, en comportamientos que se ven en la calle, en la gente que conduce. Es una violencia latente que cada vez se hace más visible.
Angélica Briseño: Yo creo que hay una ignorancia absoluta por el espacio que ocupamos en el universo. Yo, últimamente, me siento mucho a hablar con mi hijo, que estamos muy conectados, y hablamos sobre los planetas, sobre la red cósmica. Y yo hago el ejercicio de desprenderme mí y de medir la distancia que me separa de la luna, del sol, del resto de planetas, de las galaxias cercanas… ¿Qué espacio estamos ocupando en el mundo? Estamos peleando por aire, estamos peleando por nada, por polvo. Porque no es una cuestión discursiva, es una cuestión de conciencia del espacio, de lo breves que somos. Entonces, de pronto, ser amable con los demás, sonreír, ser agradecidos… el conectar de verdad con la otredad es algo muy importante. Y está claro que el no llegar a fin de mes, el estar saturada de cosas, el no poder acceder a una vivienda y todos esos problemas que nos asolan están ahí, no lo vamos a negar, pero no es el otro, esa persona que está como tú, la que tiene la culpa de lo que te pasa. Es agotador a veces, pero yo creo que es un ejercicio que tenemos que hacer todos los días, pensar, repensar el espacio que estamos ocupando en el universo.
Por eso Shakespeare para mí es glorioso, porque ya explicaba todo esto y esta obra lo refleja, esa pequeña cuota de poder que le arrebatas al otro cuando le hablas mal a la cajera del supermercado o a la limpiadora de tu oficina, o cuando le quitas el aparcamiento a otro en el centro comercial, eso está reflejado de alguna manera en La tempestad, esa forma de ejercer poder sobre los que tenemos debajo. Y cuando empezamos a trabajar sobre la obra, yo hablaba todo el rato de Palestina como representación máxima de este momento, una violencia televisada, donde estamos ahí mirando en directo cómo un Estado quiere hacer desaparecer a un país completo sin miramientos. Y yo me niego a acostumbrarme a ese dolor, me niego a mirar hacia otro lado.
Entonces, volviendo a una pregunta anterior, es un momento perfecto para representar una tempestad.
Gabriel Molina: Sí que lo es, ciertamente. El mayor acto de rebeldía en estos momentos es la amabilidad, la ternura, saludar, ser amable, cuidar al otro…
Angélica Briseño: Creo que en estos tiempos estamos en medio de una tempestad e intentamos salir de ella golpeando para todos los lados para salvarnos. Puede que avancemos algo así, pero en el fondo será inútil, nos hundiremos igualmente. La única forma de estar a flote es tejiendo redes con los demás. Hay que tejer redes con nuestro entorno, ayudar como sea a las personas que lo necesitan y que están a nuestro alrededor. Tal vez no sea mucho lo que podamos hacer, pero seguramente lo poquito que hago puede ayudar un montón al otro.
Qué rápido han pasado estos 20 años, me habéis comentado antes de empezar la entrevista. ¿Qué balance podéis hacer de este tiempo, de vuestra estancia aquí en Madrid, de cómo os sentís con respecto a la profesión?
Gabriel Molina: Yo personalmente me siento afortunado de poder llevar 20 años con este proyecto, de haber construido nuestra familia también en este tiempo. Yo me siento muy afortunado, la verdad. Y con alegría. Todas las peleas que hemos tenido estos años, fundamentalmente de sostenimiento económico, no alcanzan a empañar para nada la alegría de poder estar. Y esa alegría la queremos compartir con una fiesta que haremos el 26 de septiembre.
Angélica Briseño: Yo creo que seguir luchando también es festejar. Es decir, que no te roben la alegría, no te roben la ilusión. Yo creo que cuando consigan hacer eso estaremos acabados. Así que mientras, sigamos festejando. Yo amo Madrid, me siento feliz aquí, sigo caminándola y me sigo sintiendo en casa en Madrid, y eso con todas las cosas malas que tiene esta ciudad también, claro.
La última frase de Próspero en La Tempestad es: “Ahora ya magia no nos queda y solo algunas fuerzas, que son pocas”. ¿Vosotros cómo vais de magia y de fuerzas para otros 20 años?
Angélica Briseño: De magia estamos plenas, y de fuerza también (risas).
Gabriel Molina: Yo creo que también es importante la gente con la que trabajamos. Nutrirnos de gente que tenga también este mismo espíritu de juego, de probar cosas. Es muy difícil hacer esto si dejas muy abandonado tu niño interno, y poder mantener eso es magia para mí. Y un motor de vida para hacer esto son nuestros hijos, claro. Es un motor de vida espectacular.