Matías Patiño Specter y Mauro Lemaire son dos creadores de Rosario, Argentina, cuyas vidas les han hecho empezar a trabajar juntos en Madrid. Han montado compañía propia, llamada Oh, Sultán! y ahora estrenan su nuevo montaje.
Se trata de Buen día, dije, un texto escrito y dirigido por Mauro y protagonizado por Matías (junto a Florencia Bracalenti) que explora los límites del lenguaje y la dificultad de decir y escuchar.
Esta comedia absurda que nos invita a sumergirnos en la convivencia claustrofóbica, tierna y delirante a la vez, de dos personajes entrañables que buscan reencontrar el amor en medio de discusiones ingeniosas y desbordadas, podrá verse en Salto Escénico los días 19 y 27 de septiembre.
Mauro y Matías, ambos de Rosario. ¿En Argentina empezó vuestra relación profesional?
Matías Patiño Specter: No, curiosamente nuestra relación profesional no empezó en Argentina sino en Madrid. Y eso tiene algo de paradoja, porque los dos somos de la misma ciudad, como comentas, y compartimos varios maestros y directores, como Oscar Medina y Mirko Buchín. Nos conocíamos y admirábamos el trabajo del otro, pero nunca coincidimos en un proyecto.
Cuando llegué a Madrid le escribí a Mau para preguntarle si tenía alguna obra que pudiera mandarme para montar acá. Él me respondió que en unos meses también se venía. Esa conversación, que empezó siendo muy práctica, terminó convirtiéndose en una usina de ideas y proyectos que, por suerte, todavía no terminó. De ahí nació Buzón Escénico, un proyecto internacional que hoy se desarrolla en Madrid, Barcelona, Rosario y Buenos Aires, y que el próximo 23 de octubre estrenará una edición muy especial dedicada a Federico García Lorca. Y, con el tiempo, también nació nuestra compañía Oh, Sultán!
Mauro Lemaire: En Rosario nos conocíamos del ambiente teatral. Veíamos las producciones donde el otro participaba, compartimos los mismos maestros de teatro y muchos colegas en común, pero nunca pudimos crear juntos. Cuando nos reencontramos en Madrid, construimos la oportunidad para hacerlo.
¿Cuál fue la razón de venir a Madrid y qué os encontráis al llegar?
Mauro Lemaire: Cada uno vino por razones distintas y en momentos distintos, pero luego de un tiempo creo que nos terminamos quedando por lo mismo. Crear una nueva vida, en la cual el quehacer teatral sea el centro de nuestro deseo. Madrid nos recibió con una oferta teatral muy interesante donde creemos que podemos instalarnos, aprender y aportar lo que traemos de Rosario.
Matías Patiño Specter: La decisión de venir a España fue completamente personal y familiar. El teatro no tuvo nada que ver con ese cambio. Pero una vez instalado en Madrid me encontré con una ciudad donde el teatro ocupa un lugar muy importante en la vida cotidiana. Me impresionó la cantidad de salas, la diversidad de propuestas y la enorme oferta de formación. Venía de una ciudad con una gran tradición teatral como Rosario, pero fue muy placentero descubrir que aquí podía ver varias obras por semana, de creadores que probablemente nunca llegarían a mi ciudad, y también poder seguir entrenando con nuevos y grandes maestros. Madrid no solo nos dio un lugar donde mostrar nuestro trabajo, sino que también nos obligó a salir de nuestra zona de confort, a aprender cosas nuevas, a desaprender otras que creíamos saber y a crecer no sólo como artistas, sino también como productores y como equipo. Creo que esa mezcla de curiosidad, humildad, honestidad y entusiasmo ha marcado todo lo que vino después y, ojalá, siga marcando todo lo que venga.
¿Y cómo surge la idea de crear compañía propia? ¿Con qué objetivos nació?
Matías Patiño Specter: En febrero del 2024, Mauro se vuelve a Rosario. Yo sigo trabajando acá con Buzón Madrid y él allá inaugura Buzón Rosario y Buzón Buenos Aires. Creo que los dos, cada uno a su manera, extrañábamos al otro y al equipo de trabajo que había empezado a formarse. En diciembre de ese año yo viajo a Argentina, hacemos el Buzón Aniversario en Rosario, y ahí empieza a tomar forma la idea de que él vuelva a Madrid, a quedarse más tiempo y a encarar juntos el camino teatral en una ciudad prácticamente desconocida, pero con un potencial mayor del que podía encontrarse en Rosario. Después de trabajar juntos durante un tiempo nos dimos cuenta de que disfrutamos procesos de creación similares y compartimos una idea bastante clara sobre cómo queremos trabajar y con quiénes queremos hacerlo. Más que una compañía para producir espectáculos, queríamos crear un espacio desde donde poder desarrollar distintos proyectos teatrales, sin sentir que cada uno empezaba desde cero. Oh, Sultán! no nació porque dos personas pensaban igual, sino porque trabajando, dos personas descubrieron que pensaban parecido.
Nunca sentimos que fuera la única manera de desarrollar nuestro lenguaje, pero sí la que más nos representaba. Tener una compañía propia implica mucho trabajo, pero también nos permite cuidar los procesos, elegir los tiempos y rodearnos de personas con las que disfrutamos crear. Para nosotros, eso también forma una parte importante de la obra.
Mauro Lemaire: La compañía nació con el objetivo de ser una puerta laboral donde podamos ver plasmadas nuestras ideas escénicas. No es la única manera de desarrollar lenguaje: cada uno sigue también sus inquietudes artísticas por su propio lado. Pero como compañía, Oh, Sultán! ofrece un empuje y oportunidad de desarrollar una impronta conjunta.
¿Y cuál ese lenguaje personal? ¿Cuáles son las líneas maestras del teatro de Oh, Sultán!?
Mauro Lemaire: A nosotros nos interesa hacer un teatro que sea coherente y auténtico sin dejar de entretener a todo público. Siempre buscamos algo que nos inquiete intelectual y emocionalmente, que nos toque una fibra personal sin perder al público en el intento.
Matías Patiño Specter: Hay algo que intentamos no perder nunca de vista: ser coherentes y honestos con nosotros mismos y pensar mucho en lo que como espectadores nos gustaría ver. No pensamos los proyectos desde lo que creemos que puede funcionar o desde lo que está de moda, sino desde aquello que realmente nos moviliza. Queremos ser fieles a nuestra manera de entender el teatro, incluso sabiendo que a veces podemos equivocarnos. Pero preferimos equivocarnos haciendo algo que sentimos propio antes que pegarla haciendo algo que no nos representa.

Ambos sois actores y directores. Mauro es dramaturgo, Matías más en labores de producción. ¿Cómo es la creación de vuestros espectáculos? ¿Ya tenéis una jerarquía establecida de quien hace qué en cada momento u os permitís jugar de forma orgánica a ser ambos actores o directores?
Matías Patiño Specter: Cada uno tiene un lugar donde naturalmente se siente más cómodo. Mauro tiene más experiencia que yo como dramaturgo y como director. Yo disfruto muchísimo actuando y también estoy empezando a dirigir y a escribir un poco más, pero reconozco que esas son áreas donde él tiene un recorrido mucho mayor. Del mismo modo, yo tengo una forma de organizar, planificar y producir que fui construyendo a lo largo de muchos años trabajando en otros ámbitos, y que son tareas con las que él no se siente tan cómodo ni disfruta especialmente.
Eso no quiere decir que cada uno quede encerrado en una función ya que los dos opinamos sobre las obras, discutimos escenas, pensamos la puesta, proponemos ideas y nos cuestionamos mucho. Hay roles bastante claros, pero las fronteras son muy permeables y creo que eso enriquece muchísimo los proyectos. Un buen ejemplo es nuestro próximo Buzón Escénico Lorca. En ese proyecto los roles se invierten un poco: yo estoy a cargo de la dramaturgia y la dirección, mientras que Mauro actúa y me acompaña como asistente de dirección. Y en Surcos, otro proyecto de la compañía que aún no tiene fecha de estreno, Mau escribe y dirige, y yo lo asisto. Creo que esa flexibilidad también habla bastante de cómo entendemos el trabajo en compañía.
Mauro Lemaire: En estos primeros proyectos estamos descubriendo la dinámica, pero orgánicamente nos vamos acomodando en los diferentes lugares. En Oh, Sultán! lo importante es que podamos expresar nuestra visión, y dependiendo de quien la tenga más clara, el otro se pone a disposición.
Hay una labor de la que se habla poco y a la que se valora poco, como es la de ser productor. Matías, ¿nos puedes desarrollar un poco en qué consiste ese trabajo y cómo de necesario es?
Matías Patiño Specter: Siempre digo, medio en joda, que yo no elegí ser productor, sino que el ser productor me eligió a mí. Si me preguntaran qué es lo que más disfruto hacer, respondería, sin dudarlo, que actuar, después dirigir, después escribir, y bastante más abajo aparecería producir (risas), pero la vida me fue llevando por un camino donde descubrí que había cosas que me salían naturalmente: organizar, planificar, resolver problemas, pensar estrategias, armar equipos… Y entendí que todo eso también podía ponerse al servicio del teatro, que también era una forma de crear.
Muchas veces se piensa que producir es conseguir una sala o buscar financiación y, por supuesto, todo eso forma parte del trabajo. Pero producir también es imaginar cómo hacer posible una idea, cuidar un equipo, sostener un montaje durante meses cuando todavía nadie ve el resultado, reconocer errores para no repetirlos y tomar un montón de pequeñas decisiones que, al final, terminan definiendo una obra. Dicho esto, si mañana apareciera un productor que entendiera nuestro camino, compartiera nuestros valores y quisiera recorrerlo con nosotros… yo sería el primero en recibirlo con los brazos bien abiertos (risas). Porque, aunque hoy me toque hacerlo, y creo que estoy aprendiendo a hacerlo bastante bien, mi vocación sigue estando arriba del escenario. Produzco porque quiero que nuestras obras lleguen lo más lejos posible y no porque sea el lugar donde más feliz soy o más cómodo me sienta.
Decís que, para vosotros, el teatro contemporáneo es hogar y escape. ¿Me podéis desarrollar un poco más esa frase? ¿Qué tipo de hogar y un escape de qué o hacia qué?
Matías Patiño Specter: Para mí el teatro es un lugar donde soy feliz y donde disfruto mucho estar. Y supongo que eso es, en definitiva, lo que uno espera de un hogar. Y lo del escape tampoco lo vivimos como una forma de negar la realidad. Al contrario, creo que vivimos en un mundo que, por momentos, se está volviendo bastante oscuro, más acelerado, más agresivo y, muchas veces, más egoísta. El teatro nos da la posibilidad de salir de todo eso y de volver a jugar. Tengo la sensación de que muchos de los que hacemos teatro seguimos buscando, de alguna manera, volver a ese lugar, porque ahí hay algo muy genuino que con los años vamos perdiendo.
Mauro Lemaire: Cuando estamos creando se genera un estado de entusiasmo y bienestar que nos hace sentir un propósito. Es como si empezáramos a girar la rueda de la bicicleta y, de repente, estamos en el disfrute del andar. Nuestros recursos creativos están disponibles, y más allá del vértigo de cualquier proceso y resultado artístico, nos sentimos confiados y apoyados en el amor y el desafío que ponemos en los proyectos. Se siente como si perteneciéramos a algo bello y cálido… como un hermoso hogar. Pero para ingresar al mismo a veces debemos escapar de la vorágine cotidiana de una vida que, si la dejamos, nos fuerza constantemente a la velocidad, la especulación, el ruido y la performance urbana. Escapamos de esa constante hacia un lugar con otras reglas que inventamos para expresar nuestras partes que no son tan bienvenidas en la cotidianeidad. En el teatro contemporáneo, en cambio, esas sensibilidades no solo tienen un valor, sino que son recibidas como en su casa.
Otra frase de vuestra web es: Trabajar en grupo es un salto de fe permanente. ¿Cómo sigue siendo trabajar juntos después de tantos años? ¿Y cuál es el secreto para formas equipos de trabajo equilibrados y sanos?
Mauro Lemaire: El proceso de trabajo siempre está en construcción constante. Nuestros deseos e inquietudes van cambiando con el tiempo, y el salto de fe se refiere justamente a que esas inquietudes casi siempre vienen con un desafío y una exposición que deja vulnerable alguna parte nuestra y de nuestros compañeros de trabajo. Confiamos en el otro y en los equipos para cuidar de esas partes. Esto lo tenemos en cuenta cuando convocamos a nuevos artistas. Nuestros equipos son de personas con humanidad, empatía y compañerismo. No nos interesa fomentar un teatro de estrellas, de egos o de sueños prestados. Nos interesa que el proceso sea una experiencia humana que recuerde que crear en conjunto es algo que vale la pena ser vivido más allá del resultado. Tenemos en cuenta esto al elegir las personas y al bajar la línea con el ejemplo para que los grupos sean potentes y sensibles.
Matías Patiño Specter: Creo que sigue siendo un salto de fe porque trabajar con otras personas siempre implica confiar en el otro, aceptar que no siempre va a pensar igual que vos y entender que muchas veces las mejores ideas aparecen cuando alguien cuestiona las tuyas. Con Mau compartimos una manera bastante parecida de entender el teatro, pero eso no quiere decir que todo haya sido fácil. Hubo un trabajo muy consciente de los dos para aprender a trabajar juntos, para entender cómo piensa el otro, para hacer ajustes y para ceder cuando hacía falta.
Y con los equipos tratamos de hacer algo parecido. Buscamos gente talentosa, claro, pero eso solo no alcanza. Pasamos muchísimas horas juntos, atravesamos momentos de cansancio, de incertidumbre, de estrés… y para nosotros es muy importante que el grupo humano sea tan bueno, o más, como el grupo artístico. Queremos trabajar con personas con las que disfrutemos compartir el proceso, porque creemos que la manera en que se hace una obra también termina formando parte de la obra.
¿Os está resultando fácil abriros camino como compañía en la escena teatral madrileña?
Matías Patiño Specter: La verdad es que no tenemos demasiado con qué compararlo. No sólo es la primera vez que intentamos abrirnos camino en una ciudad como Madrid, sino también la primera vez que intentamos construir una compañía. Estamos aprendiendo las dos cosas al mismo tiempo. Así que no sabemos si el recorrido está siendo más fácil o difícil de lo habitual. Lo que sí sabemos es que nadie te está esperando. Hay muchísima gente haciendo muy buen teatro y creemos que el lugar hay que ganárselo trabajando. Confiamos mucho en los procesos y creo que, si uno trabaja con honestidad, intenta aprender y no baja los brazos a la primera dificultad, tarde o temprano las oportunidades aparecen.
Y en este camino también tuvimos la suerte de cruzarnos con personas que hicieron mucho más fácil algún tramo que, por momentos, parecía cuesta arriba. Sería injusto no nombrar y agradecer a María de Alba, Mariano Rochman, Álvaro de Blas Gama y Daniel Rimón, entre otros, porque todos ellos, de maneras distintas, nos ayudaron a destrabar momentos y caminos que solos probablemente nos hubieran llevado mucho más tiempo.
Mauro Lemaire: Ni fácil ni difícil, como comenta Matías. Es un camino donde se necesita estudiar el terreno, decidir qué de lo que traemos podemos aportar, qué debemos aprender, y que no estamos dispuestos a cambiar de nuestra forma de hacer teatro. Esto demandó un tiempo de ajustar tuercas y acomodar ideas. Ahora, finalmente, viene la exposición de nuestro trabajo. Pero incluso esa exposición sigue siendo aprendizaje y traerá la información de como, justamente, podemos seguir haciéndolo.
¿Qué diferencias veis en nuestra escena con respecto a la escena teatral independiente argentina?
Mauro Lemaire: Nosotros somos de Rosario, por ende la visión de la escena teatral es aún más específica. Rosario es ciudad de artistas y de buen teatro independiente, y la forma de hacer ese teatro tiene ciertos códigos tácitos que no precisamente son los mismos de una ciudad tan cosmopolita y llena de oportunidades como Madrid. Esa diferencia la vamos acortando tratando de aprovechar al máximo el aprendizaje de las nuevas formas, sin perder aquello que encontramos en nuestra ciudad y en lo que creemos firmemente: la forma de hacer teatro independiente. Nos gusta nuestra forma. Pero estamos aprendiendo a expandirla y adaptarla a una nueva plaza.
Matías Patiño Specter: Rosario es una ciudad con una rica historia y con una gran actividad teatral, sobre todo de teatro independiente, como dice Mau. Hay una cultura de autogestión muy fuerte y muchas veces hay que resolver con pocos recursos, inventar soluciones y hacer que las cosas sucedan. Eso, que puede ser cansador a veces, también genera una capacidad de adaptación y una creatividad enormes. En Madrid hemos encontrado una estructura bastante más grande para desarrollar proyectos teatrales: más salas, más equipamiento, más convocatorias y mayores posibilidades de producción. A nosotros nos está resultando interesante aprender a movernos dentro de esta nueva estructura madrileña, sin perder esa forma de crear y resolver que traemos de Rosario.
En Septiembre podremos ver vuestro nuevo trabajo: Buen día, dije. ¿De dónde nace un texto como este?
Mauro Lemaire: Buen día, dije nace de una experiencia personal. Nace del dolor que puede causar amar a alguien y sin embargo no poder entenderse. El duelo de dejar ganar a las palabras y las ideas más que al amor: “Nos importa más tener razón que recuperar el amor”, como se dice en el texto. Y luego está el concepto de perder, ese fue el principio de este texto. Y más tarde, como ya saben los artistas, se generó la clásica alquimia de este tipo de procesos. En la crisis se crea con la fuerza del escape y la sanación.
¿La falta de comunicación es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo?
Mauro Lemaire: Si el lenguaje tiene una trampa, como propone la obra, entonces estamos rodeados de ellas. En un presente donde todo se puede malinterpretar, editar y volver a escupir a un algoritmo, es esencial entender que la comunicación real peligra, y que, en el caso de los vínculos, volver al lenguaje del amor puede ser una salvación sutil, pero potente.
Y sin que importe en absoluto para la pieza, ¿habéis pasado por una situación parecida a la que viven Él y Ella?
Mauro Lemaire: Sí, la contada y muchas más. Los vínculos amorosos también están en una crisis tan necesaria como peligrosa. Los criterios de lo que es el amor de pareja están siendo cuestionados, y hasta que se reconstruya la interpretación de lo que vivimos con quien elegimos vincularnos, las situaciones de incomunicación son moneda corriente.
Matías Patiño Specter: Por supuesto, y creo que sería muy difícil encontrar a alguien que no haya pasado por una situación parecida. Eso es, para mí, una de las cosas que hace tan atractivo el texto.
¿Todxs somos analfabetos emocionales?
Matías Patiño Specter: No creo que todxs, pero últimamente me parece que estoy viendo menos gente emocionalmente competente. A veces me pregunto si es que somos analfabetos emocionales o si simplemente nos cuesta cada vez más comunicarnos y ‘leernos’, tanto al otro como a uno mismo.
Mauro Lemaire: No podemos generalizar, claro, pero creo que aún son más los que no conocen sus emociones, los que no se educaron para entenderse o no tienen los recursos para identificar lo que les pasa, para comunicarlo o transformarlo en otra cosa, que los que sí. Nosotros mismos en nuestros propios procesos personales estamos encontrando de a poco la forma de ‘alfabetizarnos’ en la emoción. De tener mejores vínculos, de entendernos. Y creemos que muchas personas también están haciendo el necesario trabajo.
La obra está imaginada en un tono realista, pero se va sumergiendo en una repetición casi interminable a medida que avanza. ¿La deriva hacia el tono absurdo era lo que pedía una situación como la que se describe?
Mauro Lemaire: Totalmente, porque si tomáramos consciencia, en la realidad, de lo que somos capaces de decir y hacer en esas situaciones, también nos reiríamos de su absurdo. Si no podemos comunicar o gestionar lo que nos sucede, entonces un lugar en la mesa, un plato que no se lavó o un “buen día” no dicho, se puede volver un motivo de una estúpida guerra. Tanto en lo micro, como pueden ser dos personas, como en lo macro, con dos o más culturas. Creo que la escaleta hacia esos estados antagónicos es definitivamente absurda. Como lo cuenta la obra.

¿La intención de las palabras que decimos es tan importante como las palabras que decimos?
Mauro Lemaire: Sí, y a veces, hasta incluso más. Con el lenguaje podemos destrozarnos o amarnos usando exactamente las mismas palabras. A veces hasta lo hacemos inconscientemente. Por eso es importante entender que no se trata solo de la construcción del mensaje, sino también de la sustancia que hay debajo, y luego, de la sustancia y la mirada de quien lo recibe y lo interpreta.
¿La manipulación y el argumento válido son vecinos que se prestan el azúcar?
Mauro Lemaire: Lo son, se conocen muy bien entre ellos, y cotillean. Hay que entender también que muchas veces estos vecinos viven dentro nuestro, y que somos nosotros mismos los que nos endulzamos y convencemos sin darnos cuenta si nos estamos manipulando o estamos pensando con consciencia.
Mauro, ¿sigues escribiendo a máquina como el personaje de la obra o sucumbiste al mundo virtual?
Mauro Lemaire: Hace tiempo ya sucumbí al mundo virtual, aunque debo decir que hay una magia en la escritura a máquina que cambia el proceso y sigue teniendo algo de místico. Como también lo tiene escribir a mano, que es algo que sí sigo haciendo.
¿Cuándo sabes que lo escrito es importante o que realmente merece la pena que alguien más lo lea?
Mauro Lemaire: Me doy cuenta si es importante para mí cuando me emociona o me entusiasma y no puedo sacarme el deseo de verla plasmada por actores. Suelo leer con mis colegas actores y actrices, cuando puedo, y suelen ser muy expresivos cuando algo les convoca: empiezan a decir los textos con ímpetu, se levantan a actuar, se emocionan…
Y en cuanto a cuando creo que merece la pena que alguien más lo lea, no lo pienso en términos de valores. Siento la necesidad de compartirlo, o no la siento. Con Buen día, dije lo sentí desde que terminé de escribirla, sin importar si se hacía o no. Y esa necesidad fue creciendo cuando veía lo que sucedía en los actores que la leían/interpretaban hasta transformarla en una puesta.
¿Cómo es la puesta en escena que habéis elaborado para recrear la vida de ambos personajes?
Mauro Lemaire: Es una puesta metafórica. Los personajes están en una casa que parece acogedora, pero que tiene reglas que no son propias de la realidad, y que se vuelve en contra de ellos mismos. Ellos no entienden que es lo que está pasando, entonces sospechan y culpan al otro. Pero ambos están creando ese espacio en conjunto en el cual están perdiendo el amor por argumentaciones absurdas. Como sucede en la realidad.
¿Qué papel juega la música en la propuesta?
Mauro Lemaire: Durante el proceso de escritura, aproximándose el final, apareció un tema musical que me llevó a ese estado de añoranza de querer comunicarme, y no poder hacerlo. Llegó en el momento justo en una experiencia increíble, y creemos que expresa y hace sentir lo que necesitamos decir sobre la incomunicación en los vínculos amorosos. El final de la obra necesita otro lenguaje, y ese lenguaje se acerca a la música, que fue tan inesperada como esencial.
¿Toda comedia es una burla a nosotros mismos?
Mauro Lemaire: Me animo a decir que la gran mayoría. Somos seres reconociblemente graciosos cuando cambiamos el punto de vista de las situaciones. Y yo suelo cambiarlo bastante, por eso me río bastante también.
Matías Patiño Specter: Yo no creo que necesariamente toda comedia sea una burla a nosotros mismos. Para mí, una comedia no tiene por qué burlarse de alguien. Puede tomar aspectos de nosotros mismos, de nuestras relaciones, de nuestras contradicciones y llevarlos un poco al extremo para que podamos mirarlos desde un lugar más divertido. Y creo que eso es lo que intentamos hacer en Buen día, dije. Yo no siento que busquemos burlarnos de Él, de Ella ni de la pareja. Más bien nos reímos de esa torpeza que muchas veces tenemos los seres humanos para comunicarnos, de cómo podemos convertir algo pequeño en una discusión interminable y terminar mucho más preocupados por tener razón que por entender al otro. La obra habla de cuidarse, de escucharse, de entenderse y de comunicarse, pero decidimos hacerlo desde el humor y desde el absurdo.
La vida muchas veces es bastante seria y complicada y si podemos hacer que alguien se ría mientras se reconoce en algo que quizás no le resulte tan gracioso cuando le sucede, o que pueda mirar desde otro lugar algo que le pasa habitualmente, me parece que la comedia ya está haciendo algo bastante valioso. Y no es necesaria la burla para hacerlo; a veces alcanza con mirarnos un poco a nosotros mismos y permitirnos reírnos de nuestras propias contradicciones.
Todxs buscamos algo a lo largo de la vida y no sabemos lo que es. ¿Vosotros sentís que lo habéis encontrado?
Matías Patiño Specter: Uf, difícil esta… Durante muchos años viví sin saber muy bien qué estaba buscando. De hecho, tampoco sé si estaba buscando algo, tan solo vivía y hacía lo que podía. De a poco siento que voy encontrando algunas respuestas, aunque tampoco estoy seguro de tenerlas del todo claras.
Sí sé que el arte en general y el teatro en particular tienen mucho que ver con eso. A mí me ayuda a conectarme con una parte más emocional, a bajar un poco el ruido, a salir de la lógica de todos los días y a sentir que estoy haciendo algo que me hace bien. ¿Si encontré lo que estaba buscando? Creo que sí o al menos creo estar bastante más cerca de encontrarlo. Pero también hay días que dudo de haberlo encontrado jajaja. Supongo que lo que uno busca va cambiando con el tiempo, no es lo mismo lo que necesitaba hace veinte años que lo que necesito ahora, y probablemente tampoco sea lo mismo dentro de otros veinte. Así que quizás encontrarlo no significa llegar a un lugar definitivo, sino ir entendiendo un poco mejor qué es lo que uno necesita en cada momento.
Mauro Lemaire: En mi caso sí, y no. Yo he tenido el privilegio de encontrar algunas pistas, por supuesto. Como una pasión, como la brújula que me trajo a Madrid, como mi nueva forma de ver los vínculos, etc. Pero siempre se está buscando algo más, y ese ‘algo más’ vuelve a ser siempre algo no encontrado.
Si volviéramos a hablar dentro de un tiempo, ¿dónde os gustaría haber llegado como creadores y en qué lugar os gustaría que estuviera situada Oh, Sultán!?
Matías Patiño Specter: Supongo que el lugar que ocupemos será el que nos lleve el trabajo que hagamos. Me encantaría que el camino siga siendo cada vez más rico y que lo que hacemos atraviese e interpele cada vez a más gente, tanto a los que trabajen con nosotros como al público que venga a ver las obras.
Mauro Lemaire: Creo que como creadores nos gustaría tener la libertad de expresar nuestras ideas y la responsabilidad que conlleva respetar este oficio. Nos gustaría poder hacer nuestro teatro y que haya un público que nos acompañe. Y que Oh, Sultán! esté situada en un lugar que se pueda asociar con calidad, ingenio, trabajo y sorpresa. Que sea un camino para que podamos continuar lo que empezamos en Rosario: Hacer Teatro.