Se tumba en la cama y fuma y bebe y se levanta y da vueltas por el dormitorio, mira el móvil, se acuesta de nuevo, no puede dormir y toma pastillas, se desespera, pone música, la quita, enciende otro cigarro y observa ese universo alrededor de su cama lleno de botellas, papeles, ropa, cajetillas vacías, un cenicero… y, de pronto, observa al público y dice: “Estoy muy nerviosa, estoy radiante, pero muy nerviosa. No sé ni qué hora es, qué hora es… las seis menos veinte de la madrugada ya, y aquí estoy, con los ojos como platos”. Se llama Lucía de Montes y está nerviosa.
¿Quién desea presidir un país como el nuestro? Y una vez que se consigue, ¿qué hacer con todo eso? ¿Cómo hacerse cargo de tal propósito? Hay una mujer que no puede dormir. Mañana se convertirá en la primera mujer presidenta de España. Entre el insomnio, el juicio ajeno y una violencia que crece por dentro, prepara un discurso de investidura mientras intenta sostener el deseo, el poder y la mirada de los demás. Inventamos técnicas para huir de ese horror (la pequeña ciencia del teatro) pero de ese horror no hay quién huya. La mujer fascista es una pieza sobre el vértigo del poder, la exposición pública y los límites del teatro como espacio de libertad. «¿Qué queréis?, ¿qué miráis?», dice.
