Empiezo a escribir esta columna de opinión, justo después de acabar un texto que mi colega Jemima me ha pedido para empezar a gestionar un segundo volumen de nuestro libro. Me propone unas líneas sobre la invisibilidad de la mujer en la danza. Por lo que he tenido que escribir sobre la invisibilidad doble. Es decir, la de la propia danza, desconocida, no presente, en lo social y lo pedagógico; y la de la mujer en la danza (disciplina, arte de por sí invisible), que arrastra el binomio coreógrafo-bailarina; creador-musa. Sí, todavía. Sobre todo en el imaginario común, es decir, en el de aquellas personas que no están habituadas a ver danza en los teatros, en primer lugar, porque no saben ni que existe, y en segundo, porque no está a su alcance y no pueden llegar a saberlo. Una gran mayoría de personas.

En este instante en el que bajo con el cursor hasta un segundo párrafo, porque el ‘cómo’ siempre le suma o le resta al ‘qué’, pienso en una tercera invisibilidad. La peliaguda. El elefante blanco en la habitación. La que se revela al asumir que las reponsabilidades siempre son compartidas, aunque no sea en el mismo grado para todos los sujetos de esta ecuación nefasta que da la danza en este país. Esto es, cuando en la invisibilidad de la danza (y de las personas que la protagonizan) aparece la autocensura producida por el silencio, la parálisis, la no reacción pase lo que pase. El qué hay de  lo mío, por encima de lo nuestro; el mejor me callo no vaya a ser que,… el si yo te contara pero prefiero no pronunciarme… Una especie de inhibición individualista o congelamiento por hartazgo que acaba pareciéndose a la parálisis. Al autosecuestro de voluntades.

Mientras, del otro lado, por parte de quienes deben sostener la danza y a sus creadoras, los improperios, en palabras y gestos, aumentan y el pan ni sube. Ahí no solo no hay silencio, sino que aparece el descaro. Y se normaliza su desprecio.

Hace unas semanas, le filósofe Judith Butler dijo algo tremendo y cierto, como suele ser habitual en su pensamiento: “el activismo no solo nombra lo que duele. También imagina lo que todavía no existe”. Y en ese futuro posible, al que se refería en cuestiones de género, pero también de genocidios, racismos, fascismos y otros males y su renacer… es decir, en cuestiones de coexistencia, Butler señalaba lo colectivo como única fuerza transformadora. El imaginar juntas para luego actuar del mismo modo. Un posible y luminoso trayecto, que también podría ser una gran herramienta para la mejora de la danza.

 

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