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¿Cómo crean los jóvenes su propia revolución?

  • junio 5, 2026
Por Sergio Díaz

"Ojalá algún día vivir de crear deje de ser una excepción para convertirse en una posibilidad real"

La Cacharra, un joven colectivo surgido por la unión de varios creadores y creadoras, llega al Festival Miradas al Cuerpo de Teatro Lagrada con Jaca de Murano (12, 13 y 14 de junio), una propuesta multidisciplinar que surge de una pregunta que se hacen estos jóvenes: ¿Cómo creamos nuestra revolución?

Sara Mérida (Dirección) Paula Womez (intérprete) nos cuentan en esta entrevista cómo intentan adueñarse de un espacio y un tiempo que no son suyos hasta que puedan crear o habitar uno propio.

 

 

Foto de portada: Imagen promocional de Jaca de Murano.

¿Quiénes sois La Cacharra? ¿Quiénes formáis parte de ella?

Paula Womez: La Cacharra es un colectivo que surge en 2022 utilizando el nombre del hogar de sus primeras creadoras, una casa en la que se nos acogía siempre para dormir, pasar el día o hablar de inquietudes artísticas. De esta generosidad nació un círculo de personas jóvenes que nos adscribimos a este nombre como identificativo para poder desarrollar proyectos artísticos más allá de lo que hacíamos en nuestras escuelas. Este inicio comenzó de manera bastante orgánica, sin establecer realmente roles ni normas, por lo que la profesionalización del colectivo ha ido llegando con el tiempo al darnos cuenta de que teníamos en nuestras manos un proyecto que podía llegar a otros lugares.

Por esto el grupo de integrantes ha ido mutando hasta encontrarnos en este lugar, pero durante el camino otros muchos integrantes han construído lo que La Cacharra es hoy en día. Actualmente en él estamos: Alba Cavero, Adrián Antequera, Jon Muñoz, Andy Niddam, Paula Womez, Alba Tesías y Alonso Rosón. También en el proyecto Jaca de Murano colaboramos con personas que no forman parte del colectivo como Sara Mérida (directora), Sara Lamadrid (escenógrafa) o Samuel Mérida (diseñador de sonido).

 

¿Y cuál es el objetivo de formar un colectivo así?

Paula Womez: El primer objetivo con el que se creó fue el de facilitar un espacio de creación entre jóvenes al margen del espacio académico en el que pudiésemos integrar diferentes disciplinas artísticas y tejer una red de apoyo focalizada en este periodo de introducción al mundo laboral artístico de Madrid, un sector en el que muchos queremos trabajar  y que puede resultar abrumador.

Nuestro segundo objetivo era no abandonar nuestras perspectivas artísticas sobre el mundo, poder hacer creaciones con otros compañeros y desarrollar sin miedos nuestras capacidades artísticas. De esta manera, nuestros proyectos se han centrado siempre en la experiencia de La Juventud como momento revelador, forma de estar en el mundo y situación política que condiciona nuestras vivencias.

 

Siendo creadorxs tan diversxs y con formaciones distintas, ¿cómo son los procesos de trabajo para crear las propuestas? ¿Lo hacéis todo de forma horizontal consensuada?

Sara Mérida: Nuestros procesos son bastantes participativos y parten mucho del trabajo conjunto, aunque siempre hay una mirada de dirección que acompaña el proceso y organiza los materiales. No funcionamos desde la horizontalidad absoluta, en la que todo se decide por consenso, pero sí desde una dinámica muy abierta, en la que cada intérprete y cada persona del equipo artístico propone desde su imaginario.

En Jaca de Murano, los materiales surgieron directamente en los ensayos. Por ejemplo, el texto se fue construyendo a partir de improvisaciones y de momentos de escritura posteriores al trabajo escénico. Lo mismo ocurrió con la música, el espacio y el movimiento, que fueron apareciendo y transformándose a partir de las propias dinámicas de ensayo.

Quizá lo más consensuado durante el proceso fue la voluntad de ser lo más fieles posible al rugby, aprendiendo sus reglas, sus códigos y su manera de pensar el cuerpo y el juego. Convertimos el punto de partida en una lógica interna de creación. Por lo demás, nos dejamos sorprender encontrando uniones inesperadas como la del rugby con el reguetón.

 

¿Y qué tipo de espectáculos o creaciones os interesa llevar a cabo?

Paula Womez: Como ya he comentado anteriormente, partimos en todos nuestros proyectos desde la perspectiva de La Juventud. Nos interesa partir de cómo, en cualquier tema que tratemos, este tema nos afecta de manera particular por encontrarnos en este momento vital. Por otro lado, somos una compañía que también se caracteriza por la integración del trabajo de cuerpo en sus espectáculos, pues a pesar de ser la mayoría actores con formación en teatro de texto, hemos acabado desarrollando trabajos con gran presencia de comunicación o expresión corporal; y esta forma de trabajar nos interesa porque gracias al cuerpo hemos construido un punto de anclaje para investigar en nuestros procesos de creación.

Como colectivo buscamos en nuestros espectáculos el diálogo entre distintas formas de expresión escénica como el teatro de texto, el teatro de gesto, el circo y la danza; pues nos parece que enriquece las creaciones y las nutre de diferentes niveles de lenguaje. Algo que también nos interesa y acaba apareciendo en nuestras creaciones es la explosividad, la fuerza y la viveza, seguramente por estar atravesados siempre por la temática de la juventud y la perspectiva de unos personajes con cuerpos jóvenes que se sienten todavía capaces de todo.

 

¿Cómo y de dónde nace una obra como Jaca de Murano? ¿A qué hace alusión el título de la obra?

Paula Womez: Jaca de Murano nace de una propuesta de Alba Tesías y Alba Cavero centrada en el eje de la juventud donde lo principal fuera el relevo generacional y la apropiación de espacios heredados. Con estas premisas, tuvieron la idea de situar la propuesta en un salón heredado con objetos frágiles, cerámica, muebles antiguos, figuritas de Murano y encajes delicados que tendrían que convivir con unos cuerpos de un equipo de rugby. La idea principal era tratar esta dicotomía entre las dos generaciones de manera muy clara visualmente e investigar sobre cómo un deporte que a priori parece tan agresivo podía convivir con la delicadeza de ese espacio. De esta manera se enfrentan delicadeza y brutalidad, antiguo y nuevo, estático y móvil, irreverente y conservador…

El nombre de la pieza proviene también de esta dicotomía: Murano refiriéndose al vidrio de este origen del que están hechas las figuras y las bajillas habituales en casas de nuestros abuelos y Jaca como alusiones a la Haka de rugby, la danza maorí de guerra que integraron antes de los partidos los equipos neozelandeses de rugby para conectar con sus dioses y provocar miedo a sus adversarios,  y también españolizando la palabra Jaca para unirla al imaginario tradicional de la Jaca como ese caballo pequeño utilizado en España para trabajos de campo. De esta manera, en las polisémicas acepciones que le podemos dar a esta palabra, creamos de diferentes maneras una contraposición a la idea del Murano. Uniendo estos dos conceptos en Jaca de Murano podríamos hablar de una Haka de rugby que de alguna manera está concebida con mucha más fragilidad de la que se le espera. Haka de cristal como tal vez, la forma en la que se ha referido a nuestra generación como generación de cristal, frágil e inconstante.

 

Jaca de Murano. ©Carlos Polo Escalante

¿Cuáles son los temas fundamentales que abordáis en esta propuesta?

Paula Womez: La resignificación de los espacios, el espacio como extensión del cuerpo, la colectividad como potencia para crecer, la herencia como parte fundamental en nosotros, el significado de ganar o el triunfo, la afección de la individualidad en la comunidad, la fragilidad como potenciador de lo humano, la tradición como fortaleza, la irreverencia como potencia de cambio y la búsqueda de la identidad.

 

Decís que en Jaca de Murano exploráis nuevas formas de comunicación no verbal y creación colectiva. ¿De qué forma lo hacéis?

Sara Mérida: Exploramos la comunicación no verbal a través del cuerpo y de códigos que generan comunidad. El rugby aparece no solo como deporte, sino como una estructura que pone en relación, a través de choques, apoyos, desplazamientos y su manera concreta de entender el grupo. Nos interesa cómo un equipo puede comunicarse sin hablar, a través del contacto, la estrategia, la intuición y la confianza. También entran en diálogo los bailes tradicionales, entendidos como formas de comunicación colectiva ligadas a la memoria, a la pertenencia y celebración. Y, por otro lado, el reguetón como lenguaje más contemporáneo que une los cuerpos desde el ritmo y el baile.

La creación colectiva aparece precisamente en la manera de poner en relación todas estas cuestiones. Cada uno llevó al proceso de ensayos parte de su imaginario y de su memoria corporal. Nos enseñamos unas a otras los bailes tradicionales de donde venimos cada una, aprendimos a bailar reguetón y también, aprendimos juntas a jugar al rugby. Así, la creación parte de un proceso de aprendizaje compartido y de la puesta en común de los materiales propios de cada una que pasar a ser de todas.

Por eso, para nosotras, la comunicación no verbal y la creación colectiva, en realidad, están muy unidas. El rugby, los bailes tradicionales y el reguetón funcionan como lenguajes corporales que, de maneras distintas, organizan los cuerpos, generan comunidad y permiten com ubicarse más allá de la palabra. Al final todo tiene que ver con aprender a estar juntas y construir desde el propio cuerpo y desde el cuerpo de la otra.

 

¿Cómo es la puesta en escena que habéis elaborado?

Sara Mérida: La puesta en escena parte del rugby como pretexto, pero también como una estructura dramatúrgica que poco a poco se desborda. Tomamos sus reglas, sus dinámicas de equipo, su tensión y estrategia, y las llevamos a un espacio que no pertenece al deporte: el teatro y un salón heredado lleno de objetos frágiles, recuerdos familiares y materiales personales. A partir de ahí, todo se construye desde la identidad de quienes están en escena. El espacio se compone con objetos vinculados a los propios intérpretes. Los personajes nacen de ese cruce entre el rugby, sus experiencias personales, la herencia recibida y la pregunta por la juventud. Queríamos que cada cuerpo trajera su propia memoria, sus ganas de pertenecer, de ganar o romper, de encontrar un espacio propio.

La pieza mezcla el juego con las problemáticas de cada personaje. La competición, el deseo de ganar y la lógica del equipo conviven con la revolución íntima y colectiva, que aparece desde la danza y desde la ruptura de las propias reglas del juego. Aparece con el ritmo Ragatanga, una referencia generacional que compartimos, que nos acoge como un ritmo reconocible, como una forma de resistencia. Todo esto construye una energía que oscila entre lo frágil y lo violento, lo antiguo y lo nuevo, el juego y la transformación.

 

¿Por qué el punto de partida es el rugby?

Paula Womez: El rugby en primer lugar nos sirve como pretexto para que aparezcan los diferentes temas y conflictos de la obra, nos sirve como actividad, como excusa mediante la cual llegamos a diferentes momentos. El rugby como pretexto nos ayuda por diferentes razones: la forma tan rigurosa de jugarlo, con normas, objetivos, y maneras específicas de llegar a ellos; nos ayuda en su aspecto agresivo y animal para mostrarlo en contraposición a lo frágil del entorno, y nos ayuda al trabajar para construir elenco por sus características de deporte extremadamente cooperativo. Esto nos mantiene como personajes y actores con una mayor atención sobre nuestro entorno porque todos tenemos un papel claro durante el juego.

En concreto, como ya he comentado antes, se eligió el rugby principalmente para contraponerlo al otro universo de Murano en la obra.

 

¿Y por qué jugar un partido de rugby en el salón de la casa antigua? ¿Cuál es el significado de esa contraposición?

Sara Mérida: Una de las ideas de las que partimos tiene que ver con los espacios que nos vienen dados: la casa de nuestros abuelos, de nuestros progenitores, los lugares heredados y comunes que habitamos incluso antes de elegirlos. Nos preguntamos qué hacemos con esos espacios, cómo los ocupamos, cómo los transformamos y también cómo nos limitan. Por eso aparecía la imagen de jugar un partido de rugby en el salón de una casa antigua. Una imagen casi imposible, o al menos difícil de llevar a la práctica teniendo en cuenta que el rugby es un deporte de contacto, de choque y de barro entrando en un lugar asociado con lo frágil, lo doméstico y lo heredado o lo que no se puede tocar. Esa contradicción nos permite hablar de la dificulatad de entendernos entre generaciones, de movernos dentro de estructuras que no hemos construido nosotros, pero que nos contienen.

El espacio funciona como un campo de juego lleno de límites invisibles. Aunque nos siembre se vean de forma explícita están presentes en los objetos, en el texto, en la forma de moverse cada cuerpo. El contraste entre lo valioso y lo que se viene a jugar sin reservas, entre cuidar lo heredado y, al mismo tiempo, tener la necesidad de empujarlo, de habitarlo de otra manera o incluso romperlo para encontrar otra forma de habitar lo recibido.

 

¿Cómo creéis que se relacionan actualmente las distintas generaciones? ¿Os veis muy lejos de vuestros padres y madres?

Sara Mérida: Nos vemos lejos y cerca al mismo tiempo. Hay una distancia clara porque no hemos crecido con las mismas condiciones, los mismos miedos ni las mismas expectativas de futuro. Sentimos que nuestros padres y madres muchas veces vienen de una idea de estabilidad, continuidad y permanencia, mientras que nosotras habitamos un presente inestable, donde nos cuesta más proyectarnos y encontrar un lugar propio. Creemos que las distintas generaciones se relacionan desde una mezcla entre el afecto y el reproche. Hay cariño, cuidado y reconocimiento hacia lo que nos han dado, pero también una sensación de distancia, incluso de peso, frente a ciertas formas heredadas de vivir, de pensar o de ocupar los espacios. Pero esa distancia no significa necesariamente una ruptura. También hay comprensión. Entendemos que no podemos estar en el mismo momento de pensamiento porque cada generación a aprendido a vivir y a sobrevivir de manera distinta. A veces cuesta escucharse porque usamos lenguajes diferentes, lo que para una generación es seguridad para otra es un límite o lo que para nosotras puede ser búsqueda y cambio para ellos puede parecer desorientación.

Queremos cuidar la herencia, pero también queremos habitarla desde nuestro propio presente, transformarla, quererla y encontrar dentro de ella un lugar propio.

 

A pesar de que a los jóvenes de ahora se os tilda de muchas cosas, entre ellas se os llama ‘Generación de cristal’. ¿Entrenáis para resistirlo todo?

Paula Womez: A lo largo de la historia, las generaciones nuevas han surgido en contraposición a la anterior y siempre se han encontrado con dificultades para desarrollarse en su contexto histórico que es, inevitablemente, cambiante y diferente al de la generación que les precede. Esto hace que se genere una resistencia, que haya barreras que romper y espacios que resignificar por estas nuevas generaciones. Algo especial que sí le ha pasado a nuestra generación y que sucede de manera cada vez más exponencial es la gran velocidad a la que ha evolucionado el mundo tecnológico en los últimos años. Esto hace que en muchos contextos nuestra generación se sienta totalmente separada de la generación de sus padres. Este crecimiento exponencial de la tecnología ha afectado también a los estilos de vida, la economía y la política, por ejemplo polarizando mucho más las opiniones por los algoritmos, generando dinámicas de socialización individualistas afectando así a la capacidad social de los jóvenes. En este sentido, nuestra generación parece haberse vuelto frágil o de cristal por la sobreexposición a la que se han visto sometidos, el exceso de información y la exposición a violencias globales  al alcance de pantallas.

Para nuestra generación, los peligros, la incertidumbre sobre la independencia, el trabajo, la construcción de un proyecto de vida, e incluso el capitalismo fallando con esa felicidad prometida, nos ha afectado de una manera diferente que a la generación de nuestros padres, una generación capaz de vivir en mejores condiciones que nuestros abuelos, y la expectativa del futuro que nos espera nos hace desarrollar ansiedades, depresiones, ser sensibles y tener un miedo paralizante. Somos en España, una generación de jóvenes con vidas aun adolescentes que, con el miedo como motor, no deja de formarse, trabajar, acudir a cursos, y tratar de ser productivos para poder asegurarse un futuro.

Somos la generación de cristal porque todo nos afecta y nos interpela, tenemos un futuro con expectativas peores que las de nuestros padres pero al mismo tiempo este miedo crónico no nos permite dejar de intentar ser productivos, profesionales y sacarnos formaciones y títulos. En este sentido, entrenamos para saberlo todo, resistir a todas las opciones, tener un mayor abanico de oportunidades, hacernos un hueco en este mundo que nos rechaza o en el que ya no cabemos. Siendo así, esta nuestra generación trata de resistir de alguna manera al mundo hostil que le rodea, agarrándose a formaciones que no le interesan o trabajos precarios para poder tener algo que sí sea nuestro.

 

 

¿En qué momento una persona joven es dueña del espacio y el tiempo en el que se mueve?

Paula Womez: Uno es dueño de un espacio cuando éste le interpela, le afecta, le importa, tiene que ver con él. Uno es dueño o forma parte del entorno cuando ese espacio tiene sentido con él, cuando el espacio se resgnifica con uno, se afecta y se vuelve más grande porque se forma parte de él. Los espacios a los que no les importamos o incluso a los que incordia nuestra presencia no pueden ser nuestros porque nos rechazan.

 

¿Cómo creáis los jóvenes vuestra revolución?

Paula Womez: Cediéndonos espacio, dándonos hueco aunque no lo haya para que nos puedan escuchar, creando lazos para que sepan que somos importantes, que lo nuestro les implica y les afecta a todos. Gritando para solamente decir: «Estamos aquí. Nosotros también estamos aquí».

 

¿Y la banda sonora de esta revolución es el reguetón?

Sara Mérida: Sí, la banda sonora de esta revolución es el reguetón. Es el ritmo que nos activa, que nos divierte y nos convoca desde el cuerpo. Es la música que, casi sin pensarlo, nos pone a todas en el mismo lugar, bailando. Nuestra revolución no pretende aparecer desde un gran discurso dicho, sino desde esta danza que inevitablemente nos reúne a través de sus ritmos. También hay un deseo de provocación hacia generaciones anteriores, que muchas veces han leído el reguetón como algo poco legítimo. Nosotras queríamos revisar este lugar y preguntarnos cómo lo bailaríamos desde nuestros propios cuerpos y cuál sería la letra de su revolución. En la pieza, el reguetón aparece como una fuerza que desordena y transforma el partido, rompe sus normas y convierte la danza en una forma de revolución compartida.

 

¿Qué nos podéis decir de esta iniciativa organizada por Teatro Lagrada como es Miradas al Cuerpo? ¿Sigue siendo necesario para la danza y la performance organizar encuentros así?

Sara Mérida: Miradas al Cuerpo nos parece una iniciativa muy necesaria, precisamente porque abre un espacio para propuestas que ponen el cuerpo en el centro: la danza, la performance, el teatro físico y otros lenguajes escénicos que a veces no encajan del todo en categorías más tradicionales. Creemos que sigue siendo importante generar encuentros así porque dan visibilidad a trabajos que investigan desde otros lenguajes y permiten que público, artistas y espacio se encuentren alrededor de prácticas más híbridas. En nuestro caso, Jaca de Murano dialoga mucho con esta idea, uniendo danza, deporte y teatro. Además, estas iniciativas crean contexto y comunidad, un lugar desde el que mirar, pensar y compartir escena poniendo el cuerpo en el centro.

 

¿Cómo veis el mundo de las Artes Escénicas? ¿Sentís que hay hueco para las nuevas generaciones? ¿Creéis que podréis vivir de vuestras creaciones?

Sara Mérida: Vemos las Artes Escénicas como un lugar lleno de potencia pero también difícil de sostener. Hay hueco para las nuevas generaciones, pero es un hueco que hay que pelear y defender constantemente. No por falta de talento o de propuestas, sino porque faltan condiciones reales para que estos proyectos puedan crecer.

Hace falta una mirada más decidida hacia la cultura y, también, hacia las compañías emergentes. Hay nuevas voces, pero no existen recursos y políticas culturales que permitan que los proyectos puedan sostenerse en el tiempo. Las Artes Escénicas no son solo entretenimiento, sino también una forma de pensamiento, de encuentro y de transformación social, pero para que puedan cumplir esa función la cultura debe ocupar un lugar central en las políticas públicas.

Ahora mismo es difícil pensar que podamos vivir de nuestras creaciones de forma estable, pero tampoco queremos asumir esa precariedad como algo natural. Por eso seguimos creando y construyendo redes. Ojalá algún día vivir de crear deje de ser una excepción para convertirse en una posibilidad real.

 

Toda la cartelera de obras de teatro de Madrid aquí

Adrián Antequera, Alba Cavero, Alba Tesías, Alonso Rosón, Andy Niddam, Festival Miradas al Cuerpo, Jon Muñoz, La Cacharra, Paula Womez, Samuel Mérida, Sara Lamadrid, Sara Mérida, Teatro Lagrada
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